José Ancízar Martínez, el fotógrafo que no necesita sus ojos para capturar imágenes

Este manizaleño perdió la visión hace cuatro años y su vida cambió por completo. Sin embargo, su condición no le impidió imponerse un nuevo reto. Desde 2016 pertenece a Proyecto «Ciego», un iniciativa de enseñanza de fotografía para personas invidentes que nació en la capital caldense.

Para que los ciegos puedan hacer fotografías deben tocar primero los objetos que van a fotografiar. / José Ancízar Martínez García
Para que los ciegos puedan hacer fotografías deben tocar primero los objetos que van a fotografiar. / José Ancízar Martínez García

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Los caminos antiguos de arriería lo condujeron a una geografía difícil. Sus compañeros de travesía le iban describiendo el paisaje que los rodeaba y sus sentidos le iban revelando los detalles del lugar que caminaba. El sembrado de café, el río, los senderos estrechos. Aunque no los podía ver, José Ancízar Martínez García se los imaginaba, para después capturarlos con su cámara.

Mate de cafeto / José Ancízar Martínez

En 2003, Ancízar no volvió a percibir los colores y las formas por su ojo izquierdo y en 2014 dejó de ver por completo. Sabía que lo dejaría de hacer cuando le diagnosticaron glaucoma, una enfermedad que aparece sin síntomas y que tiene como riesgo principal la ceguera.

Cuando supo que en algún momento todo sería oscuridad, agudizó su visión para no dejar pasar ni una sola imagen que sus ojos pudiesen ver.

“Entendí que lo que me estaba pasando lo tenía que ver con consciencia, tenía que observar en sí. Por eso me quedó una imagen de mi barrio, de las cuadras, de la ruta para ir al centro de mi ciudad, de la sala de mi casa, de los rostros de mi familia”, dice Ancízar, pausado, como si con cada intervalo reprodujera en su mente el último recuerdo de cada cosa que vio.

Antes y después de la oscuridad

Ancízar, miope de naturaleza, desde el colegio fue cercano a las ciencias sociales. Por eso su facilidad con las palabras y las conversaciones, hasta con un desconocido, al que ya aprendió a asignarle un rostro y una personalidad a partir de su voz.
Según él, empezó tarde su carrera profesional. A los 26 años ingresó a la Universidad de Caldas a estudiar sociología. Para ese entonces ya no veía por su ojo izquierdo, terminaba su tecnológico en guianza y trabajaba como guía turístico.

“Todo comenzó, cada vez, a ser más borroso”. Un año antes de que sus ojos se apagaran por completo, suspendió la universidad. Las visitas al médico, los tratamientos y el no poder leer lo absorbieron.

Ancízar saludó al nuevo capítulo de su vida, ese que los médicos le pronosticaron y se cumplió.

“Cada vez que anochecía y amanecía, soñaba como si viera. Eso es un golpe tremendo en el sentido de que es muy reflexivo. Hay que aterrizar a la realidad, aceptar lo que está pasando. Así se va volviendo un poquito más llevadero. Al principio era complicado, yo no sabía cuál era el sueño: el de ver o no ver”, cuenta Ancízar.

En tres meses aprendió a leer y a escribir en braille, a no decaer frente al reto que le ponía la vida, a activar los otros sentidos que no trabajaban por la comodidad que le daba la visión. Ancízar Martínez volvió a ver, pero de otra forma: con más sensibilidad de lo que lo hizo con sus ojos en funcionamiento.

Retomó sus gustos: los libros y las salidas a la calle. Con su nueva forma de estar en el mundo, llegó a Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.

Entendió que los últimos días que pudo ver, observaba, y que ya ciego lo hacía también, como algunos de los personajes de la historia del portugués.
Volvió a la universidad luego de casi dos años y medio de interrumpirla.  De nuevo alquiló libros en la biblioteca y buscó otros recursos para estudiar.

Abandonar su carrera no era una opción, tampoco dejar de explorar nuevas experiencias que lo hicieran sentir una vida “normal”.

Por eso la fotografía. Llegó a ella por una propuesta de un emprendedor social de su ciudad un año y medio después de que sus ojos no veían el visor de una cámara. Mucho menos la escena a obturar.

José Ancízar Martínez / Cortesía Uelkom

Proyecto “Ciego”

Desde que Eduardo Mejía, emprendedor y documentalista, conoció el trabajo de algunos fotógrafos ciegos de distintas nacionalidades y el proyecto de enseñanza El Hilo Negro, en Querétaro, México, en el que personas invidentes se acercaban a esa profesión, sintió la corazonada de que su ciudad, Manizales, debía ofrecer esa experiencia a quienes andaban con bastón y gafas por allí.

“Empecé a ver invidentes en cada esquina de la ciudad. Afiné los ojos para verlos, porque uno también es muy ciego frente a ellos. Les propuse el proyecto, les pregunté si era descabellado. Encontré a un par de líderes que me copiaron y luego llamaron al resto”, cuenta Mejía, el creador del proyecto “Ciego”, que llevó a Ancízar Martínez a convertirse en un fotógrafo.

A través de técnicas globales de fotografía para invidentes, Mejía y otros fotógrafos voluntarios que se suman al proyecto acercan a sus alumnos a otras formas de ver lo que ya no es evidente para ellos.

“Lo primero que les enseñamos es la ley de tercios en braille para que empiecen a generar encuadres mentales. Antes de tomar la fotografía tocan el objetivo, lo que lo rodea, lo miden, amarran un hilo al objeto y al dedo con el que van a obturar y se alejan para crear el plano que quieren”, explica.

Una de las actividades que hicieron 12 alumnos invidentes fue la de retar a fotógrafos latinoamericanos que estuvieran dispuestos a caminar por dos horas en la oscuridad para retratar la ciudad y descubrir “El mito de lo invisible”, eslogan del proyecto. Martínez desafió a la mexicana Adriana Aguayo.

“Me acuerdo de que fuimos por un café, ella decía que le olía más y que sentía mejor su sabor. Que eso no le pasaba cuando se lo tomaba de manera habitual”. Invitación Adriana Aguayo- By Üelkom from Uelkom on Vimeo.

Ahora, los 15 fotógrafos invidentes, liderados por Eduardo Mejía, trabajan en una exposición inclusiva que se inaugurará este semestre en la sede del Banco de la República de Manizales.

Cada uno de ellos eligió una temática a fotografiar. La de Ancízar Martínez fue la de recorrer los viejos senderos de los arrieros antioqueños que transitaron por allí para colonizar la región cafetera del país.

Con la metáfora “El camino y el destino”, nombre con el que designó su trabajo, se dio paso a descubrir los paisajes de antaño, de montañas, cafetales y ríos, que ahora observa a través de los sonidos, olores, texturas y sabores. Para él, como para el zorro de El principito, “lo esencial es invisible para los ojos”.

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