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La cumbia llegó hasta Springfield. Y conquistar el territorio natural de los Simpsons solamente quiere decir que se tiene la capacidad de arribar a cualquier rincón del planeta. Cuando un personaje de los alcances masivos de Bart hace una versión libre de una canción es porque, realmente, es muy conocida. La secuencia audiovisual se desarrolla en la taberna y es el amable Moe quien le pide al niño que entone esa alegre cumbia para él y sus refinados clientes. Bart dice: “Moe, tus deseos son órdenes”, y empieza, valga aclarar que sin el ritmo que caracterizó a la pieza del maestro de Plato, Magdalena, Wilson Choperena (1923), a cantar y bailar la siguiente estrofa: “Cuando le canto a Soledá/ me siento contento de verdá/ porque con su movimiento inspiración ella me da,/ por eso le digo negrita linda ven pa’acá/ con su pollera colorá,/ negrita linda Soledá/ con su pollera colorá”.
Tal vez ni el más optimista de los indígenas de la región de Pocabuy (Magdalena, Bolívar y Atlántico), en donde se dice que nació la cumbia arrullada por las aguas del río Tucurinca (río Magdalena), podría siquiera imaginar que esa mezcla entre percusión africana con ‘areítos’ (bailes cantados africanos), vientos rústicos de tradición indígena y ropajes hispanos muy próximos al empleo flamenco, tuviera una penetración tan contundente en el gusto internacional.
Pero no sólo eso, tampoco sospecharía que su origen se lo pelearía hombro a hombro Panamá, que tuvo en principio un desarrollo similar al colombiano, pero luego forjó sus propias costumbres asimilando la cumbia como propia, incluyéndole elementos particulares y nuevas denominaciones, como la cumbia santeña o ‘curacha’, que se ejecuta con caja, violín, acordeón y tambores. En la actualidad, los panameños dicen tener la más auténtica de las cumbias porque las demás, incluida la colombiana, está dominada por las necesidades del mercado y dejó a un lado su esencia folclórica.
Sin embargo, lo que no cuestionan los vecinos de Panamá ni de Venezuela es que fue gracias a Colombia que el estilo sacó el pasaporte y se enrutó hacia México en las maletas de Luis Carlos Meyer, un cantante caribeño que después de figurar en varias agrupaciones, decidió emigrar y escogió México como destino. Allí se relacionó con el director Rafael de Paz, con quien hizo una dupla de ensueño y quien le prestó su orquesta para realizar durante los años 50 las primeras grabaciones de la cumbia fuera de su cuna. La cumbia cienaguera, Mi gallo tuerto y Mi caprichito fueron algunas canciones que ganaron en el norte del continente potencia gracias a la inclusión de los metales.
Ya con la conquista mexicana era mucho más fácil difundirse en Centro y Norte América. El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y por supuesto los Estados Unidos, también sucumbieron ante el encanto melódico de dos aires que se denominaron como la cumbia sonidera y la cumbia andina mexicana.
Pero mientras en el norte la situación se tornaba favorable para el estilo musical, en el sur la radiografía enseñaba un diagnóstico muy similar. En 1946 Lucho Bermúdez grabó algunos de sus porros (estilo surgido a partir de la cumbia) para la RCA de Argentina, luego Bovea y sus Vallenatos exportaron su talento, pero fue el Cuarteto Imperial el encargado de hacer inmortales en la tierra del arrabal composiciones como Cosecha de mujeres, La burrita y Se va el caimán. La cumbia que se arraigó en Argentina y que luego pasó a Perú, Chile y Uruguay fue la interpretada por artistas del interior y no por caribeños, y de ahí que su cadencia no sea la que se conoce en esta tierra.
De Argentina y Chile también emigró rumbo a Europa y allí en los bares se ‘baila’ un estilo de cumbia marcado por el techno. Muy pocos allá saben, como tampoco lo sabía Bart Simpson, que su esencia musical y su baile tradicional son pruebas contundentes del mestizaje en Colombia y que su nombre proviene de la expresión ‘cumbé’, que significa jolgorio.