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A las 11 y 40 de la mañana del miércoles 6 de noviembre de 1985, un comando guerrillero del M-19 se tomó por asalto las instalaciones del Palacio de Justicia. El saldo final fue de casi un centenar de personas muertas, entre ellas, 11 magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Doce personas quedaron desaparecidas. Veinticinco años después, el 9 de junio de 2010, el coronel Alfonso Plazas Vega, para la época de los hechos comandante de la Escuela de Caballería, fue condenado a 30 años de prisión como coautor de las 12 desapariciones.
Estos dos momentos sintetizan el ayer y el hoy de uno de los episodios que partieron en dos la historia contemporánea de Colombia. Los tiempos, el pasado y el reciente presente, se traducen en imágenes en La toma, documental que da cuenta de los hechos con fidelidad y que se estrena hoy en el Festival Internacional de cine de Cartagena. El trabajo fue codirigido por el reconocido director sudafricano Angus Gibson y el colombiano Miguel Salazar, quien estuvo involucrado en la dirección y producción de los documentales La batalla del silencio, Robatierra, Un tigre de Papel y del cortometraje Martillo. Los dos decidieron emprender la compleja tarea de contar este acontecimiento, que aún despierta todo tipo de interpretaciones.
Con archivos excepcionales de audio y video, muchos de ellos nunca antes vistos, el documental reproduce paso a paso lo que sucedió en el Palacio de Justicia durante las 27 horas en que el Ejército y la guerrilla del M-19 se enfrentaron en una guerra a muerte. Y al mismo tiempo, mientras el hilo narrativo va contando cómo se dio el holocausto, la producción describe el día a día del juicio que durante 18 meses se le hizo al coronel Alfonso Plazas Vega en Bogotá, en medio de testigos atentos a un desenlace.
Políticamente desafiante y cautivadora, ‘La toma’ constituye un documento histórico de gran valor que logra recoger en una vuelta de 180 grados todos los aspectos de esta cruenta historia. Los testimonios de varias de las personas que se dieron cita en este desafortunado cruce del destino están presentes: el propio coronel Plazas Vega, atrincherado en su defensa; un guerrillero del M-19 que no pudo entrar a Palacio y aplazó su cita con la muerte; una mujer que fue torturada, pero sobrevivió milagrosamente; los familiares de los desaparecidos unidos en su causa; la fiscal Ángela Buitrago, que rompe su silencio, y varios magistrados que vivieron el infierno de noviembre del 85.
El trabajo fue producido por Pivot Pictures, una iniciativa de producción independiente con sede en Nueva York, enfocada en proyectos de derechos humanos. Particularmente en Colombia, tuyo el apoyo de E-nnovva, RCN Cine y Arte. Como narrador estuvo el escritor y columnista de El Espectador Héctor Abad Faciolince, y de la producción se hicieron cargo Bruni Burres, David Jammy, Martiza Blanco y Miguel Salazar.
Son 88 minutos de drama permanente. El ritmo de suspenso se mantiene desde el momento en que se escucha el golpe de las botas sobre el pavimento y la cámara cierra su plano hasta enfocar el frontón del Palacio de Justicia lleno de militares dispuestos al combate, hasta el instante en que una juez da su veredicto. Al terminar, las imágenes muestran a los abogados y decenas de personas agolpadas en los umbrales del despacho judicial celebrar ruidosamente una sentencia en la que se resume la responsabilidad del alto oficial, quien tampoco está solo en su juicio. Lo acompaña otro conglomerado humano que cree en su inocencia.
“Esta es una de esas películas en la que encontramos el vehículo narrativo perfecto a través del cual contar la historia: quedamos fascinados por las vueltas y giros dramáticos del juicio”, comentó el codirector Angus Gibson, un experimentado documentalista que desde hace casi 30 años ha producido, dirigido y coescrito, múltiples series premiadas internacionalmente.
A su vez, el codirector colombiano Miguel Salazar cree que su obra es parte de la narrativa fundamental de Colombia y que ante la multiplicidad de criterios sobre el tema, la solución en el documental fue un notable esfuerzo por darles espacio a las diferentes voces que protagonizaron el hecho. Lo adicional es la unión de dos realizadores que provienen de países con conflictos internos con semejanzas y diferencias. Sudáfrica y Colombia, dos sociedades que han vivido la violencia y que ahora pretenden reivindicar su presente a través de la justicia.