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La fantasía erótica de Apuleyo

Esta es la historia de un joven que cedió a las bajas pasiones y terminó sometido, por cuenta de su curiosidad, a los peores males que puede sufrir un hombre. Su nombre es Lucio y su vocación, conquistar, como lo hizo con la criada de una familia que le dio techo y comida.

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“Con qué elegancia meneas la cacerola, con qué gracia le das vaivén al trasero”, le dijo. Ella le respondió: “… si llegas a prenderte de una simple chispa de mi fogata, nadie más que yo va a poder apagar esas llamas, que con la costumbre que tengo de preparar guisos he aprendido a menear con tiento la olla y la cama”. Pasaron días de furtivos besos antes de prenderse el fogón de la desnudez.

Todo iba bien hasta que a Lucio se le ocurrió copiar las artes mágicas que practicaba la señora de la casa y le pidió a la amante convertirlo en pájaro, con tan mala suerte que equivocó el ungüento y lo volvió asno, El asno de oro de Apuleyo.

La obra, considerada la mayor novela erótica del Imperio romano en decadencia, cuenta con detalles el maltrato al que fue sometido Lucio en calidad de asno y hasta el acto de zoofilia al que se vio obligado.

A la historia de Lucio, Apuleyo le inserta relatos eróticos fantásticos que el protagonista oyó o vio, como el de Psique, la joven condenada por su belleza al odio de Venus. Su hijo Cupido recibió la orden de desaparecerla, casándola con el peor de los hombres. Pero como el amor doblega hasta los dioses, el verdugo se autoflechó y, sin darle la cara, le dio un palacio por casa, se le metió a la cama y sembró una semilla en su vientre.

La única exigencia era no descubrirlo, pero las envidiosas hermanas le hicieron creer que era una serpiente que la sazonaba para devorarla. Por desgracia les creyó y, aprovechando el sueño de Cupido, se acercó a él con lámpara y navaja, y descubrió su belleza. Al verse sorprendido, el dios la abandonó sin dejar de amarla. Después de innumerable suplicios provocados por Venus, Eros y Psique lograron el perdón y pudieron amarse.

La curiosidad de Psique y Lucio, que al final logra comerse un pastel de rosas como antídoto para volver a ser hombre, muestran cómo al ser humano lo mueven, desde siempre, la razón y la pasión.

El mensaje de Apuleyo, que nos llega desde el siglo II de nuestra era, es que la pasión le gana el pulso a la razón, un perdedor cuya única fuerza es la de moderar los desenfrenos.

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