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En Edimburgo, sobre la calle Heriot Row, unos cuantos escalones llevan a una puerta roja, la puerta de la casa número 17 para ser exactos. Fue el lugar en donde Robert Louis Stevenson pasó sus primeros años de infancia. Justo al frente de la puerta roja hay un parque pequeño en donde se puede ver una pileta y, en medio de la pileta, una isla en la que sólo caben unas cuantas plantas. Dicen, y lo más seguro es que sea una verdad para los turistas, que de esa pequeña geografía nació La isla del tesoro.
Ahora, esa historia que ha alimentado las aventuras de generaciones es recreada en otro espacio que no deja de ser una isla en donde todos los universos son posibles, con la complicidad de la imaginación y sin que los efectos especiales reemplacen el poder de la narración: el teatro, en este caso el magnífico escenario de la sala Oliver del National Theatre, de Londres.
Con una poderosa adaptación de Bryony Lavery, llena de sus propios recuerdos y corazón, esta puesta en escena nos lleva al más innato de los impulsos: la aventura, la necesidad de subir a un barco y conocer a toda su tripulación, de tener a alguien que nos haga mirar al cielo para ver el mapa de las estrellas y de perdernos con la certeza de que el propio cuerpo es un sextante que nos puede guiar hacia lo desconocido y traernos de regreso, con el beneficio de conocernos un poco más.
Pero esta vez no es Jim quien protagoniza esta aventura, el que cruza el océano; no es él quien dice mirando al mar: “Oh cómo amo mi barco”, porque la versión de Lavery reclama a una Jemima, una niña con el cuerpo lleno de sueños y con un mapa del tesoro que despierta la ambición de todos los que la rodean y que le hará conocer, también, el miedo, la traición y la decepción.
Encarnada conmovedoramente por Patsy Ferran, uno de los sorprendentes nuevos talentos del teatro inglés, y encargada de decir uno de los textos más sugestivos de la obra cuando le preguntan: “¿Eres niño o niña?”, Jemima responde: “Eso es asunto mío”. Su caracterización da cuenta del espíritu inocente y aventurero con el que Stevenson nos acerca al asombro del descubrimiento. No sólo de los viajes y de los tesoros sino, también, de los otros personajes; especialmente del ambivalente Long John Silver (Arthur Darvill), que es capaz de seducir, de ser mentor, pero también de traicionar y asesinar. El resto de los caracteres son brillantemente elaborados sin dejar de lado el humor típico del autor. El reparto nos dibuja una tripulación entrañable, que incluye una guacamaya como cómplice perfecto y eterno de los piratas buscadores de tesoros.
Esta puesta en escena logra, sin lugar a dudas, la ambición de Stevenson: persuadir al espectador de hacer suya la narración llenándola de vida. El escenario se transforma con la eficiencia de un caleidoscopio: de taberna a barco, de barco a isla, de isla a laberinto, y todo ello enmarcado por un cielo plagado de estrellas que señalan rutas de ida y regreso.
Definitivamente esta producción del National Theatre es un gran espectáculo, que, más allá de su virtuosismo, nos presentará el universo de uno de los autores más amados y a quien Jorge Luis Borges no dudaba en llamar su amigo: Robert Louis Stevenson… ¡Qué mejor para emprender una aventura que con la compañía de un buen amigo!
Dice Borges: “En noches pasadas, me detuvo un desconocido en la calle Maipú.
—Borges, quiero agradecerle una cosa —me dijo. Le pregunté qué era y me contestó.
—Usted me ha hecho conocer a Stevenson.
Me sentí justificado y feliz”.
Que sirva esta magnifica producción para redescubrir Las nuevas noches arábigas, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El club de los suicidas, El dinamitero, etc.
¡Que gocen!
* Actor y dramaturgo