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La pena es un tipo de enseñanza cruel. Aprendes lo poco amable que puede ser el duelo, lo lleno de rabia que puede estar. Aprendes lo insustancial que puede resultarte el pésame. Aprendes lo mucho que tiene que ver la pena con el lenguaje, con la incapacidad del lenguaje y con la necesidad de lenguaje. ¿Por qué noto los costados tan cansados y doloridos? De llorar, me dicen. No sabía que llorásemos con los músculos. El dolor no me sorprende, pero sí su componente físico: un amargor insoportable en la lengua, como si hubiera comido algo que aborrezco y no me hubiera cepillado los dientes; un peso horrible, enorme, en el pecho; y dentro del cuerpo, una sensación de disolución eterna.
El corazón —el físico, no hablo en sentido figurado— se me escapa, se ha convertido en un ente aparte, late demasiado rápido, a un ritmo ajeno al mío. No es sufrimiento meramente del alma sino también del cuerpo, de dolores y falta de fuerzas. Carne, músculos, órganos, todo está afectado. Ninguna postura me resulta cómoda. Durante semanas tengo el estómago revuelto, tenso y encogido por la aprensión, la certeza constante de que alguien más morirá, de que vendrán más pérdidas. Una mañana, Okey me telefonea más temprano de lo habitual y pienso: «Dímelo, dímelo ya, ¿quién se ha muerto esta vez? ¿Ha sido mamá?».
***
La pena me obliga a mudar de piel, me arranca escamas de los ojos. Lamento certezas pasadas: «Deberías pasar el duelo, hablarlo, encararlo, superarlo». Las certezas petulantes de una persona que todavía no ha conocido una pena profunda. He llorado pérdidas en el pasado, pero solo ahora he tocado el corazón de la pena. Solo ahora aprendo, mientras palpo sus bordes porosos, que no hay forma de atravesarla.
Estoy en el centro de este torbellino y me he convertido en una constructora de cajas, dentro de cuyas paredes férreas encierro mis pensamientos. Retuerzo con firmeza mi mente hasta reducirla a su mera superficie. No puedo pensar demasiado, no me atrevo a pensar en profundidad, de lo contrario me derrotaría no solo el dolor, sino un nihilismo asfixiante, un no dejar de pensar que nada tiene sentido, para qué, nada tiene sentido.
Quiero que haya un sentido en ello, aun cuando no sepa, por el momento, cuál es ese sentido. Hay cierto consuelo en la negación, dice Chuks, palabras que me repito. Es un refugio, esta negación, este rechazo a mirar. Por supuesto, el esfuerzo conlleva su propio dolor, y por tanto estoy mirando de reojo en la sombra oblicua del mirar, pero imagina la catástrofe de una mirada directa, inquebrantable.
A menudo siento también la urgencia de echar a correr, de esconderme. Pero no siempre puedo huir, y cada vez que me veo obligada a enfrentarme a mi dolor —cuando leo el certificado de defunción, cuando preparo el anuncio del fallecimiento— me domina un pánico refulgente. En esos momentos, noto una reacción física curiosa: mi cuerpo se pone a temblar, tamborileo con los dedos incontrolables, balanceo una pierna. Soy incapaz de calmarme hasta que no aparto la mirada. ¿Cómo sigue funcionando la gente en el mundo tras la muerte de un padre querido? Por primera vez en la vida, me aficiono a los somníferos y, en mitad de una ducha o una comida, rompo a llorar.
***
Evito los pésames. La gente es amable, tiene buenas intenciones, pero saberlo no hace que sus palabras duelan menos. «Desaparición.» Una de las favoritas de los nigerianos, evoca para mí oscuras tergiversaciones. «Ante la desaparición de tu padre.» Detesto «desaparición». «Está descansando» no me aporta consuelo, sino una mofa que dibuja el camino hacia el dolor. Mi padre podría muy bien estar descansando en su habitación de nuestra casa de Abba, con el ventilador moviendo el aire caliente, la cama cubierta de periódicos doblados, un libro de sudokus, un viejo recordatorio de un funeral, un calendario de los Caballeros de San Mulumba, una bolsa llena con frascos de medicinas y sus libretas de páginas cuidadosamente pautadas donde anotaba cada cosa que comía, el registro de un diabético. «Está en un lugar mejor» asombra por su presuntuosidad y tiene algo de inapropiado. ¿Cómo vas a saberlo tú? ¿Acaso no debería ser yo, la que ha perdido a su padre, quien tuviera antes acceso a esa información? ¿De verdad debo enterarme por ti? «Tenía ochenta y ocho años» irrita profundamente porque la edad no es relevante para el dolor: no se trata de lo viejo que era, sino de cuánto lo queríamos.
Sí, tenía ochenta y ocho años, pero ahora de repente se abre un cataclismo en tu vida, te arrebatan una parte de ti para siempre. «Ha pasado, así que celebremos su vida», escribió un viejo amigo, y me indigné. Qué fácil pontificar sobre la permanencia de la muerte cuando, de hecho, es la permanencia misma de la muerte la fuente de la angustia. Ahora me estremecen las palabras que les dije en el pasado a amigos en duelo. «Busca consuelo en tus recuerdos», solía decirles.
Que te arranquen el amor, sobre todo de manera inesperada, y que luego te digan que recurras a los recuerdos. Más que auxilio, los recuerdos me traen elocuentes puñaladas de dolor que dicen: «Esto es lo que nunca más volverás a tener». A veces me provocan risas, pero risas como rescoldos que enseguida vuelven a arder por el dolor. Espero que sea cuestión de tiempo; que sencillamente sea demasiado pronto, que sea terriblemente reciente para esperar que los recuerdos sirvan solo de bálsamo. Lo que no me parece un hurgar deliberado en las heridas es un simple «Lo siento», porque en su banalidad no implica nada. Ndo, en igbo, me conforta más, una palabra que es «Lo siento» con un peso metafísico, una palabra que abarca más que el mero «Lo siento».
Los recuerdos concretos y sinceros de quienes le conocieron son mi mayor consuelo y me conforta que se repitan las mismas palabras: «honesto», «sereno», «amable», «fuerte», «callado», «sencillo», «tranquilo», «integridad». Mi madre me cuenta que la ha llamado Ayogu para decirle que mi padre fue el único jefe que «nunca le dio el menor problema». Me acuerdo de Ayogu, alto con maneras gentiles, el chófer de mi padre cuando era vicerrector adjunto de la Universidad de Nigeria, en la década de 1980. ¿Fue acerca de Ayogu o del otro chófer, Kevin, el activista encantador, acerca de quien una vez mi padre me dijo tranquilamente, cuando yo, con la altivez de una niña de siete años, quise que me llevara en coche al colegio: «Es mi chófer, no el tuyo»?

***
La pena no es diáfana; es sólida, opresiva, una cosa opaca. Pesa más por las mañanas, después de dormir: un corazón plomizo, una realidad terca que se niega a moverse. No volveré a ver a mi padre. Nunca más. Es como si me despertara solo para hundirme cada vez más. En tales momentos estoy segura de que no quiero volver a enfrentarme al mundo. Hace años, tras un fallecimiento, un pariente dijo con convicción: «Su mujer no puede estar sola», y pensé: «Pero ¿y si quiere estar sola?». Valoro la manera igbo, la forma africana, de lidiar con la pena: el duelo hacia fuera, expresivo, performativo, donde contestas a todas las llamadas y cuentas una y otra vez lo que ha pasado, donde el aislamiento es anatema y «Para de llorar» la cantinela.
Pero no estoy preparada. Hablo solo con mi familia más cercana. Este retraimiento es instintivo. Imagino la confusión de algunos parientes, su crítica incluso, ante esta retirada, ante las llamadas sin contestar, ante los mensajes sin leer. Tal vez les parezca un capricho desconcertante o una afectación de la fama, o ambas cosas. En verdad, al principio es una postura protectora, un encogerme ante el dolor, porque estoy agotada de llorar, y hablar de ello significaría ponerme a llorar de nuevo. Pero también es porque quiero estar a solas con mi pena. Quiero proteger —¿esconder?, ¿esconderme de ellas?— estas sensaciones extrañas, esta serie apabullante de colinas y valles. Está la desesperación por deshacerme de esta carga, y también un anhelo enfrentado de mimarla, de abrazarla. ¿Es posible volverse posesiva con el propio dolor? Quiero llegar a conocerlo, quiero que me conozca.
El vínculo con mi padre me era tan preciado que no puedo exponer mi sufrimiento hasta que haya delimitado su contorno. Un día estoy en el cuarto de baño, completamente sola, y llamo a mi padre por el mote cariñoso que usaba con él —«el dada original»— y me envuelve un fugaz manto de paz. Demasiado breve. Soy una persona que recela de la sensiblería, pero no dudo de este momento con mi padre. Si es una alucinación, entonces quiero más, pero no ha vuelto a ocurrir.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. Chimamanda Ngozi Adichie nació en 1977 en Nigeria. A los diecinueve años consiguió una beca para estudiar comunicación y ciencias políticas en Filadelfia. Posteriormente cursó un máster en escritura creativa en la Universidad Johns Hopkins de Portland, y actualmente vive entre Nigeria y Estados Unidos. A día de hoy Literatura Random House ha publicado sus tres novelas: La flor púrpura, ganadora del Commonwealth Writers’ Prize y el Hurston / Wright Legacy Award; Medio sol amarillo, galardonada con el Orange Prize For Fiction (llamado actualmente Women’s Prize for Fiction), nombrada su «Winner of Winners» en 2020, y finalista del National Book Critics Circle Award, y Americanah, que recibió el elogio de la crítica y fue galardonada con el Chicago Tribune Heartland Prize 2013 y el National Book Critics Circle Award en 2014, y nombrado uno de los 10 mejores libros del año del New York Times. Ha publicado también en esta editorial la colección de relatos Algo alrededor de tu cuello, el ensayo Todos deberíamos ser feministas (el reconocido TEDx Talk que se ha convertido en uno de los discursos feministas más divulgados y leídos de todos los tiempos), el manifiesto Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo y su primer discurso, El peligro de la historia única.