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“Amarillo es el oro y azul el ancho mar y el rojo es la sangre que nos dio la libertad”.
Esta rima infantil varios la escuchamos de niños para aprender los colores y el significado de estos en la bandera colombiana. Este símbolo, que se asocia además con uniformes de equipos deportivos que representan al país, nos ha acompañado oficialmente desde 1861. Aunque el uso de los tres colores primarios comenzó en ese año, nuestra bandera atravesó varios cambios antes de que se adoptara la tricolor como símbolo patrio.
La primera vez que ondeó la composición cromática con el amarillo, el azul y el rojo fue el 12 de marzo de 1806. El pabellón había sido diseñado por el precursor de la Independencia, Francisco de Miranda, quien la llevaba a bordo de su bergatín Leandro, cuando se disponía a invadir Coro, una población en la actual Venezuela. Según la página de archivo de la presidencia: “Esta bandera fue la misma que Miranda, junto con Lino de Clemente y José Sata y Bussy, presentaron al Congreso de Venezuela de 1811 para que se adoptara como insignia nacional”.
El diseño de Miranda es considerado como la “bandera madre”, puesto que de él se desprendieron los pabellones que hoy representan a Venezuela y Ecuador. El Congreso de la Gran Colombia la adoptó como su insignia en 1819 y, luego, en 1834, tras la secesión de estos países, la bandera atravesó su primer gran cambio cuando Francisco de Paula Santander propuso que las franjas fueran verticales, en vez de horizontales.
El general Tomás Cipriano de Mosquera, presidente provisional de los recién creados Estados Unidos de Colombia, sancionó en noviembre de 1861, un decreto en el que se disponía el estandarte oficial que representaría al territorio. “Los colores del pabellón nacional de los Estados Unidos de Colombia son: amarillo, azul y rojo, distribuidos en fajas horizontales y ocupando el color amarillo la mitad del pabellón nacional, en su parte superior, y los otros dos colores la otra mitad, divididos en fajas iguales, el azul en el centro y el rojo en la parte inferior”, se lee en el documento. Finalmente, en 1924, el presidente Pedro Nel Ospina reglamentó el uso de esta bandera de manera definitiva para el país.
No se sabe exactamente por qué Miranda escogió estos colores para el pabellón nacional. Sin embargo, existen algunas teorías. Una apunta a que los eligió en “homenaje y como prueba de gratitud a su amiga, la emperatriz Catalina de Rusia: el amarillo para simbolizar el color de sus cabellos; el azul, el de sus ojos, y el rojo, el de sus labios”, según registró el Archivo de Bogotá. Otra teoría sugiere que, en 1785, Miranda se encontró con el poeta Johann von Goethe en una fiesta en Weimar y luego de que el alemán le hablara sobre su libro “La teoría de los colores” y la manera en la que el iris convierte la luz en los colores primarios, el venezolano creó el diseño que se convertiría en la bandera colombiana.
No obstante, esta no es la única historia que existe de este símbolo patrio. Cada uno de los colores que la componen cuenta un relato distinto. Aquel que representa las riquezas de las tierras colombianas es comúnmente llamado amarillo cromo, el que es asociado con los mares ha sido denominado azul índigo y el que representa la sangre derramada en la Independencia es el rojo escarlata.
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El mineral siberiano que representa el oro colombiano
El amarillo de nuestra bandera tiene su origen en el frío siberiano. Allí, en 1762, descubrieron, en la mina de oro de Beresof, un mineral naranja al que llamaron crocoíta. Al principio no fue un pigmento, según relató Kassia St. Clair en su libro “Las vidas secretas de los colores”, puesto que el mineral era muy costoso. Sin embargo, entrado el siglo XIX, el químico francés Nicolas Louis Vauquelin descubrió en 1797 que esta roca contenía un nuevo elemento. Se trataba de un metal al que llamó cromo, dado que sus sales mostraban diferentes tonos de color.
Tras su hallazgo, Vaquelin sugirió que este podría ser útil como pigmento para telas y artistas. Para 1809, el recién creado amarillo cromo ya se encontraba de las paletas de múltiples artistas y hasta llegó a ser una obsesión para Van Gogh, quien lo utilizó para pintar sus famosos girasoles. Finalmente, en 1818, este pigmento comenzó a ser producido de manera industrial y en ese año se registró el uso del nombre amarillo cromo por primera vez.
El pigmento se obtiene “añadiendo una sal de plomo soluble (nitrato o acetato) a una solución de cromato o dicromato alcalino. Es un mineral cristalino compuesto de cromato de plomo (II), cuyo color puede variar desde amarillo pálido hasta naranja, dependiendo del tamaño de las partículas, que a su vez depende de las condiciones de precipitación”, según escribió Goerge O’Halon para “Natural Pigments”.
A pesar de que los impresionistas se enamoraron de este color, pronto empezaron a notar un problema con sus pinturas. El amarillo cromo reacciona al ser expuesto a la luz y tiende a tornarse opaco. Por esta razón, cuando a mitad de siglo descubrieron el amarillo cadmio, este se convirtió rápidamente en el nuevo favorito para el arte.
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Un color natural, como los mares
El azul es uno de los colores que más se han destacado en la historia del arte. Desde el ultramarino, que llegó a ser más costoso que el oro, hasta el cobalto, este color esconde miles de historias. Una de ellas es la del tono que representa los mares de nuestra nación.
A pesar de que se creía que era originario de tierras orientales, el índigo apareció por primera vez hace 6.000 años en Perú. Fue descubierto en el asentamiento de Huaca Prieta. Sin embargo, este color no es exclusivo del continente. Ha sido utilizado por naciones como India, China y Japón para teñir telas. Incluso la civilización mesopotámica hacía uso de él. Según escribió St. Clair, diferentes poblaciones descubrieron cómo teñir sus prendas de este azul profundo en diferentes momentos de la historia, dado que son varias las plantas que se pueden usar para crear este pigmento.
Mientras que otros azules como el ultramarino y el cobalto salen de minerales y metales, el índigo se obtiene de las hojas de plantas como Indigofera tinctoria (originaria del subcontinente indio), Persicaria tinctoria (que se encuentra predominantemente en Asia oriental) e Indigofera suffruticosa (una especie que crece en América Central y del Sur)”, aseguró Evie Hatch. Y como el proceso para extraer el tinte es complicado, hubo un momento en la historia en el que fue usado como moneda de cambio. “Se utilizaba literalmente como moneda. Intercambiaban un trozo de tela por un cuerpo humano”, dijo la escritora e investigadora Catherine McKinley a la NPR.
“La planta se cortaba y se colocaba en grandes tinas, donde se ablandaba y fermentaba. Esta sustancia oscura se desnataba, se colaba, se prensaba y se secaba en forma de tortas, que constituían la base del índigo”, reportó la empresa Winsor & Newton. Este tinte ha estado incluso asociado con revueltas, ya que en India los granjeros que cultivaban las plantas para hacer el tinte eran forzados a cosechar las plantas de índigo, en vez de comida e incurrían en deudas costosas que los sumergían en círculos de explotación.
Para finales del siglo XIX se descubrió una manera de recrear este tinte natural de manera sintética. “A partir de entonces, el tinte pudo producirse a partir de anilina (derivada del alquitrán de hulla) íntegramente en un entorno industrial, a una fracción del coste del producto natural”, escribió Hatch.
El rojo escarlata de la sangre y los insectos
Colombia no fue pionera en relacionar el rojo con el sacrificio. La Iglesia católica había establecido esta asociación siglos antes. Por esto, de acuerdo con St. Clair, es que la reina María Estuardo, al momento de su ejecución, usó un vestido interior de color rojo escarlata, enviando un mensaje a sus simpatizantes católicos de martirio. El rojo ha estado históricamente asociado con la muerte y la pasión.
El tono de este color que figura en la parte baja de nuestra bandera tiene un origen similar al del rojo cochinilla que era fabricado con estos pequeños insectos en el imperio azteca. En cambio, el escarlata se obtiene a partir de los insectos conocidos como kermes virilio o cochinilla de las encinas. Según St. Clair, para obtener un gramo de este pigmento se necesitaban los cuerpos de 80 kermes hembras, que eran importados del sur al norte de Europa, haciendo de este otro color costoso y de lujo. “El pigmento escarlata que se extrae de las cochinillas y sus depredadores es un compuesto llamado ácido carmínico, que, según los ecólogos químicos, funciona como una sustancia protectora”, aseguró Joshua Glenn en un texto para la revista “Cabinet”.
El escarlata existió primero bajo el nombre de rojo de Armenia y fue descrito en textos antiguos de las civilizaciones persa y asiria. Luego llegó a Roma y allí se convirtió en el segundo color más lujoso, después de la púrpura de Tiro, usado por los emperadores. Con el paso del tiempo, la realeza se apropió de este color, dado que su costo era muy elevado. El pigmento comenzó a aparecer también en las representaciones de la Iglesia y de los nobles en el arte.
Con la colonización de América, se estableció en Europa un mercado para las cochinillas que habitaban en Centroamérica y así llegó al viejo mundo el rojo cochinilla que era un poco más vibrante que el escarlata europeo. El rojo cochinilla lentamente comenzó a desplazar al escarlata en popularidad, por su novedad en el continente. Sin embargo, para 1919 ya había comenzado la producción industrial de un pigmento sintético llamado rojo cadmio que se hizo un espacio en las paletas de artistas como Matisse.
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