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Mi hija de 15 años es muy crítica conmigo. La gente comenta que yo tengo cierta elocuencia y ella me dice: “Papá, ¿te has dado cuenta de la dificultad que tienes para terminar las frases?”. Es más: le da vergüenza. Yo la llevo en coche al bachillerato donde estudia y me pide que la deje dos cuadras antes. No importa quién sea su papá. Es el momento en que simplemente sirves para dar vergüenza. La paternidad tiene como principal lección moral sentir que lo más importante de la vida no eres tú sino otra persona. Ese desprendimiento te libera del egoísmo. Alguna vez le preguntaron a James Joyce por qué en su novela se había basado en Ulises y no en Jesús. “Porque Jesús no fue padre. Jesús no supo lo que era la conclusión del destino humano”, contestó. ¿Por qué eso le parecía definitivo a Joyce? Porque la paternidad implica un desprendimiento. Jesús estaba condenado eternamente a ser el hijo de Dios, a que nadie estuviera delante de su propia vida. La paternidad es un baño de humildad muy incómodo que te dan los hijos.
Mis libros más vendidos son para niños. El libro salvaje, una historia en la que se divorcian los padres de un adolescente de 13 años —esa es probablemente mi edad intelectual— se ha vendido más que el resto de mis libros juntos. Es muy refrescante escribir para ellos porque no tienen ninguna noción de la autoría. No consideran que existe la celebridad literaria; para ellos el libro es un dispositivo que se creó a sí mismo. Ni siquiera atienden al título: dicen “mi libro verde” o “el que tiene la araña en la portada”. El otro día fui a una zona rural en México y encontré un libro mío con imágenes de Cristo: los convierten en un álbum, los tachan, les ponen calcomanías. Es increíble ver que los chicos se conectan con algo que es, en cierto modo, independiente de mí. Vieron a un señor alto, medio calvo: nada más. Yo podría ser el amaestrador del perro y no importa: lo que importa es lo que hace el perro. Eso vulnera cualquier sensación de que te creas más importante que el libro. Los niños son grandes pedagogos del ego.
Lo primero que publiqué no era siquiera un libro: era un cuadernillo con tres cuentos. Para hacerlo pagué la mitad de la edición. El restante lo pagó Federico Campbell, un escritor que decidió apoyar a jóvenes autores como obra social. A partir de esa plaqueta y de otros textos publicados en revistas y periódicos integré La noche navegable, mi primer libro de cuentos. Todos los cuentos —todos— fueron rechazados en alguna publicación. Finalmente el libro salió en una editorial donde había que hacer una larga cola de espera: Joaquín Mortiz. Ahí había leído a mis autores favoritos: Carlos Fuentes, Juan José Arreola. Yo tenía 22 años; para mí era como debutar en el Real Madrid. Los plazos de espera eran enormes, al grado de que la novela Los días de la paciencia, del colombiano Óscar Collazos, llevó la penitencia de su título: tardaron siete u ocho años en publicarla. En mi caso sólo se tardaron cuatro, tiempo en que visitaba el manuscrito como quien tiene un caballo en un establo esperando que compita en una carrera: le quitaba un cuento, ponía otro, corregía. La tortura de la esperanza. Se hizo un lanzamiento muy modesto: ni siquiera en la sala de lectura sino en el vestíbulo de un centro cultural. Ese día hubo un terrible embotellamiento de tráfico y no alcancé a llegar. Era casi una conspiración para que el libro no pudiera tener vida propia. Desde el principio sentí que de esto no iba a obtener una recompensa inmediata. El libro se publicó en 1980 y yo recibí mi primer premio literario en forma en el 2000: 20 años después.
Con Tito Monterroso viví mi primera crisis total del ego. Él dio su taller durante mucho tiempo en la UNAM, pero se cansó de lo que él llamaba “los turistas del cuento”: gente que iba dos o tres sesiones y lo abandonaba. Monterroso quería un taller más severo: propuso uno con sólo tres alumnos, quienes tenían que concursar para entrar y durante un año se quedaban con él. Yo venía con mucho entusiasmo. A los 15 años estaba recorriendo México con Miguel Donoso en sus talleres, pero había recibido un apoyo más de coach: palmadas en la espalda. Monterroso nos hizo un favor disfrazado de castigo: nos demostró que éramos pésimos escritores. Una vez una chica leyó un cuento que trataba de un aborto. “Después de leer este aborto…”, dijo Monterroso luego de oírla. Nos quedamos helados. Esa era una forma de la generosidad que no siempre entiendes; él nos estaba tomando muy en serio. “Detrás de cada colaboración hay una humillación”, dice Fabrizio Mejía Madrid. Nos dolió mucho porque entramos con las ínfulas de haber ganado una beca para estar con él. Texto a texto nos demostró que no sabíamos escribir, pero también nos hizo sentir que, a través del sufrimiento que implica descubrir tantos errores tuyos, se puede llegar a una recompensa mayor. Los obstáculos sólo hay que agradecerlos. “El hombre acorralado se vuelve elocuente”, sentencia George Steiner.
Yo tengo un padre… sigo hablando en presente, pero él murió hace un año. Ayer estuve en un homenaje que se le hizo y por eso llegué tarde a Colombia. Fue un filósofo bastante significativo y reconocido en México. Esa fue otra forma de amortiguar el ego: siempre fui un siguiente Villoro. Incluso mucha gente me dice Luis por mi papá. Ser hijo de una figura intelectual dominante cuando tú también quieres crecer es complicado. El peso del padre hizo suicidar a Klaus Mann: no es fácil ser hijo de nadie. Mi padre fue una cura de ego porque es muy difícil que yo esté a su altura. “Tendré que probarme por mi cuenta. En principio voy a decepcionar. No tengo la maduración que él tiene”, me decía.
En cualquier rubro, el artista siempre es un principiante. Cuando alguien escribe su primer libro tiene una cantidad de dudas que piensa que se le van a acabar con el siguiente, y no es cierto. Es decir: si verdaderamente eres un escritor digno de tu nombre, siempre estás empezando algo nuevo. Yo empecé a escribir teatro en la primerísima juventud, lo he traducido, pero formalmente sólo lo escribí a los 50 años. Retomarlo era ser ostensiblemente un principiante. Escribir un artículo periodístico —aunque haya escrito miles— es como tratar de conquistar a Nicole Kidman: te pones nerviosísimo. Las dudas se reinventan tanto como los temas literarios. No puedes estar seguro. La repetición es un infierno innecesario.
Conocí a Roberto Bolaño en una premiación para jóvenes escritores en los jardines de la UNAM. Yo tendría 16 años y él 19, desde entonces nos hicimos amigos. Nos preguntábamos cómo podemos saber si un texto nuestro tiene auténtica calidad literaria. Ambos llegamos a la misma conclusión: lo único que nos parecía verdaderamente una prueba de calidad era cuando sentíamos que lo había escrito otro. El cuento con una autonomía propia. Ahora bien: si la prueba de calidad es que el texto parece que lo escribió alguien que no eres tú, entonces no te puedes sentir orgulloso. Eso te rebaja el ego. Roberto era muy orgulloso, estaba muy consciente de su talento, pero sabía que lo importante era el texto y no él. Esa es la prueba: no importa quiénes somos nosotros, importa lo que queda.
Mi válvula de seguridad contra la vanidad es esa.