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Una película que cierra un ambicioso proyecto artístico de esta escritora y también directora de teatro, que comenzó en 2014 con una videoinstalación, siguió con una obra teatral y ha finalizado con este filme documental en el que todo lo que cuenta es real pero tratado como una ficción.
El objetivo de todo ello es lograr el «reconocimiento de la historia del otro», que ambos lados se den cuenta que el sufrimiento estuvo en las dos partes enfrentadas y que 35 años después del fin de la guerra las heridas no están cerradas y continúa la disputa sobre la soberanía de las Malvinas (para los argentinos) o Falkland (para los británicos).
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Arias es consciente de ese problema de soberanía y precisamente el punto de partida de «Teatro de Guerra» es «aceptar ese disenso», según explicó tras la primera proyección de su filme en San Sebastián.
Una diferencia que se muestra a través de la confrontación continua de los seis excombatientes que cuentan su historia en el filme y que son los mismos que realizan la obra teatral «Campo minado».
Son Rubén, Gabrile y Marcelo del lado argentino y Lou, David y Sukrim por el británico. Seis personajes en busca de una respuesta difícil sino imposible de lograr y que navegan entre la realidad, la ficción y el absurdo de la sinrazón.
Sobre todo en el lado argentino, porque los ahora adultos fueron jóvenes inexpertos forzados a luchar en una guerra que no terminaban de entender, pero sobre todo, sin la preparación ni los medios necesarios.
La obsesión por no perder la única manta con la que contaban, su poca pericia en el manejo de armas o la semilla patriótica que dejó en ellos una guerra que se cobró 907 muertos -más de dos tercios argentinos-, son algunos de los elementos por los que navega un filme que tiene mucho de videoinstalación y de obra teatral.
Hasta se puede ver el trabajo que la directora realizó con los protagonistas para preparar sus personajes, es decir, ellos mismos representados ante una cámara.
Una historia que ha provocado reacciones curiosas, especialmente en Argentina, donde se estrenó en abril tras participar en la Berlinale -allí recibió el Premio del Jurado Ecuménico y el CICAE Art Cinema-.
Algunos espectadores asistían a los pases con banderas argentinas y otros mandaron mensajes amenazadores a través de Facebook a algunos de los protagonistas.
Pero los seis sabían «que la película no trata de ponerlos de acuerdo sobre la soberanía de las Malvinas. Están juntos haciendo una obra de arte», explicó Arias, para quien este proyecto es importante porque ayuda a que los niños entiendan que en una guerra siempre hay dos puntos de vista.
Es «un documental que reconstruye los recuerdos» de las personas que estos combatientes fueron y ya no son más, una reconstrucción de un trauma que «vuelve obsesivamente sobre la memoria».
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Y ese es un proceso muy complejo y que es común a todos ellos. «Para mí lo interesante es que personas que estuvieron a punto de matarse, se encuentran y se escuchan».
«A mí me costó mucho entender que los ingleses, que eran profesionales, también llevaban la marca de la guerra, y ahí es donde te das cuenta de que nadie está preparado para la guerra», resumió Arias