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No importa qué tan lejos (El cajón de Santaora)

Hace pocos días, el mundo de la música lamentó la muerte de Coolio, rapero estadounidense que se hizo famoso en los años noventa. Por esa época, todos cantamos en coro las trágicas vivencias de las pandillas afroamericanas, narradas en la icónica Gangsta’s Paradise. El camino de regreso es largo, pero quizás hoy estemos invitados a volver a las primeras páginas de una larga crónica social. Aquí va algo sobre Gil Scott-Heron, un nuevo y viejo poeta negro, referenciado como uno de los precursores del rap.

23 de octubre de 2022 – 12:07 p. m.
Gil Scott-Heron, precursor del rap, poeta y músico estadounidense.
Gil Scott-Heron, precursor del rap, poeta y músico estadounidense.
Foto: Mischa Richter

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Esa mañana supe que Gil Scott-Heron había muerto. La noticia me llegó tarde, considerando que el hombre había expirado hacía más de dos meses. Mil veces tarde si digo que lo conocí esa madrugada, cuando revisé su obituario.

Creo en la amistad a primera vista. Vi su cara, antes de leer el In Memoriam, y de inmediato supe que había encontrado lo que no estaba buscando. Es decir, lo que estaba buscando sin saber que lo buscaba. Paso siguiente, leí el texto y luego abrí la lupa del youtube. Tecleé: The revolution will not be televised.

“Mucho gusto, Mr. Gil Scott-Heron”, dije en voz baja cuando empezó a sonar su poesía hablada y cantada. Aún con los ojos en esa revista digital, mi mente se fugó al instante. Por ese entonces, yo vivía en el quinto piso de la carrera quinta, en una ciudad en la que el quinto diablo pegó el último grito.

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You will not be able to stay home, brother. You will not be able to plug in, turn on and cop out”. No pude quedarme en casa. La revolución no sería televisada. Me paré en la cornisa y salí por la ventana. Lo seguía escuchando mientras decía que a las mujeres no les importaría si Dick finalmente se acostaba con Jane, en Search for tomorrow, porque los negros estarían en la calle buscando un día mejor.

Hablaba de esa telenovela gringa de los años cincuenta. Del pequeño y peligroso universo televisivo que atrapaba, y aún embauca, a las mujeres confiadas. Cantaba una queja sobre el consumismo exacerbado y el glamour que esconde las miserias que nos competen. Hablaba para retomar los sueños de igualdad y los derechos civiles que los afroamericanos aún estaban anhelando, en 1971. Se lamentaba, conversaba veloz y pegajosamente:

“The revolution will not be brought to you By Xerox in four parts without commercial interruptions The revolution will not show you pictures of Nixon blowing a bugle And leading a charge by John Mitchell, General Abrams, and Spiro Agnew To eat hog maws confiscated from a Harlem sanctuary The revolution will not be televised”.

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Un año antes de lanzar esa canción, había hecho su debut de sermones con A new black poet: Small talk at 125th and Lennox. Tomó su nombre del club de Harlem en el que fueron grabadas las sesiones. Mucho gusto, señor precursor del rap. Mucho gusto, hijo de Jamaica, criado por su abuela en Jackson, Tennessee. Mucho gusto, a quien murió hace dos meses.

“Durante el fin de semana, perdimos al poeta y cantante Gil Scott-Heron; murió en Nueva York el viernes a la temprana edad de 62 años. Y como informa Black America Web (a través del Daily Swarm), los simpatizantes podrán celebrar la memoria de Scott-Heron en un servicio conmemorativo mañana por la mañana. El servicio está programado para las 10:30 a. m. en la iglesia Riverside de Nueva York, y también habrá un velatorio público por la noche en la funeraria Frank E. Campbell, ubicada en la calle 81 y la avenida Madison”, decía el obituario del 2011.

Yo sobrevolaba la fría Bogotá cuando empezó a sonar I’m New Here, del álbum homónimo que publicó un año antes de su muerte. “No matter how far wrong you’ve gone, you can always turn around”. Y pensaba en lo que decía, que no importaba qué tan lejos hubiéramos ido, porque siempre podríamos regresar. La contrasté con mi viejo archivo musical.

En vinilo, cassette o en digital, mis bolsas estaban llenas de hermosas canciones que hablan de la pérdida y de los errores que no tienen vuelta atrás. Pero ahí estaba él, con ese coro melancólico, devolviéndome la esperanza. Sí, el hombre con Sida, el hombre que fumó crack por más de dos décadas, el que se metió en líos en distintas ciudades y continentes. Parecía responder la pregunta con la que cerró su primer disco. Parecía decirme: “Soy quien paga, a partir de ahora, las reparaciones de sus almas”.

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Sobrevolaba la fría Bogotá cuando empezó a sonar I’m New Here, la última canción que nos dejó. La noticia de su muerte, me avisaba que Gil Scott-Heron existía. Entonces di la vuelta para intentar cerrar el círculo. Quería entrar de nuevo por esa ventana de la que había saltado, estrepitosamente. Y ser nueva aquí, otra vez. Aún estoy regresando.

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