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Carlos Salas, director de la galería de arte Mundo, tomó una tarde el teléfono y llamó al poeta Juan Gustavo Cobo Borda para contarle el tema que desde hacía algunos meses venía rondando su cabeza para hacer una nueva exposición: cómo se veía desde el arte la muerte.
Después de una acusada charla, cuando Juan Gustavo colgó el teléfono sintió una desazón, una pulsión de esas que alientan a los escritores a escribir sus letras. Después de que el pensamiento de la muerte lo agobiara por varios días se sentó a escribir:
“La muerte está viva/ estamos en la viva presencia /de la muerte. /Sólo después de soltar al muerto, /este muere /fantasmales e invisibles /nuestros parientes difuntos/ nos cercan y nos reclaman. /Nos reprochan y nos culpan. /Se vengan de nuestros olvidos, /indelicadezas y descuidos. /Se llevan nuestros hijos /para hacerles compañía. /Se van alejando/ y ya no podrán hacer más daño. /Su segunda muerte es definitiva. /El cadáver viviente por fin se ha ido. /Muerta la muerte –/sólo resta /su seca poesía”.
El espontáneo poema, titulado La muerte está viva, bautizaría la muestra que lograría reunir a más de 64 artistas de todas las épocas, como Alejandro Obregón, Ana Mercedes Hoyos, Andrea Echeverri, David Manzur, Luis Caballero, Óscar Muñoz, Juan Manuel Echeverría, Nadín Ospina, entre otros, que después de poner a comulgar sus obras convertirían esta exposición en una verdadera cita silenciosa e íntima con la muerte.
“Es una experiencia fundamental y muy personal. Uno no llora la muerte de un extraño”, comenta Salas, “pero en Colombia el relato de la muerte se lo hemos entregado a los violentos, ellos le arrebataron a la muerte toda su singularidad y misterio. Entonces nosotros quisimos mostrar cómo nuestros artistas más allá del crimen y la infamia hablan sobre este tema”.
Congregar a los artistas no era tarea fácil; sin embargo, había un muy buen punto de partida: Carlos Salas contaba con Estudio para la violencia, de Alejandro Obregón, una de las obras fundamentales del arte colombiano. Luego llegó otra pintura de este artista sobre la masacre de los estudiantes y se sumaron obras de Enrique Grau pertenecientes a su última exposición: Las gozosas y las dolorosas y cuadros de Luis Caballero, recientemente traídos al país desde Nueva York por Beatriz Caballero.
El resultado: una exposición llena de rarezas, de cuadros poco expuestos y de obras que por su particularidad no delatan tan fácilmente al autor. “De Ana Mercedes Hoyos, quien es una artista que no se caracteriza por estos temas tenemos, por ejemplo, dos cuadros: uno sobre la muerte de Marta Traba y otro de las Torres Gemelas. Lo mismo sucedió con Juan Cárdenas, quien tiene una obra mucho más suave y del que conseguimos un cuadro escalofriante acerca de la muerte y el caso se repite con Eduardo Ramírez Villamizar, a quien no se le conocen obras figurativas y de quien logramos conseguir un bello dibujo que realizó el artista a propósito del poema Nocturno, en el homenaje a José Asunción Silva”, cuenta el director de La muerte está viva.
Después de recorrer esta muestra, que reabre sus puertas desde el 15 de enero hasta el final de mes, y tras conversar por unos minutos con tantas formas de la muerte que se extienden a lo largo de dos salas blancas, no queda más que comprender por qué Carlos Salas expuso el poema de Cobo Borda como una obra más de la muestra. Y es que su verso final es su más fiel resumen y su más real conclusión: “Muerta la muerte sólo resta su seca poesía”.