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La crisis nos llegó hasta el cogote. La mayoría no salía de sus casas porque eran hurtadas por otras personas. Aún hay trabajo, aunque solo para una persona por casa. Las filas son eternas y puedes estar días esperando por un kilo de carne, mi viejo llega cada tres días a dormir a la casa, generalmente con moretones en el cuerpo debido a los golpes que recibe defendiendo su lugar en las filas. Ahora que llegó la navidad las filas están al doble, pero nos permite comer pan fresco por lo menos en esa noche. El regalo es que estemos todos, mi madre, mi viejo, mi hermana, nuestro perro Frank y el tío Rubén, que se deja caer en cada fecha de fiesta y lo único que trae es el estómago vacío.
Mi viejo siempre se enoja con él, le dice que nunca trae nada y siempre se come todo. Mi madre lo defiende, es su hermano y repite siempre que donde comen cuatro pueden comer cinco. Él viene en navidad y cumpleaños desde que tengo memoria y nunca nos ha dado nada, pero dice que con su compañía debería bastarnos.
Después de año nuevo la cosa se puso pesada. Las filas empiezan casi en las casas de las personas. Hay menos cosas. Menos trabajo. Los locales de comida están con personas armadas día y noche. Mueren un par de personas al día intentando robar pan; mi viejo recibió un corte en la cara defendiendo su lugar. Pero el pan no nos falta, aunque tengamos que remojarlo para que no se nos partan los dientes. La carne es cada vez más dura y grasosa, pero no nos falta en el plato. Aún celebramos los cumpleaños, ayer mi hermana cumplió seis. Mientras estábamos celebrando, mi tío Rubén se dejó caer, nuevamente le discutieron que debía traer algo porque la cosa estaba más fea, pero él sigue repitiendo que sin su presencia no sería igual. Tuvo una discusión con mi viejo, le dijo que si para navidad no traía algo no le iba a abrir la puerta. Con la mano levantada juró que se pondría con la carne para la cena, cosa que mi madre agradeció porque estaba cada vez más difícil de conseguir.
El día de navidad el tío Rubén llegó con una olla con carne de conejo, dijo que la marinó en casa y que habría que cocerla bien. Comimos todos, menos Frank, que según mi madre se escapó hace un par de días y no lo hemos visto más. Mi viejo aún no ve bien a mi tío, pero le abre la puerta de la casa por amor a mi madre. En estos tiempos difíciles sabe que no podemos negarle a nadie la compañía de los demás.
El año se fue y la cosa fue empeorando. Ya no hay perros en la calle, mi viejo se dedica a cazar pájaros en su tiempo libre para que mi madre los tire a la olla. Los sabe elegir y cuando le va bien los cambia por una bolsa con pan que aún se puede masticar. Ahora vemos menos al tío Rubén, pasa su tiempo en las filas y en peleas clandestinas; las personas hacen apuestas con alimentos. El dinero ya casi no existe y todo es trueque. Casi no salimos de la casa, a quien anda solo le meten un cuchillazo para robarle la ropa y venderla en el mercado negro. Ya no celebramos los cumpleaños con pan fresco, pero nos seguimos reuniendo todos, mi tío viene, pero se pelea constantemente con mi viejo porque según él, con las visitas de mi tío desaparecen las cosas. Andan todos de mal humor, pero la promesa de tener siempre carne en el plato se cumple y nos mantiene unidos esperando que las cosas mejoren.
Llegó la navidad. Seguimos extrañando a Frank, ya no existen los perros acá. Tampoco hay gatos. Los pájaros escaparon y los zoológicos están vacíos. Ya casi no tenemos cosas, pero la ropa limpia no nos falta. Mojamos y recalentamos el pan mientras mi madre quema azúcar para servirla en agua y así beber algo dulce en la cena. El tío Rubén no vino este año, según mi viejo, no vendrá más. Y es una lástima, justamente en esta navidad, tenemos carne en abundancia, tanta que probablemente nos quede para año nuevo.