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El Estadio Olímpico se había convertido en una funeraria. El lugar donde los atletas debían saborear la gloria o sentir la frustración de no hacerse en un podio era ahora un espacio para recordar a los muertos, homólogos suyos que habían llegado a Múnich, en Alemania Occidental, a ver los frutos de años de entrenamiento. La jornada deportiva se había visto interrumpida por un ataque perpetrado por la guerrilla palestina Septiembre Negro, quienes se habían infiltrado en la Villa Olímpica un día antes y habían tomado como rehenes a los miembros de la delegación de Israel. Casi 20 horas de violencia, negociación y amenazas habían terminado en la muerte de 17 personas: 11 competidores, cinco insurgentes y un policía alemán. Ahora, el 6 de septiembre de 1972, los sobrevivientes israelíes portaban kipás en la cabeza durante el oficio fúnebre y observaban las sillas vacías que fueron situadas al frente, de manera simbólica, para sus compañeros.
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Después de horas de negociación infructuosa, los guerrilleros palestinos se habían desplazado con los rehenes vendados a tres helicópteros que aterrizaron en el aeropuerto de Fürstenfeldbruck. Así registró El Espectador el testimonio de Reinhard Praus, uno de los tres pilotos: “Yo iba al mando del principal helicóptero. Se nos dijo que aterrizáramos en la pista central, muy cerca de una zona que estaba bien iluminada. Los guerrilleros ordenaron a las tripulaciones que salieran y permanecieran sin moverse frente a cada aparato. Luego abrieron las puertas a los dos lados de los helicópteros y ensayaron sus ametralladoras disparando contra las rehenes que permanecían adentro con los ojos vendados y las manos atadas. Repentinamente la policía comenzó a disparar y derribó a uno o dos guerrilleros. Los otros guerrilleros vaciaron sus ametralladoras en el segundo helicóptero y los rehenes comenzaron a gemir. Luego volvieron sus ametralladoras hacia afuera y comenzaron a disparar. Las luces se fueron. Junto al primer helicóptero un árabe arrojó una granada. El segundo grupo de rehenes estaba adentro. El aparato fue pasto de las llamas rápidamente. Entonces todo le mundo comenzó a disparar contra todo el mundo. Nadie podía ver en la oscuridad, y yo simplemente me lancé al suelo. Nosotros no teníamos ni la más remota idea de lo que había sido planeado en la base”.
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El periodista deportivo Mike Forero Nougués era el enviado especial del diario para aquellas olimpiadas. El 5 de septiembre se había desplazado con gran facilidad dentro de la Villa Olímpica y había demostrado que la seguridad del evento flaqueaba. Al día siguiente escribió lo siguiente: “A la postre, aquellos que viven detrás de una metralleta, según lo demuestran todos los actos terroristas que en el mundo han ocurrido. Es cierto que las medidas de seguridad adoptadas en la Villa Olímpica no eran las más adecuadas. También es cierto que la Interpol había informado a los organizadores alemanes que existía un plan de los árabes para crear dificultades a los israelitas. Y ahora se sabe que los terroristas, algunos de ellos por lo menos, no entraron indebidamente a la Villa sino que estaban adentro, pues trabajaban como recoge-platos en los comedores los atletas, como lo hacen muchos otros muchachos de otros países. Algunos de los asesinos árabes desempeñaban este oficio y así pudieron trazar sus planes sin el menor inconveniente”. Algunas naciones árabes acusaron directamente al gobierno de Alemania Occidental por su manejo de la situación en el complejo deportivo.
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Alemania aseguró que la investigación seguía en curso y el canciller Willy Brandt convocó una sesión especial de su gabinete para debatir las consecuencias de la masacre. Después de 24 horas de suspensión de los juegos las autoridades olímpicas resolvieron continuar con las justas y concluir la jornada un día después de lo que se tenía previsto en un primer momento. En los oficios fúnebres la bandera se izaba a media asta y Willy Daume, el presidente del comité organizador de los XX Juegos Olímpicos, portaba una corbata negra. Delante de 80,000 espectadores afirmó que era día de duelo para el deporte y para el mundo y que “estamos unidos en el dolor”.
Los juegos continuaron, pero con un telón de fondo que había sido manchado de sangre. Al final, los juegos ya no eran juegos, como afirmó don Guillermo Cano, entonces director de este diario. La delegación de Egipto abandonó la Villa y el gobierno de Israel, en un comunicado gubernamental, aseveró que “perseverará en su guerra contra las organizaciones terroristas y no excusará la responsabilidad de quienes les brindan su ayuda”.
De los actos que cometió Septiembre Negro, como el asesinato del primer ministro de Jordania y la explosión de fábricas en Alemania Occidental y Holanda que suministraban armamento y material electrónico a Israel, la masacre durante las olimpiadas fue una de las más conocidas a nivel global. La intromisión de la política en el deporte era evidente y lo sigue siendo hasta hoy, al igual que el conflicto que continúan protagonizando Israel y Palestina 50 años después.