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El primero (plantearé el segundo al final) es uno complejo de solucionar, derivado de la confusión de la sacralidad de la opinión, el derecho que tenemos a ella, con la validez. Pareciera que creemos que nuestros argumentaos son válidos porque al contener nuestras opiniones, son tan sagrados como aquellas. En realidad, ignoramos que los argumentos, desde hace más de dos mil años cuando fue inventada esta cosa llamada “argumentación”, se definen con base en reglas que los hacen, en una escala, mejores que otros, más convincentes, mejor construidos o simplemente erróneos y engañosos. Esto, claro, a diferencia de la opinión a la que sólo le caben los inamovibles apelativos de “respetable” y “verdadera para ti”. Algunos argumentos son movidas válidas e inteligentes dentro de la grilla del juego que es nuestro lenguaje y otros simple y abiertamente erróneos, aunque a menudo muy influyentes.
He sido profesor de argumentación por más años de los que quiero recordar y nunca ha dejado de asombrarme que la gente es más enfática, deliberativa y contundente cuando está produciendo un argumento mal construido. Permítame dar un ejemplo de un argumento erróneo y enfático que he visto proliferar en la marco de protestas que vivimos. En declaraciones recientes, la Fiscalía explicó con respecto a las personas desaparecidas, que dado que se investiga el caso de cada uno y durante ese proceso no hay información que permita decir que a esa persona la privaron de su libertad a propósito, no se puede jamás (y en esto fueron incisivos) decir que esa desaparición fue forzada. Es decir, como no sabemos si la persona fue objeto de desaparición forzada, debemos concluir que no es un caso de desaparición forzada. Esto, y algunos ya lo habrán visto, es un error lógico. De una persona desaparecida que no sabemos casi nada no podemos concluir que no es una desaparición forzada. De hecho, tampoco podemos concluir que lo es. Algunos argumentos contienen errores tan comunes, que tienen nombres propios. Cuando ese es el caso, los llamamos falacias. Una falacia es un error típico tan usado que lo hemos dejado de ver como error. Esta falacia en particular se llama “de la ignorancia”. Los antiguos la reconocieron como tal: Ad Ignorantiam, porque de lo que no se sabe, nada se puede concluir.
Pero la falacia de la ignorancia no se limita a los argumentos, se ha convertido en un elemento que permea y hace ambiguo el mismo lenguaje que usamos: en Colombia a las masacres se les llama “asesinatos colectivos” porque quién puede probar que la persona quiso matar a varios al tiempo y no sólo a uno; y en sentido contrario, a las manifestaciones se les llama “terrorismo urbano de baja intensidad” porque a pesar de ser pacíficas, quién quita que devengan violentas. Lo grave es que estas formas de ver las cosas, erróneas demostrablemente, condicionan el tratamiento que les damos: ataquemos así no haya indicio de violencia, es al fin y al cabo “terrorismo”; No metamos la matanza en el esquema de los derechos humanos; es un asesinato, sólo que de varios. El lenguaje tiene la capacidad de corromper el pensamiento. La esencia del Estado contemporáneo, concluía George Orwell, aminorando la distancia entre la argumentación y la política, es el eufemismo encubridor.
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Los tiempos de crisis son tiempos de argumentos mal construidos: sin mucho tiempo para pensar, se quiere a todas luces tumbar a alguien, ensalzar al otro; apoyar a su partido, hundir lo que veo como un peligro. Pero a pesar de ello, por poco efectivo que parezca argumentar, en cierto modo no nos queda más qué hacer. Muchos ahora se lo están preguntando en Colombia; creen en el diálogo, ¡pero parece tan inútil ante los hechos atroces! Los antiguos griegos ya sabían esto: argumentamos porque la única manera de llevar a otro a actuar según mis ideas es ponerle un cuchillo al cuello o hablarle. Su tutela en la materia vuelve a traslucirse íntegra en nuestro país: ¿qué más podemos hacer los que no estamos dispuestos a arrojar un coctel molotov o a empuñar un arma de fuego? He pensado a menudo si esta bifurcación constituye un falso dilema. ¿Hay algo intermedio entre la fuerza y la convicción? ¿Podemos hacer algo más contundente que razonar? Claro, argumentar sigue siendo una alternativa a la especulación y a la indignación, pero como el muerto en el velorio, pareciera que es indispensable y al tiempo insignificante. Nietzsche afirmó alguna vez que los filósofos no hacen conocimiento sino apologías del conocimiento. El mejor ejemplo es la argumentación. Al igual que la filosofía, que se ha convertido en razonamientos de por qué nos hace falta la filosofía, la argumentación es lo que hacemos entre nosotros para enfatizar la importancia del diálogo cuando nuestros argumentos parecen inoperantes en un escenario más grande.
Yo por mi lado, simplemente le seguiré apostando, porque no me veo empuñando las armas ni de la “gente de bien” con sus falacias, ni la de los que desprovistos de ideas, no se les ocurre más que disparar. El que dispara declara implícitamente que ya no tiene más ideas, o que nunca las tuvo. La violencia, aparte de todo su horror, es repulsiva porque es una propuesta más vieja que las mismas palabras y como tal un cliché apoteósico.
A diferencia de los argumentos que parecieran devenir inoperantes, la opinión en tiempos de crisis a menudo se vuelve contundente, radical y violenta sobre todo en ambientes en los cuales los grupos en oposición son los mismos hace tiempo y nadie se está escuchando. Este es el segundo reto que enfrenta la argumentación: hoy construimos argumentos basados en opiniones que se perfilan contra esferas completas de la realidad, contra toda la medicina -por ejemplo-, “por eso no creo en las vacunas”. Un profesor de psicología me dijo el otro día que él “no creía en la Ilustración”. ¡Por favor!, pensé, son muchos autores para desechar de un solo barrido, muchos años de pensamientos. Desechamos marcos completos, expandidos en el tiempo, en lugar de entrar a debatir con ellos, con sus pruebas, sus detalles, sus errores y sus diferencias. Es por ello que lo que se ha erosionado es la noción misma de evidencia.
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Está sucediendo lo que llamo la inversión de la evidencia. En nada es más claro que en el caso de Trump. Si Trump no ganó las elecciones es porque hubo fraude. No es que hubiese fraude y a causa de ello no ganó las elecciones. ¡Es al revés! El universo no favoreció lo que yo creo que debe haber favorecido y como tal son los hechos lo que deben haber quedado mal; razonamos con el deseo. El caso es que hoy hemos tomado la asombrosa costumbre de argumentar contra los hechos. La falacia Ad Ignorantiam viene a la mano como el formato más propicio para darle forma a este tipo de fanatismo. Los 12 mil votos que le faltaron a Trump pueden haber caído de la parta de atrás de un camión de correo, demuéstreme que no. Esto a todas luces es una trampa ya que no es posible demostrar que algo no ocurrió. Pero es fácil caer en ella.
Y con menos saber de por medio, la pura opinión personal, indistinguible del prejuicio, simplemente parece haber enloquecido. Hace poco vimos a una médica de Cali que opinaba que las autodefensas debían matar a al menos 1000 indígenas “así, bajito”; ella más que gustosa iría “volando” a dar dinero. Una mujer en Bogotá declaraba abiertamente en redes y medios que no entendía por qué no sacaban tanques a las manifestaciones e irradiaban de bala y metralla a la gente en la calle. La opinión de la gente “práctica” que no se pone con “pendejadas” como la ética, ya no tiene contención alguna. Esto sin duda es el resultado de un país que se ha sentado a odiar en abstracto por años; es posible que la médica ni siquiera conozca indígenas personalmente. Pero los resultados son igualmente peligrosos: con el des-dibujamiento de cualquier verdad pública, las verdades personales se hacen apoteósicas, dogmáticas, incuestionables, demenciales.
Es curioso que las opiniones así elaboradas se tiendan a alinear con las de quienes están en el bando contrario, para compartir la radicalidad acerca a los adversarios. Un rasgo de los enfrentamientos contemporáneos, señalaba Richard Rorty hace tiempo acerca del conflicto Bosnio-Herzegovino, es que los grupos coinciden en que el enemigo no es humano.
Yo hasta el momento había ingenuamente pensado que podíamos enfrentarnos con palabras, descalificarnos, insultarnos pero compartíamos en lo fundamental pensar que el enemigo es humano -aunque pocos contendientes están dispuestos a admitir que su enemigo es “igual” que ellos-. Con las actuales protestas, hemos visto que proliferan posiciones que de seguro muchos mantenían en secreto hace tiempo: los indígenas no son ciudadanos, los negros son criaturas “de a pie” (animales que recorren el terreno con los pies al piso). Aparte del oprobio moral que estas posiciones implican, señalan lo que parece un callejón argumentativo sin salida. Argumentar, implica la presuposición de una cierta igualdad con el que argumento, implica que compartimos al menos algunas ideas básicas. Si yo argumento por ejemplo que la economía se debe reabrir o la gente pasará hambre y ud. dice que debe haber cuarentena porque las UCIS están a reventar, en últimas concordamos en algo así como evitar el sufrimiento y dolor humano, poder abordar el tema de la muerte prevenible. Argumentar es al fin y al cabo encontrar un término común con el otro, uno que me permita ascender en la comprensión de algo. Pero, ¿cómo debato una política para las poblaciones afro-descendientes con personas que no creen que sean humanos? No hay un acuerdo sobre lo básico. Es por ello que en Colombia hemos visto propuestas como la creación de una gran muralla en el Cauca para separar a los negros de los blancos. Ni siquiera Trump lo planteó de forma tan vehemente.
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El problema es uno más amplio y exhaustivo, aplicable a otras especies aparte de la nuestra: el tema del dolor. En la argumentación no juega ya un rol el convencer a otro realmente -¿cuántas veces logramos realmente en un debate convencer a otro?-, sino más bien poner en evidencia neutra convicción inamovible. Como tal, se trata más de una herramienta de expresión personal que de cualquier otra cosa. No reemplaza la terquedad, no nos expone a ambientes más tolerantes. Tiene la capacidad contraria de sacar a relucir los dogmatismos. Pero mírese como se mire, en toda su imperfección, y hasta que una mejor estrategia sea inventada, la argumentación seguirá una herramienta para evitar el dolor prevenible.