Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Cuando Dayanita Singh llega a Calcuta de visita sabe que no tiene que preocuparse por el almuerzo. Ante el anuncio de la llegada de esta minúscula mujer cientos de otras mujeres corren a abrir las puertas de sus cocinas para que la fotógrafa, esa misma que ha inmortalizado sus rostros femeninos y anónimos en sus retratos, comparta un plato de comida con ellas.
Queriendo huir de los estereotipos que han narrado a India en imágenes relacionadas con la penuria, esta fotógrafa india formada en Nueva York volcó su mirada hacia el interior de las casas de la clase acomodada urbana de su país. Pasó tiempos largos con niñas y abuelas sentadas en su sillón favorito o vestidas con su mejor ajuar. Así, su colección en blanco y negro de retratos de familia, de mujeres hermosas vestidas con suntuosidad, develaron una India, quizás, menos vista.
“La ironía es que cada vez que quieres tomar distancia de ciertos prototipos terminas por crear unos nuevos. Estaba cansada de ver que todos los artistas indios se definían casi por obligación por su retrato de los eunucos y la pobreza, quise oponerme a eso y terminé sin querer creando un estereotipo nuevo, el de la gente rica”, confiesa con gracia la artista, que estuvo de visita en el país inaugurando su exposición en el Museo de Arte del Banco de la República.
Dayanita Singh empezó en el mundo de la imagen como fotorreportera. Trabajó en los años 80 con la revista Times, que entre muchos encargos le asignó retratar a Mona, uno de los eunucos más reconocidos de Nueva Delhi. “En el tiempo que tuve que pasar con Mona para hacer el reportaje empecé a darme cuenta de que era incapaz de imponer una distancia entre ese ser maravilloso y particular que retrataba y yo. Supe entonces que tenía que abandonar el fotoperiodismo”, recuerda Singh, quien agrega: “Mona es uno de los dones más preciosos que me ha dado la fotografía. En esta sociedad clasista, de no haber sido por la fotografía no habría habido ningún chance de encontrarnos ella y yo”.
Los retratos de Mona, su cuerpo desnudo que revela unas piernas masculinas y unos senos que cuelgan, su rostro de felicidad cuando le permitieron adoptar una hija, los moretones en sus piernas hechos por la policía nunca se publicaron en la afamada revista.
Ahora, sobreviviendo a la mirada utilitaria del periodista y más bien tratando de hablar de manera diferente sobre la gente que la sociedad pone en los márgenes, tratando, como lo confiesa Singh, “de crear una conversación acerca de la marginalidad”, esta serie de fotografías es recogida en su totalidad en la exposición.
Estos retratos, junto a los de las mujeres de Calcuta, y los de las niñas del Ashram, de Benarés, una de las pocas escuelas que educa a niñas en India, empezaron a viajar por todo el mundo. Sin embargo, su obra fue apreciada sobre todo porque la fotógrafa “era india y era mujer”, dos atributos que no pertenecían a la obra sino a ella. “¿Podría ser sólo una artista como los otros, por qué mi nacionalidad y mi género tendrían que ser mi segundo yo?”, recuerda Singh que se preguntaba cada vez que insistían en los méritos de ser fotógrafa en su tierra.
Quizá por rebeldía o simplemente por invocar un cambio, los vestigios de la India tradicional fueron desvaneciéndose en sus retratos. Empezó a descubrir que en los espacios vacíos, en un dormitorio con la puerta cerrada o en una cocina con trastos tirados después de una reunión habitaban quizás con más fuerza los seres que solían ocuparlos. Retratar los lugares inertes se convirtió en su manera más efectiva de capturar sus dueños, sus habitantes. Inició así, Dayanita, sus más recientes series: Blue Book y Dream Villa, en donde los paisajes y los efectos de la luz sobre las cosas, a veces siniestros, a veces surreales, quedan revelados.
La exposición, curada por el español Carlos Gollonet, se convierte así en la posibilidad de entender la mirada de una mujer que confiesa, con tono desafiante, que la única razón por la cual toma fotos “es para mantenerme felizmente soltera”.