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“Fuente de conocimiento por excelencia; una intermediaria entre el ser humano y su propia realidad; mensajera de la historia y la cultura; transmisora de las creencias, los sistemas políticos y económicos, arquitecta de la memoria; portadora del baluarte de la identidad de las naciones y los individuos y espejo de las pasiones humanas.” Así es como Mónica Acebedo define la literatura al comienzo de su libro “Letras compartidas”. Eso quiere decir que la literatura es la inutilidad más útil. Es el vehículo por el que reconocemos y asimilamos nuestro pasado; es la piedra angular de los sueños de la humanidad; es la identidad, la búsqueda de sentido, el ocio sobre el sofá; es el encuentro con uno mismo; es incluso profecía.
Para encontrar en la literatura nuestra realidad, nuestra cultura, nuestra historia y nuestra alma no basta con pasar las páginas. Esto sería equivalente a intentar encontrar un tesoro sin mapa en mano. Se necesita de método, voluntad y curiosidad, y Mónica Acebedo nos da los pasos necesarios en “Letras compartidas”. Primero, la autora se concentra en cómo leer críticamente. Para ello, es esencial leer de manera desprevenida. El solo hecho de llegar con concepciones y pensamientos preconcebidos estropeará la lectura y la persona no logrará detenerse en los aportes de la obra, ya sea la construcción de personajes, una reflexión, una escritura poética, un análisis particular.
Bajo esa condición, el lector podrá hacer un análisis literario. Para ello, es importante saber algo de la biografía del autor, con el fin de vislumbrar sus inspiraciones, lo que buscaba encontrar en la literatura, su pasado e influencias. También, por lo general, el título de la obra da luces sobre lo que el autor quiere dejarle al lector. Por otro lado, si logramos identificar el género, probablemente lograremos apreciar las técnicas que se utilizan y las ideas centrales que se nos proponen. El eje argumental da cuenta del tema de la obra, del hilo conductor de la narración. El contexto espacial e histórico en el que se sitúa la obra condicionará la mentalidad de los personajes, incluso si la obra es fantástica. Por ejemplo, aunque “Canción de hielo y fuego” está llena de dragones, cambiapieles y muertos vivientes, sus personajes son evidentemente medievales. Algunas obras contienen símbolos recurrentes, este es el caso de la lluvia en “Pedro Páramo” que no es sino el mismísimo Páramo, padre y desolación a partes iguales; el verde en “El gran Gatsby” significa tanto esperanza como riqueza, y la oscuridad es la maldad de “El corazón de las tinieblas”. La calificación de un libro será entonces más completa: fluidez, mecanismos narrativos, legado, construcción de personajes… Comparar “La divina comedia” con “El aliento de los dioses” de Brandon Sanderson puede sonar descabellado, pero a la larga, estas herramientas construyen criterios bajo los cuales el lector podrá concluir qué es lo que lo atrae, lo que lo entretiene, lo que le despierta preguntas y lo que se queda deambulando por entre sus pensamientos hasta hacerle cambiar lo que antes creía cierto.
En suma, calificar un libro es totalmente subjetivo y eso está bien. Acebedo afirma que habrá unos que conectan emocionalmente con la persona que los lee; otros que agregan valor, independientemente del placer; otros que, en cambio, generan placer al leerlos; unos que son originales, ya sea por su contenido o por su estructura formal; siempre existirán unos que forjan un impacto cultural, histórico, social o político.
Las decisiones sobre qué leer
Esta es una clara invitación a abrirse y descubrir que todos los géneros literarios son dignos de ser explorados. ¿Hay un género mejor que el otro? ¿La no ficción es superior a la ficción? La respuesta es negativa, cada libro contiene su propia realidad y nuestro trabajo y regalo es desentrañarla. Por ejemplo, la novela es el mecanismo por excelencia que ha encontrado el ser humano para desentrañar nuestras emociones, propósitos y contradicciones. De hecho, ahora que estamos en la era de la explosión de los libros de autoayuda, Raskolnikov puede llegar a ser una guía más útil de crecimiento espiritual a lo largo de las páginas de “Crimen y castigo”, que cualquiera de los libros directamente destinados para ello. La literatura, en últimas, es una exploración constante.
El hecho de que un libro ya sea considerado clásico tampoco significa que las obras contemporáneas sean inferiores. Sentada frente a mí en un café, Mónica me habla del clásico más grande de todos los tiempos. “Don Quijote de la Mancha” en su momento fue considerado una obra destinada a la entretención vacía, sin nada que aportar a la posteridad. Mientras me cuenta aquello, recuerdo que Ralph Waldo Emerson alguna vez dijo que las obras de Jane Austen eran “vulgares tonterías, estériles en imaginación artística, prisioneras de las despreciables convenciones de la sociedad inglesa, carentes de genio, talento y conocimiento del mundo. El único problema en la mente de la escritora es llegar al matrimonio. El suicidio es más respetable”. Sin embargo, hoy en día tanto Jane Austen como Cervantes son estudiados una y otra vez en las universidades, me atrevería a decir que más que Emerson. Entonces, la trascendencia de un libro la dará el tiempo, mientras tanto, tengamos claro que los libros, a la larga, son el reflejo de una sociedad. Si la nuestra ha privilegiado la autoayuda, y bajo unas formas específicas, detrás de aquel fenómeno se esconden nuestros vacíos e incapacidades, dignos de ser analizados.
La inutilidad de lo inútil
La charla que tengo con Mónica Acebedo me recuerda el vértigo que sentía de niña, cuando terminaba un libro de “Harry Potter” o un videojuego de “Final Fantasy”, que finalmente era literatura interactiva. Si bien comencé estudiando literatura, un miedo infundado hizo que terminara siendo abogada. Mirando hacia atrás, pienso que quizás Nuccio Ordine –aquel escritor italiano que defendió brutalmente la utilidad de las artes– estaría decepcionado de mí. Sin embargo, la misma Mónica Acebedo es abogada. Y escritora. Y crítica literaria. De hecho, me cuenta que la invitaron de la Sala Penal de la Corte Suprema para que, en su encuentro anual, presente una ponencia sobre delitos en la literatura. Así que nuestra charla me recuerda que lo más valioso de la humanidad es aquello que se ha despreciado en el universo del utilitarismo. Abraham Flexner se hizo una pregunta tautológica al respecto en “La utilidad de los conocimientos inútiles”: “¿Acaso la humanidad quiere sinfonías, pinturas y profundas verdades científicas, o quiere sinfonías cristianas, pinturas cristianas y ciencia cristiana, o sinfonías judías, pinturas judías y ciencia judía? ¿Acaso quiere contribuciones a la infinita riqueza del alma humana y expresiones suyas que sean musulmanas, egipcias, japonesas, chinas, americanas, alemanas, rusas, comunistas o conservadoras?”
La expresión artística, en este caso la literaria, es creación y, por lo tanto, bella. Así, leer literatura, estudiarla y dejarse atrapar por ella es una forma de hacer la vida igualmente bella y digna de ser vivida, y más si uno puede compartir sus impresiones con los demás. “Letras compartidas” debe su título precisamente al acto de hablar sobre lo leído. Los escenarios de reunión social en los que la conversación gira en torno a una obra literaria enriquecerán el análisis que cada uno realice, además de crear lazos, aprender sobre nuevas perspectivas y abrir horizontes. Al final del libro, Mónica Acebedo nos da algunas sugerencias para comenzar un club de lectura y aprender a crecer y regocijarse alrededor de él. Al fin y al cabo, la vida también es para compartirla.
Ya que tienen mapa en mano, ¡feliz lectura!