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Los Hombres del Monte llegaron una tarde muy soleada y calurosa, de esas que parece que van a derretir el sol y que el cielo, de un momento a otro, va a comenzar a escurrirse como las velas que las mamás les pones a los Santos.
Habían rodeado la escuela, justo a la hora del recreo, depositando sus armas y tiendas de campaña en la cancha de fútbol. La profesora Isabel salió a mirar cuál era el alboroto y casi se desmaya cuando los vio, vestidos de verde, con pañoletas rojas al cuello y sus tradicionales botas de caucho.
Las miradas frías y aceradas la traspasaron, de lado a lado, así como a todos los niños de la Escuela, quienes solo atinaron a refugiarse en su maestra, apelotonándose alrededor de sus caderas. Isabel deseó tener los brazos muy largos y anchos, como los de los murciélagos que tanto la atemorizaban, para arroparlos con ellos y protegerlos de todo mal y peligro.
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Rápidamente hizo un conteo de sus alumnos: 13 en total, le faltaba Toñito, el hijo del boticario del pueblo, el más travieso y alegre.
Uno de los hombres, el que tenía más cara de bestia enfurecida, le ordenó que se acercara, pero la marejada repentina de niños le imposibilitaba cualquier movimiento. Intentó zafarse, cuando vio que Toñito regresaba, completamente sucio de tierra y lodo; su sonrisa lucía mucho más blanca y resplandeciente aún, capaz de iluminar hasta la más negra de las noches, y llevaba en la mano un ramo de flores silvestres.
-Profe, vea lo que le tra…
No alcanzó a terminar su frase cuando el hombre aquel lo agarró, con una de sus zarpas, por el cuello de la camisa, y lo trajo hacia sí, poniéndolo muy cerca de su cara, como si quisiera olisquearle los temores. Diríase una fiera a punto de devorar a su presa, y de un solo tarascón.
Y Toñito, el pobre e inocente Toñito, no hizo más que blandirle otra de sus sonrisas luminosas, y ofrecerle al monstruo aquel el ramo de margaritas, claveles y astromelias que traía.
-Tome, se lo regalo mejor a usted…
Pero el Hombre del Monte lo tiró al suelo de un manotón y volvió a rugirle a la maestra,
-¡No me oyó o…!
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Fueron sus últimas palabras, porque de su boca comenzaron a brotar pétalos de colores, y luego flores enteras, con tallos y hojas: agapandos, anturios, claveles, margaritas, clavellinas, azucenas… Así que no tuvo más remedio que poner a Toñito en el suelo para arrancarse, a manotones, la maravilla colorida que ahora escupía por la boca.
Sus acompañantes explotaron en una sonora carcajada, que también se quedó a medias, porque de sus bocas emergieron también pompones, crisantemos, rosas, violetas y orquídeas, al igual que de los cañones y de los entresijos de sus armas.
Un helicóptero del Ejército Nacional sobrevoló el cielo como un siniestro colibrí gigante y ruidoso, y se aproximó a la escuela. Un grupo de soldados intentó abrir fuego contra los Hombres del Monte, pero solo los pudieron acribillar con gladiolos, girasoles, begonias, heliconias, tulipanes y geranios. El piloto del helicóptero pidió refuerzos y la Fuerza Aérea mandó un avión que les descargó varias bombas, las cuales, cuando tocaron el suelo, explotaron en muchas más flores de todos los colores del arco iris: crisantemos, hortensias, lirios, aves del paraíso, pompones…
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La Profesora Isabel y sus alumnos, incluido Toñito, por supuesto, hicieron una fiesta en la cancha de fútbol y jugaron al que más reuniera flores, en un solo carnaval de risas que se extendió por toda la zona y por el resto del país. Como en cada esquina de la nación había odio y armas y violencia, ahora, gracias a la tímida ocurrencia de Toñito, estaban inundadas de pensamientos, dalias, jazmines, hortensias, azaleas, petunias, narcisos y miles de flores más.
Ante semejante revolución perfumada y colorida, el presidente de turno propuso cambiarle el nombre a su país por el de ‘Primavera’, y darles el Listón Arco Iris al Mérito Nacional a Toñito y a su maestra, por cambiar, para siempre, el destino de su patria.