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La grisura más luminosa

El director polaco Pawel Pawlikowski ha concebido desde 1987 filmes que exploran el divorcio entre los individuos y su mundo, sus luchas perdidas. ‘The Last Resort’ y ‘La mujer del quinto piso’ son ejemplo de ello.

‘The Last Resort’ es protagonizada por Dina Korzun, Artyom Strelnikov y Paddy Considine. / Cortesía - Ficci
‘The Last Resort’ es protagonizada por Dina Korzun, Artyom Strelnikov y Paddy Considine. / Cortesía – Ficci

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Nacido en Varsovia pero con casa en Inglaterra desde muy joven, el cineasta Pawel Pawlikowski renuncia a los extremos y ocupa en cambio el espacio compartido entre la luz y la niebla, el difícil territorio de la ambigüedad. En terrenos llenos de desgracia encuentra un sabio acto de felicidad que permite soportar la realidad; en terrenos de elevada gracia deja que la tristeza haga lo suyo. The Last Resort (2000) y La mujer del quinto piso (2011), incluidas en la retrospectiva que el Festival Internacional de Cine de Cartagena hace de su obra, son retratos de dicha ambición, que quizá sólo quiere abundar con equilibrio y franqueza en la geografía variopinta del alma humana.

The Last Resort es un relato de amor real, del tipo de amor que menos abunda: ese que está emparentado con la nostalgia. Tatiana (Dina Korzun) se siente vulnerable; ha ido a Inglaterra con su hijo en busca de su novio y ha fracasado. Un amigo repentino, Alfie (Paddy Considine), desea salvarla. El argumento caería en el sentimentalismo fácil, pero Pawlikowski sabe condensar bien las cargas y dosificar las sensaciones: sólo hay un profundo beso en todo el filme, sólo algunas caricias y muchos actos espontáneos de afecto que no malogran ni reducen a sus personajes, sino que más bien elevan su imagen y prevén una transformación. Su habilidad no sólo está concebida en ese goteo de sentimientos; también está en el modo en que usa el humor como un antídoto de la desgracia diaria de vivir, del maldito destino de una falsa refugiada.

Pawlikowski lanza estos haces aupando los tiempos muertos de la existencia al más fino arte: una llamada (que aquí se convierte en una empresa heroica en una Stonehaven de luces grises), una comida (que se torna en confusión por un gesto burocrático), una salida a caminar por la playa con el mar como fondo agreste. Uno de los asistentes calificó el filme como sucio y quizá tenga razón: las secuencias se mueven de un modo excesivo, la calidad de los escenarios es umbría. Siempre algo pesa en esa insoportable alma de Tatiana.

Estos son, sin embargo, los dones del filme, no sus defectos. Gracias a dicha estética, Pawlikowski logra momentos de lumbre, que es a cuanto se dirige toda verdadera obra de arte: a disponer cuchilladas, en este caso visuales. Está, por ejemplo, aquel cuadro en que queda de fondo un barco carguero flotando sobre el mar y en primer plano, borrosa, la cara de Tatiana. O está aquel otro en que ella y él se miran frente al mar, antes de que Tom confiese que la ama: sin lágrimas, sin derroche de sentimientos y ángeles y corazones. Sus personajes tienen la dignidad de quien se sabe derrotado, pero no perdido. O aquel retrato que abre y cierra el filme: Tatiana y su hijo en el metro, perdiéndose entre luces. En esa zona gris que atraviesa The Last Resort, todo sentimiento, incluso el más acertado y sincero, pasa por la tristeza.

La ambigüedad se sostiene, once años después, en La mujer del quinto piso. En esta ocasión, sin embargo, es más amplia y confusa: Tom (Ethan Hawke), autor de una sola novela, va a Francia en busca de su hija; está enfermo, encuentra dos amantes y un trabajo cuyo objeto desconoce. Un hombre que lo amenaza aparece muerto. Tom se declara inocente ante la policía; dice que estuvo en casa de Margit Kadar (Kristin Scott Thomas), una de sus amantes, cuando el hombre fue asesinado. Kadar murió hace diez años, se suicidó; el espectador ve la realidad de Tom a través de su enfermedad (esquizofrenia, dijo una de las asistentes, quizá múltiple personalidad), pero se pierde de la realidad: Pawlikowski nunca muestra el asesinato, sólo el modo en que la mente de Tom, a través de su amante, afina los detalles. “Él no sabe de qué eres capaz”, le dice.

¿Cuánto de todo lo visto es entonces real? ¿Real desde qué perspectiva, para quién y por qué? ¿Hasta qué punto la realidad basta, hasta qué punto la realidad es compartida? La mujer del quinto piso produce esas inquietudes gracias a sus modos de narración: tiene aquí y allá pertrechos de realidad (la hija de Tom, la relación con su esposa, que le teme, su amante polaca fanática de la poesía, su extraño trabajo) y también reflejos de locura (las relaciones sexuales con alguien que no existe, su encuentro con Kadar en una fiesta literaria) que se confunden y combinan. Es el mismo fondo descolorido y auténtico de The Last Resort, pero más efervescente, más entregado a la pérdida. Pawlikowski cruza dos espacios que en el pensamiento más ordinario se repelen: la realidad del mundo y la realidad de sus individuos. Tom es expulsado de sí mismo por su enfermedad, y su entorno también quiere alejarlo, tenderle una cerca: no puede ver a su hija, se pierde el espectáculo de su vida. Entonces decide alejarse de su hija; le dice al mundo que ha ganado, pero sólo en parte. Por eso rompe en dos una de las cartas a su hija y le envía sólo una mitad: la mitad más sincera, más acorde a la realidad.

Es un viscoso duelo entre el todo y la parte. Ambos, en este filme o en el primero, son sinónimo de hundimiento.

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

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