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“Son marcas que deja la vida”. “Son letras del alfabeto secreto que narran la historia de quién eres, porque cada cicatriz es la huella de una herida curada, y cada herida el resultado de una inesperada colisión con el mundo”, escribe el novelista Paul Auster en su más reciente libro, Diario de invierno.
El escritor americano, que ha vuelto del azar y el destino el tema crucial de su obra, parece esta vez refugiarse en la certeza de su cuerpo. Parado así ante el espejo, durante uno de los inviernos más cruentos en los últimos años en Nueva York, Auster empieza a jalar los puntos del pasado para que los lectores conozcan las entrañas de sus heridas, las razones de sus dolores, los desgarres del escritor que se muestra como hombre.
“Diario de invierno es una obra autobiográfica, basada en una singular estrategia: es una biografía de su cuerpo, en la que éste se convierte en el motor de la acción”, explica Jorge Herralde, el editor de Paul Auster en español, quien con su sello editorial Anagrama ha logrado estrenar primero el libro en español que en inglés. “Auster es uno de los autores estadounidenses más celebrados en Europa (en especial en España y Francia) y en América Latina. En Estados Unidos se produce un caso bastante simétrico al de Woody Allen, a menudo se le considera demasiado intelectual y europeo”, sentencia el editor, quien asegura que “hay una palabra inapelable, aunque insuficiente, que define esta novela y en general la obra de Auster: adictiva. A partir de ahí no queda más que galopar”.
Este libro, que hace poco llegó al país, es una colección de fragmentos. Pero no son pedazos de vida cualquiera, son esos que en la cabeza de un hombre de 65 años vuelven a asaltarlo una y otra vez sin sucumbir al tiempo. Hay recuerdos que nunca se van y con su insistencia nos ayudan a crear una historia de vida, esos son los que Auster ha decantado en este libro.
Se puede ver así a un hombre maduro, que al notar que muchos de sus amigos han muerto ya, empieza a enfrentarse quizás por primera vez con seriedad a la idea de la muerte. “Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”, consigna Auster en el primer párrafo de su libro.
Ese hombre mira entonces su cuerpo y como en una especie de epifanía comprende lo que ha significado habitar esas carnes, esas manos, esos pies por tanto tiempo. Al verse, su cabeza viaja por el pasado de una forma desordenada porque, como él ha confesado, “en el mundo de la memoria todo es simultáneo”.
No es la primera vez que el autor de novelas como La trilogía de Nueva York y La noche del oráculo ha expurgado su vida a través de sus novelas. “A Paul Auster lo hemos conocido a través de sus libros memorialísticos como La invención de la soledad, A salto de mata, El cuaderno rojo y ahora Viaje de invierno. Pero también en sus obras de ficción se encuentran, naturalmente, perlas agazapadas. Claves luminosas”, dice el editor Herralde, quien recuerda cómo en La invención de la soledad el escritor reconstruyó su difícil relación con el padre recién fallecido y en A salto de mata dio claves sobre cómo se convirtió en escritor.
En Diario de invierno, Auster parece ocuparse de la vida misma. Quiere dejar constancia de que sus cuatro abuelos eran todos judíos de Europa del Este, que su primer matrimonio, de cuatro años de caducidad, estuvo condenado desde el principio y que, incapaz de ver el destino en las intermitencias de ese amor, terminó casándose con un fracaso.
Como un niño que cuenta moretones en las rodillas, Auster hace una contabilidad de sus golpes y accidentes. Reconstruye ese del auto que casi termina por matar a su familia y que le llevó desde entonces a no volver jamás a ponerse detrás del volante. Habla, como si la literatura le diera una cierta coraza contra la vergüenza, de sus primeros encuentros sexuales, casi todos con prostitutas. También de sus años en la Universidad Columbia, de la tesis que le dirigió Edward Said y de las 21 residencias en donde transcurrió su historia hasta dar con la casa en Brooklyn en donde actualmente vive.
Esta es también e inevitablemente una historia sobre el amor, porque si la vida deja en el cuerpo sus cicatrices, el amor también deja en él sus mejores goces. Su devoción por Siri Hustvedt, su mujer actual, su compañera escritora, moviliza estas letras. “Tuve que contenerme para que esta historia no se me fuera de las manos ante tantas declaraciones de cariño”, confiesa Auster, que escribe: “…ella es la única persona que te conoce lo bastante bien para hacerte las preguntas precisas, quien posee la firmeza y la comprensión necesarias para inducirte a revelar cosas sobre ti mismo que a menudo escapan a tu propia conciencia”.
Este libro no tiene como de costumbre una dedicatoria en sus inicios. Cuando se terminan de leer las 243 páginas parece develarse la razón. Auster, como en una de sus brillantes estratégicas narrativas en donde su nombre termina siendo parte de la novela que crea, ha escrito este libro como una extensa dedicatoria a sí mismo. Quizás lo que nos enseña es que un hombre que ha caminado ya la mayoría de las estaciones de la vida no tiene miedo a esos trucos vanidosos.
Los derechos de publicación de Paul Auster
En octubre del año pasado, la editorial Seix Barral anunció que en la Feria del libro de Fráncfort adquirió los derechos para la publicación de alguno de los títulos de la obra de Paul Auster en formato de bolsillo, a través de su línea Booket. “La editorial Seix Barral adquirió los derechos de bolsillo de una serie de títulos, aunque unos cuantos permanecerán en Anagrama durante años. El ‘inductor’ fue el agente Guillermo Schavelzon (de trayectoria bien conocida como editor y agente) con el ‘argumento’ de que Auster era muy poco conocido en América Latina, cosa que rebatirían no pocos libreros, lectores y críticos”, dice Jorge Herralde, editor de Anagrama, sello que históricamente ha publicado la obra del escritor estadounidense, y añade: “Las pujas por los autores se han convertido en un clásico: los grandes grupos, convenientemente azuzados por los agentes literarios, ofrecen a los escritores anticipos ‘imposibles de rechazar’ (El Padrino) y, muy a menudo, imposibles de recuperar. En cualquier caso, se dan un costoso baño de glamour”.