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La metamorfosis de Mario Vargas Llosa

El Nobel de Literatura peruano fustigó al presidente de Ecuador por haberle dado asilo al creador de Wikileaks y los llamó “tal para cual”.

Mario Vargas Llosa, el hombre de los enfrentamientos.  / Reuters
Mario Vargas Llosa, el hombre de los enfrentamientos. / Reuters

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Su primera gran ruptura con los viejos ideales socialistas y con la utopía de Fidel Castro fue en 1971. Antes, Cuba era un ejemplo para Mario Vargas Llosa, y en ensayos como Toma de posición había dicho que sólo los movimientos de liberación nacionales, y el fin del capitalismo, podrían quebrar los círculos viciosos, eternamente viciosos, de América Latina y del Perú. Sin embargo, a comienzos de los 70 el gobierno cubano acusó al poeta Heberto Padilla de “subversivo” por un libro de poemas, Fuera del juego, en el que, decían los censores, sugería una que otra crítica contra el sistema.

Padilla escribió, por ejemplo, que los héroes “Modifican a su modo el terror. / Y al final nos imponen / la furiosa esperanza”. Luego de un profuso cruce de cartas entre Castro, Jean-Paul Sartre, Alberto Moravia y Mario Vargas Llosa, se retractó. La duda sobre la veracidad de su autocrítica jamás se extinguió. Vargas Llosa recordó, entonces, a dos escritores rusos condenados por el Kremlin pocos años antes, Yuli Daniel y Andrei Siniavski. En Una insurrección permanente repudió la falta de libertad de expresión en la Unión Soviética, e hizo una especie de llamado de atención a la Revolución. El socialismo, Cuba, los soviéticos, y todos sus nombres, comenzaron a resquebrajarse. No estaban allí sus sueños de libertad, vida, evolución y justicia.

Vargas Llosa revisó sus posturas. Se fue trasladando desde la izquierda hacia el centro, y luego, ya a finales de los 80, cuando incluso se presentó como candidato presidencial para las elecciones del Perú en 1990, más hacia la derecha. Sus detractores empezaron a llamarlo Mr. Vargas y el Dr. Llosa, en una clara alusión a las opuestas personalidades del personaje de Stevenson. Sus aliados se fundieron con sus teorías y las difundieron día y noche. Si Vargas Llosa decía que la solución a los problemas era imitar el camino transitado por Suecia e Israel, los medios multiplicaban su discurso y justificaban sus palabras.

Después de su fracaso en las urnas como político, Vargas Llosa retornó, pleno, a la literatura. No obstante, y según fueron pasando los años, aprovechaba cualquier ocasión que le brindaran para atacar a sus nuevos “enemigos”: Hugo Chávez, Rafael Correa, Daniel Ortega y, en general, la izquierda latinoamericana. Después de que le concedieran el Nobel de Literatura, en 2010, apuntó hacia la industria de la cultura y los escritores, hacia los artistas y los políticos, hacia “el fraude artístico y cultural”, hacia Wikileaks. Doce meses atrás dijo: “Controlar el poder y fiscalizarlo es fundamental. Ahora, anularlo es algo terrible. Wikileaks llega a hurgar de tal manera en la privacidad, que el poder pasa a estar completamente indefenso y paralizado para actuar. Todo paso que da pasa a ser automáticamente de propiedad pública. Eso al final conspira contra la cultura democrática”. Ayer escribió que existe “tal maraña de confusiones y mentiras” con respecto a Assange , que “hay millones de personas convencidas en el mundo de que el desgarbado australiano (…) es un perseguido político de los Estados Unidos al que ha salvado in extremis nada menos que el presidente Rafael Correa de Ecuador”.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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