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Debe de hacer siete u ocho años desde que vi por última vez a esa leyenda moderna llamada Jane Bowles, y tampoco he sabido nada de ella, al menos directamente. Pero estoy seguro de que no ha cambiado; de hecho, algunos viajeros que han estado recientemente en el norte de África, y que la han visto o se han sentado con ella en algún sombrío café de la kasba me han dicho, y estoy seguro, que Jane, con su cabeza como un dalia, con su corto pelo rizado, su nariz respingona y sus ojos de un brillo malicioso, y algo alocados, con esa voz suya tan original (un áspero soprano), sus ropas de muchacho, su figura de colegiala y su leve cojera, es más o menos la misma que era cuando yo la conocí hace más de veinte años: ya entonces evocaba al golfillo eterno, tan atractivo como el más atractivo de los no adultos, y sin embargo con una sustancia más fría que la sangre corriendo por sus venas, y con un ingenio y una sabiduría excéntrica que ningún niño, ni siquiera el más extraño wouderkind, haya poseído jamás.
Cuando conocí a la señora Bowles (¿1944? ¿1945?), ya era, dentro de ciertos círculos, una celebridad: aunque sólo tenía veintitantos años, había publicado una novela muy original y comentada, Dos damas muy serias, se había casado con Paul Bowles, compositor y escritor de talento, y ambos habitaban en una elegante pensión que había abierto en Brooklyn Heights el ahora difunto George Davis. Entre los compañeros de pensión de los Bowles figuraban Richard y Ellen Wright, Auden, Benjamín Britten, Oliver Smith, Carson McCullers, Gypsy Rose Lee y (según creo recordad) un domador de chimpancés que vivía allí con una de sus “estrellas”. En fin, una casa más bien movida. Pero aun en medio de una comunidad tan vigorosa, la señora Bowles, por su talento y por las extrañas visiones que éste alberga, y por la sorprendente mescolanza de candor de perrillo juguetón y de dosificación felina de su personalidad, seguía siendo una presencia dominante de primera línea.
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Jane Bowles es una autoridad lingüística. Habla con la mayor precisión francés, español y árabe…, y puede que ése sea el motivo de que los diálogos de sus relatos parezcan, o me parezcan a mí como un traducción al inglés de alguna deliciosa combinación de otros idiomas. Además, dichos idiomas los aprendió sola, como consecuencia de su carácter nómada: de Nueva York se fue a vagar por Europa, y se alejó de allí y de una guerra ya inminente viajando a Centroamérica y México; descansó luego una temporada en esa histórica comunidad de Brooklyn Heigths. A partir de 1947, ha residido casi siempre en el extranjero; en París o en Ceilán, pero, sobre todo, en Tánger; de hecho, Jane y Paul Bowles pueden ser ya considerados sin vacilación como tangerinos permanentes, tanto se han adherido a ese empinado puerto de mar de blancos y sombras. Tánger se compone de dos partes mal emparejadas: una, gris y moderna, atestada de edificios comerciales y de casas de pisos altas y lúgubres, y la otra, una kasba que baja por un laberinto medieval de callejas, arcadas y piazzas que huelen a kif y a menta, hacia el puerto bullicioso de pescadores y con las sirenas de los barcos atronando. Los Bowles se han instalado en los dos barrios; tienen en el más nuevo, un apartamento esterilizado tout confort y también un oculto refugio en el más sombrío vecindario árabe; una casa nativa que debe de ser una de las moradas más diminutas de la ciudad, los techos son tan bajos que tienes que pasar prácticamente a gatas de una habitación a otra; pero las habitaciones en sí son como una encantadora serie de Vuillards tamaño postal, con almohadones moriscos desparramados sobre alfombras con diseños también moriscos, todo acogedor como una tarta de frambuesa y todo iluminado por intrincadas lámparas y ventanas que dan acceso a la luz de los cielos marinos y ofrecen una panorámica que combina minaretes y barcos y los tejados enjabelgados de azul claro de las casas nativas, que retroceden como una escalinata fantasmagórica hasta el bullicioso muelle. O así es el recuerdo de mi única visita una tarde, a la hora del crepúsculo, oh sí, hace ya quince años.
Un verso de Edith Sitwell: “Jane, la luz de la mañana ya vuelve a crepitar…” Es un poema que siempre me ha gustado, sin que, como me pasa a menudo con esta particular autora, lo entienda en absoluto. A menos que, “luz de la mañana” sea una imagen que signifique el recuerdo (?). Entre mis propios recuerdos de Jane Bowles, los más satisfactorios giran en torno a un mes que pasamos en habitaciones contiguas en un hotel agradablemente descuidado de la rue du Bac durante un gélido invierno parisino: enero de 1951. Cuántas tardes de frío pasamos en la acogedora habitación de Jane (llena de libros y papeles y alimentos y un vivaz cachorrillo de pequinés blanco comprado a un marinero español); largas veladas oyendo el fonógrafo y bebiendo tibio aguardiente de manzana mientras Jane preparaba chapuceros y maravillosos guisos en un hornillo eléctrico: es buena cocinera, sí, señor, y también un poco glotona, como sospechará quien lea sus relatos, que abundan en descripción de comidas y de sus ingredientes. Cocinar es sólo uno de sus muchos dones extraordinarios: también es una imitadora inquietantemente exacta y puede reproducir con nostálgica admiración las voces de ciertos cantantes, la de Helen Morgan, por ejemplo, y la de una íntima amiga de Libby Holman. Años después, yo escribí un relato titulado Entre las sendas del Edén, en el que, sin darme cuenta, atribuí a la heroína varias características de Jane Bowles: la envarada cojera, las gafas, sus brillantes e inteligentes habilidades mímicas (“Aguardó, como si esperase que la música le diese la señal; luego: “¡Ahora que estás aquí, no me abandones nunca! ¡Éste es el lugar al que perteneces! ¡Todo parece perfecto cuando estás cerca! Cuando te vas, nada está en orden.” Y el señor Belli se quedó perplejo, pues lo que estaba oyendo era exactamente la voz de Helen Morgan, y dicha voz, con su dulzura vulnerable, su refinamiento, su tierno temblor al alcanzar las notas agudas, no parecía prestada, sino que parecía la de la propia Mary O´Meaghan, una expresión natural de alguna identidad recóndita”). Yo no pensaba en la señora Bowles cuando inventé a Mary O´Meaghan, personaje al que nada se le parece en lo esencial; pero el que surgiera así un fragmento de ella dará una idea de la poderosa impresión que Jane siempre me había causado.
Aquel verano Jane trabajaba en La casa de verano, la obra que tan delicadamente presentarían luego en Nueva York. No soy muy aficionado al teatro: casi nunca aguanto una obra más de dos veces; pero ésta la vi tres veces, y no por lealtad a la autora, sino porque tenía un ingenio espinoso, el aroma de una bebida nueva, de acritud refrescante…, las mismas cualidades que me atrajeron de entrada en la novela Dos damas muy serias de la señora Bowles.
Mi única queja contra la señora Bowles no es la calidad de su obra sino simplemente la cantidad. Y aunque estamos agradecidos por tenerlo, querríamos que hubiera más. Una vez hablando de un colega de pluma, alguien con más facilidad que nosotros dos, Jane dijo: “Es que a él le resulta fácil… No tiene más que mover la mano. Sólo eso”. En realidad, escribir nunca es fácil; por si alguien no lo sabe, es el trabajo más duro que hay; y para Jane creo que es difícil hasta el punto de ser auténticamente doloroso. ¿Por qué no cuando tanto lenguaje como tema se persiguen a lo largo de sendas tortuosas y pedregosas canteras: las relaciones nunca materializadas de sus personajes, las incomodidades físicas y mentales con las que les rodea y satura, cada habitación una atrocidad, cada paisaje urbano una creación con estridencias de neón? Y sin embargo, aun cuando el sentimiento trágico es algo central en su visión, Jane Bowles es una escritora muy divertida, una especie de humorista, aunque desde luego no de la Escuela Negra. El humor negro, tal como lo etiquetan quienes lo perpetran, es, cuando triunfa, sólo un artificio encantador falto totalmente de compasión. Camp Cataract (en mi opinión el más completo de todos los relatos de la señora Bowles, y uno de los más representativos de su obra) es una muestra irresistible de compasión controlada: el relato cómico de un destino calamitoso que tiene en su corazón, y como corazón, una sutilísima comprensión de la excentricidad y del aislamiento humano. Sólo este relato exigiría ya que otorgásemos muy alta estima a Jane Bowles.
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Julio de 1966
Este prólogo encabezaba la edición de las Obras escogidas de Jane Bowles, publicada por Peter Owen, que incluía su única novela, Dos damas muy serias, siete relatos y la obra de teatro En la casa de verano. (N. de E.)
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Dos damas muy serias & Placeres sencillos. Barcelona. Anagrama. 2010. Págs. 7-12.