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Inframundo

A propósito del acuerdo entre el Gobierno y las Farc sobre búsqueda de desaparecidos surgido en la mesa de conversaciones de La Habana, El Espectador publica un fragmento de la novela inédita “El vuelo del flamenco”.

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El cuerpo duró seis días en una bandeja de Medicina Legal. Los forenses dijeron que la habían degollado para luego descuartizarla y además las partes estaban chuzadas: el pecho, las manos y el vientre. Tenía en total 95 puñaladas. Había muerto desangrada. Ese fue el dictamen.

La historia que lograron desentrañar los de la Fiscalía era la siguiente: la mujer había logrado sobrevivir a las puñaladas. Las más graves en el cuello, en el pecho y en el abdomen. Al parecer aguantó la respiración y se hizo la muerta por unos segundos. Tenía además señales de haber sido golpeada brutalmente en el rostro. La Fiscalía incluso logró dar con el dictamen de Medicina Legal que confirmó que fue atendida de urgencias en un hospital con riesgo de muerte inminente y con sevicia que compromete órganos vitales.

Luego la dieron de alta y nunca nadie volvió a saber de ella. Hasta que llegó en las aguas del río descuartizada y metida entre un costal a ese pueblo.

Las investigaciones concluyeron que el caso de la muerta de Bianchi no era aislado. Los sicarios del cartel, todos bajo las órdenes del Conejo, asesinaban a las muchachitas que se les volvían una piedra en el camino: vírgenes a las que violaban, niñas que usaban para enviar droga al extranjero de vez en cuando y que al final terminaban sabiendo demasiado, novias que los traicionaban, amantes que se acostaban con el enemigo o simplemente niñas de las que se enamoraban y no correspondían a su amor. A todas, en cualquier caso, había que matarlas. Y mejor si se hacía con sevicia. Era placentero. Tanto, que muchos de ellos tenían orgasmos mientras cortaban sus cuerpos con cuchillos y las desmembraban.

Lo que más le impresionó a Bianchi fueron las muñecas negras de cera con varias cintas moradas amarradas y los papelitos doblados en ocho en los que alguien había escrito alguna cosa ya ilegible.

–Brujería –dijo un de los antropólogos forenses que ayudaron en la exhumación del cuerpo.

Luego le explicaron que mucha gente del pueblo que adoptaba los muertos, también hacía magia negra, creyendo que todo aquello les concedería milagros.

–Incluso hemos encontrado cuerpos acompañados de perros sacrificados. Mucha gente de por acá tiene la idea de que los perros guían el alma del muerto en su viaje al inframundo.

–¿Inframundo?

–Sí, inframundo. La gente de acá dice así: inframundo.

Bianchi se enteró de que en realidad la gente de ese pueblo convivía con los muertos como si estuvieran vivos y la relación entre unos y otros era tan estrecha que hasta se llamaban igual, pues quienes adoptaban muertos solían ponerles nombres de familiares que aún estaban vivos.

En muchas tumbas de las que ya se habían abierto, se encontraron restos de comida como chocolate, tamales, frutas o carne de animales y algunos objetos como cadenas con dijes, manillas de oro, imágenes de santos, espejos, ropa, botas de caucho, ataditos de monedas, tabacos, cigarrillos, incienso, fósforos…

–Piensan que con esto el fallecido puede satisfacer sus necesidades básicas y que las necesidades materiales del más allá son las mismas que las de acá.

Bianchi sintió rabia. Su muerta había sido profanada y él no se había dado cuenta. Miraba las muñecas de cera con esas cintas moradas y sentía una especie de fiebre subiéndole desde los pies hasta la coronilla. Era la ira.

–¿Me puedo quedar con una? –preguntó a los de Medicina Legal señalando una de las muñecas que estaban tiradas junto a la tumba.

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–Claro. Pero usted corre con el riesgo.

La exhumación de los cuerpos duró un buen tiempo. Los primeros días fueron extenuantes y dolorosos. Pero con el paso del tiempo la cosa se empezó a volver mecánica y ya Bianchi y Justo se acostumbraron a todo aquello y colaboraban en cuanto estuviera a su alcance.

Bianchi contactó a las familias con las que había hablado durante su investigación en busca de las niñas perdidas. Los familiares pronto llegaron en tropel con la esperanza de encontrar por fin a sus chiquillas. Por esos días el cementerio se volvió insoportable. Aun desde las calles aledañas podían oírse los murmullos de la gente rezando entre dientes. Y el calor usual, se volvió insufrible.

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Don Jeremías llegó una mañana entre la multitud que ya estaba agolpada a las afueras del cementerio esperando a que abrieran las puertas. Pascual Bianchi lo reconoció a lo lejos, se acercó a él y lo invitó a tomar gaseosa a la tienda de enfrente. Por primera vez desde que había comenzado todo aquello, Pascual sintió alivio. Podía darle a aquel señor la noticia de que Mónica Montenegro estaba viva. Claro, no andaba en los mejores pasos. Pero al menos estaba viva. Y Bianchi se alegró de ahorrarle a don Jeremías el dolor que estaban sufriendo las demás familias.

A todos, sin excepción, les tocó pasar por la tragedia de enterarse de lo que hacían los forenses en las mesas heladas de la morgue. Las madres querían saber cada detalle. Se parecían a Lucrecia Ackerman. Tenían el mismo afán de querer saberlo todo. De manera que los médicos, cansados de repetir el cuento una y otra vez, decidieron reunir a las familias en la pequeña iglesia del cementerio y contarles el procedimiento.

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–La forma más fácil para identificar a un muerto es a través de las huellas digitales: se toman las huellas, se escanean y se comparan con las de la Registraduría Nacional. Lo difícil es que a muchos de sus hijos no les tomaron las huellas digitales cuando les entregaron la tarjeta de identidad –empezaba diciendo el líder de la Fiscalía.

Luego pedía que levantaran la mano solamente las personas que tenían la tarjeta de identidad de sus hijos. Y entonces menos de la mitad de la gente lo hacía.

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–Como son muy pocos los que tienen la tarjeta y lo más probable es que no haya huellas digitales para comparar, nos toca usar otro método.

La gente se alteraba y sudaba, los murmullos empezaban y la iglesia se llenaba de voces que se chocaban unas con otras.

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–Lo que vamos a hacer es identificarlos con la carta dental. Hagan una fila en este lado –decía el tipo señalando el lado izquierdo– los padres de familia cuyos hijos iban al odontólogo y entreguen sus datos a la señorita de la mesa. En orden por favor, en orden –gritaba tratando de controlar a la multitud.

Una vez se anotaban, les pedían salir de la iglesia y regresar en uno o dos meses, que era el tiempo que tardaban en hacer las comparaciones de la carta dental del muerto con la carta dental que debía tener el odontólogo.

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–Los que no tienen odontólogo hagan una fila acá –pedía otro funcionario. Y las pobres madres con sus caras descompuestas, desfilaban como vacas que alguien lleva arriadas al matadero.

–Lo primero que se pudre es la piel, la carne, los músculos, la sangre, el corazón, el hígado, los intestinos, en general los órganos internos. Todo eso se descompone bastante rápido. Lo que más se demora es el tronco, porque es lo que más grasa tiene –explicaba una funcionaria joven, mientras veía los rostros de angustia por las pocas respuestas claras que los demás trabajadores daban a las madres entumecidas del dolor–. La grasa es de color blanco, una masa cremosa, como cuando uno deja mucho tiempo el jabón en la jabonera y se va deshaciendo –respondía, cuando alguien le preguntaba exigiendo una respuesta franca–. Lo último en descomponerse son los huesos y los dientes. Por eso cuando los cuerpos están en estados avanzados de descomposición, los doctores acuden a los huesos y a los dientes para poder identificarlos –explicaba como si estuviera dándoles una clase de matemáticas.

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Las madres se miraban entre ellas, se cogían de las manos, apretaban con fuerza sus rosarios, alisaban los pliegues de sus faldas, se llevaban las manos a la frente, se limpiaban el sudor con pañuelos, se apretaban el abdomen o el cuello y se volvían a coger de las manos las unas de las otras, así no se conocieran y vinieran de pueblos distintos.

–Después de cierto estado de descomposición, la piel se empieza a separar del cuerpo, como cuando uno le quita el cuero a una gallina y lo separa de la carne –respondió la señorita cuando una de las madres le preguntó si era posible reconocer el rostro de su niña.

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–¿Y la cabeza? –quiso saber la señora.

–La cabeza también se descompone relativamente rápido, pero a veces uno encuentra masa encefálica que es de un color grisáceo y de un aspecto parecido a la plastilina con que juegan los niños, sólo que de textura arenosa.

–Pero como a la mayoría de las niñas las encontraron fue en el río, ¿eso no ayuda a que se descompongan más lento? –quiso saber otra de las madres, que lo preguntó realmente esperanzada en que el agua del río conservara el cadáver para así poder identificar a su niña con sólo verle el rostro.

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–Los muertos que bajan por los ríos se demoran más tiempo en descomponerse porque el agua impide que las moscas, que son las primeras que llegan, se acerquen. Eso sí, tengan en cuenta que también vienen gallinazos, cerdos, perros, ratas, gallinas. Pero a los muertos del río los que se los comen son los peces a mordisquitos, y por eso cuando logran sacarlos, ya muchos vienen con la nariz o las orejas destrozadas. A veces los peces también se comen las huellas digitales, entonces es imposible identificarlos por esa vía.

La explicación en realidad les servía. Luego de que la muchacha les contara todo eso, las señoras compartían impresiones entre ellas. Aunque aquello era de una crueldad extrema, les ayudaba a entender por qué no podían identificar a sus niñas en aquel primer momento.

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De manera que a esas madres no les quedaba más remedio que anotar sus nombres en una planilla y esperar a que las llamaran. En uno o dos meses, decían. Y no nos llamen. Nosotros las llamamos.

Bianchi estuvo atento, esperando a que los familiares de su muerta aparecieran, pero pasaban los meses, se iban entregando cuerpos ya identificados y él veía la misma escena repetirse una y otra vez: el llanto, los rezos, las súplicas y los gritos de angustia y dolor. La familia que él esperaba desde hace tanto tiempo, no llegaba. Al final, a la muerta de Bianchi se la llevaron a la morgue de Cali junto a los otros cuerpos que no habían sido reclamados. Todos con su respectiva cadena de custodia.

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Esa noche, la noche que se la llevaron, Bianchi se emborrachó como desde hacía muchos años no lo hacía, como los adolescentes que no pueden dominar su propio cuerpo y se orinan y se cagan en los pantalones cuando están ebrios. A las seis de la mañana del día siguiente, sin haberse acostado ni dormido un solo segundo, llamó a Lucrecia Ackerman.

–Al final no queda absolutamente nada –fue lo primero que le dijo cuando ella respondió la llamada adormilada y alarmada–. Quedan algunos huesos y ropa deshilachada. Quedan las camisetas de fútbol con que fueron enterrados, botas de caucho, suelas de zapatos, hebillas de cinturones, cremalleras, monedas, anillos, relojes, cadenas, cauchos para recogerse el pelo, prótesis mamarias, platino del que a algunas personas les meten en el cuerpo para curarles alguna fisura o varillas y tornillos que le meten a la gente para enderezar la espalda. Todo eso queda, Lucrecia. Pero nada más. Esa es la gran verdad. Todo se lo traga la tierra. Si acaso los dientes, esos que son tan útiles para los forenses. Aunque a decir verdad, después de un tiempo, hasta los dientes se descomponen.

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Pascual Bianchi soltó un llanto inaudible y Lucrecia Ackerman se asustó, pues era la primera vez desde que se conocían que lo oía llorar.

–Venite para Cali –le dijo.

Él no respondió. Del otro lado de la línea sólo podía escucharse su respiración agitada.

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–Venite para Cali que acá estoy yo. Venite que yo a vos te amo.

Era la primera vez que Lucrecia Ackerman lo decía en voz alta. Ambos se sorprendieron con la confesión. Entonces Pascual Bianchi dejó de llorar y colgó.

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