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La barbie del bicicross

A sus 20 años Mariana Pajón acumula 14 títulos mundiales y acaba de ganar un oro en los Panamericanos, méritos suficientes para ser la tercera mejor deportista del año de El Espectador.

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Hay tres álbumes fotográficos sobre la mesa. Claudia Londoño, madre de Mariana Pajón —bicicrossista, 20 años— toma uno y se le iluminan los ojos mientras va pasando las páginas. Al comienzo se ve a la niña de cinco o seis años con un vestido café de cuadros, medias blancas, zapatos blancos de charol, los brazos levantados, un trofeo brillante, una sonrisa temerosa, la mirada clavada en el suelo. Más adelante se ve a Mariana en una bicicleta rosada, casco rosado y guantes rosados, mirando a la cámara con una timidez que nunca la ha abandonado. Su mamá sigue pasando las páginas y empieza a aparecer la niña en un podio, en lo más alto, sobre el número uno que la proclamaba campeona; y junto a ella, una fila de niños con caras aburridas porque casi nunca podían arrebatarle el primer puesto.

Empezaron a llamarla “La barbie del bicicross” por la bicicleta y el casco y los guantes rosados, porque en muchas competencias era la única niña sobre la pista (cuando no existía categoría infantil exclusiva para mujeres), porque se esmeraba por lucir lo más impecable y femenina posible en un deporte tan rudo, tan de hombres. Eso pensó Claudia Londoño cuando su niña, con apenas tres años, pudo sostenerse en una vieja bicicleta roja imitando lo que hacía su hermano Miguel, bicicrossista, tres años mayor que ella. El temor de que Mariana también quisiera pasar los días sobre una bicicleta, compitiendo en pistas con obstáculos de tierra, creció cuando iban a ver correr a Miguel y ella pasaba horas aferrada a las rejas que separan al público de la pista, concentrada en cada movimiento de su hermano, que era su héroe. El héroe que ella se obsesionó en superar.

Todavía con el álbum en las manos, sentada en la sala de su casa en el barrio El Poblado de Medellín, la madre confiesa que nunca deseó ver a su hija como bicicrossista. Pensaba que quizá querría seguir su afición a los caballos y dedicaría la vida a la equitación o, mejor aún, que la vería vistiendo una trusa y llevando el pelo recogido en alguna competencia de gimnastas. Pero los caballos hacían llorar a la pequeña Mariana y el gusto por la gimnasia, que estudió algunos años, no superó el amor desmedido por el bicicross. “Pensaba que el bicicross era un deporte muy rudo, de muchos accidentes. Que era imposible salir ileso. Y mis temores se hicieron realidad cuando ella tenía apenas 5 años y sufrió una fractura de clavícula. Estaba compitiendo, ya se había acabado la carrera, abrieron la pista, alguien venía en contravía y le cayó encima”.

En alguno de los tres álbumes seguramente estará la foto del primer mundial en el que Mariana salió vencedora. Fue en Argentina, en 2000, a días de cumplir los nueve años. “Casi nos da un infarto. Cuando llamaron a avisarle a mi esposo, se puso a llorar”. Lloró porque él, Carlos Mario Pajón, sabía que había sido un inspirador de su hija. Porque él, múltiple campeón nacional e internacional de automovilismo, junto a su esposa, habían formado una familia de deportistas consagrados y victoriosos. Sobraban los motivos para llorar. “Todo el embarazo de Mariana yo lo pasé en una pista de motocross, viendo a mi esposo correr. Mariana nació deportista”.

Con ese primer título mundial le llegó la determinación de dedicarse exclusivamente al bicicross. Dejó la gimnasia. Los karts. Para lamentos de su madre, no había vuelta atrás. “La gimnasia me enseñó a manejar el cuerpo en el aire, a saber caer; a tener equilibrio, flexibilidad. Y los karts, los corría por hobby. Pero no me dolió dejarlos, porque en ese momento me dí cuenta de que si quería progresar tenía que concentrarme en sólo una cosa”, dice Mariana Pajón. Está sentada junto a su madre. Unos minutos antes había dicho que el primer título intercontinental lo había ganado en octubre de 1997, y que para correr había tenido que convencer al jurado de que la dejaran participar porque ella era la única mujer.

Con los años recorrería las pistas de Estados Unidos y allí se impondría como campeona nacional dos veces. Se enfrentaría a dos de sus mayores ídolos (en 2004, a Magalie Pottier, de Francia, y a Sara Walter, de Nueva Zelanda) y saldría vencedora. Se montaría en el número uno del podio decenas de veces. Acumularía 14 títulos como campeona mundial —cinco veces de éstas en categoría élite—. Y obtendría un oro en los Panamericanos de Guadalajara (2011).

Para 2012 vendrán el mundial de Inglaterra, cuatro copas mundo y la que es quizá la carrera más importante de su vida: competirá en los Olímpicos de Londres 2012. Su nueva obsesión.

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