La mordedura de la serpiente

Cazar guaguas, tatabras y conejos en las selvas del Chocó, fue un oficio de vida en el que Andrés Isabelino Caicedo Murillo se ilustró a sus nueve años de edad.

Crédito Cristian Garavito
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Arribó en su juventud a la ciudad de Medellín desde Panamacito, un corregimiento de Istmina, asentado al borde del serpenteante río San Juan que desemboca en el cálido océano Pacífico.

El viaje hasta la centralidad, desde Panamacito, se hacía en canoa. Si se tenía lancha a motor el viaje duraba tres horas, pero si ese trayecto se hacía vadeando las aguas con canalete, la travesía podía tomar hasta cuatro días.

A las ocho de la mañana, de un día de 1962, Andrés salió para atravesar el San Juan en su caballo. Agarró un canalete de chachajo y se encomendó, junto a su perro Castigo, a cazar algunos animales. Ya podía sentir los matices, las notas aliñadas y los sabores del almuerzo de esa tarde: sancocho de yuca, ñame, plátano y carne de guagua; “eso quedaba: que uno se lamía hasta los dedos”, recordaba Andrés saboreándose los labios.

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Era un día bastante claro, – “y es que antes de entrar a la selva se veía todo a la perfección”-, anunciaba Andrés Isabel, pero a medida que se adentraba en el territorio la luz caía como si fueran las seis de la tarde.

Soltó a Castigo para que comenzara a rastrear la guagua. Una guagua, en el Chocó, es una especie de roedor grande, casi del tamaño de un perro mediano; ojos oscuros y brillosos como los de un oso de felpa, pelaje marrón, y manchas ovaladas y blancas que bajan bordeando el torso hasta la cola. En Cuba y otros países caribeños ‘guagua’ es el nombre que recibe un bus escalera. En Colombia al bus escalera se le conoce como ‘chiva’, y de manera simultánea: una chiva es el nombre que se le da a la cría de una cabra; en España es el nombre de un municipio de la comunidad valenciana; en El Salvador y México es un estilo de barba que cubre el mentón y las mejillas dejando rasurado el bigote; y en Chile es una afirmación contraproducente de la verdad, o, sin el eufemismo: un chisme.

Andrés se fue por el sendero habitual; allí, donde siempre encontraba las presas de sus banquetes familiares. Mientras luchaba contra la densa selva, un ardor repentino en su tobillo izquierdo le hizo bajar la cabeza, se topó con una serpiente de colores brillantes, el amarillo y plateado le predominaban. Cuerpo cilíndrico, corta cola y cabeza triangular. Una Mapaná había emponzoñado su tobillo. Andrés Isabelino, por instinto, le mandó un machetazo a la cabeza, pero con la velocidad con que lo había mordido se tiró por la misma falda que él había subido hace pocos minutos y escapó.

 – ¡Castigo vení! – Le gritó con aliento adolorido a su perro para que no corriera.

Cojeó de regreso por el rastrojo hasta la orilla del río y regresaron galopando a la localidad, tan rápido, como si el caballo supiera de su dolor. Llegó al caserío en Panamacito, fue de inmediato donde su abuela Cristobalina Longa y le dijo: ¡Mama Cristo, me picó una Mapaná!

    -¡Le voy a dar una toma mijo para que se vaya para donde su primo el yerbatero! –respondió Mamá Cristo.

Bebió la toma que le hizo y se montó en el potro para ir donde su primo Quilino. La travesía duró cuarenta y cinco minutos. Su pie se hinchaba con cada segundo. Llegó a la casa de su primo y la esposa Rubilda le recibió, pero Quilino no estaba.

“Siéntese allá mientras llega su primo” –exclamó Rubilda al verlo.

Cuando llegó Quilino sacó unas ventosas de vidrio para extraer el veneno. Agarró una vela, la encendió y la posó sobre las marcas de la mordida de la Mapaná. Luego puso la ventosa sobre ella y se apagó por la inhibición de oxígeno. La piel bajo la ventosa se comenzó a inflamar, cuando ya estaba bastante hinchada la quitó, comenzó a salir una espuma amarillenta. Era el veneno de la Mapaná. El procedimiento se repitió tres veces, minutos después Andrés se comenzó a sentir mejor. 

A los días le comenzó a doler de nuevo el pie. Le brotaron unos granos de los que salía pus, el procedimiento alternativo no sirvió mucho, los dolores le continuaron.

Pasaron dos años. Andrés se acostumbró a los dolores que a veces le daban en el pie. Dedicó ese tiempo para hacer viajes a las plazas de Istmina y vender sus envueltos de maíz.

Sin su caballo, sin Castigo, y dejando tres hijas en Panamacito: Machú, Anarrú y Leticia (apodos que él y su esposa les habían dado) decidió montarse en un carro que saldría hacia Yuto. Desde allí comenzó su viaje de puerto en puerto para Medellín.

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Pasó por el Carmen de Atrato, atravesó Ciudad Bolívar y llegó a Bolombolo.  Al llegar a Bolombolo, a eso de las cinco de la tarde, fue a un convento de Monjas y les contó sobre su situación. Las monjas convencieron a un transportador de carga para que lo llevara hasta la ciudad. Llegaron a Medellín a las dos de la mañana y lo dejaron en Guayaquil, un reconocido sector del municipio.

Dos años duró esa travesía desde Chocó hasta Medellín. Llegó a la Casa de Pobres en marzo de 1964. A ese lugar ahora la conocen como Colonia Belencito. Al llegar estuvo dos meses en revisiones. Los médicos lo vieron y dijeron: ¡Te vamos a mandar al hospital, te deben amputar la pierna!

Al tiempo Andrés aprendió a manejar las muletas, no le gustaba estar quieto. “Hace poco me caí y me lastimé la rodilla de la pierna derecha. Prefiero ahora usar la silla de ruedas, pero si me monto en las muletas soy perfectamente capaz de caminar”.

Sus hijas nunca han venido a visitarlo, cree que si están vivas residen en Cali. Casi toda su familia se estaba yendo para allá en los tiempos en los que llegó a Medellín, pero no saben que Andrés está en ese hogar para adultos mayores.

Y allí sigue Andrés Isabel Caicedo Murillo, cincuenta y cuatro años después, en un hogar para adultos mayores desde que tenía veintidós de su plena juventud; con los ojos que le lagrimean por alergias, y los dedos de su mano derecha, que no puede abrir bien, porque los tiene entumecidos.  

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