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Hay un hombre que va, y en ese ir se detiene y camina, y observa, piensa, analiza, profundiza, garabatea un par de palabras en una libreta y siente y borra y vuelve a escribir y a caminar. Saber, conocer, son su gran objetivo, el más preciado de sus fines. Por conocer, prueba. Y por conocer, también, se arriesga y se aventura y conversa con la gente que se encuentra a su paso. Por conocer, cada respuesta es un tesoro. Y cada silencio y cada mueca, sin que le importen de qué color son o de dónde provienen, si de una mujer o de otro hombre, de un dios griego o de la historia egipcia, de una pintura de Da Vinci, de un verso de Dante, de la sabiduría de los aldeanos y sus charlas en una calle, de la Biblia o del Corán, de Buda, Cristo o de Mahoma, de los ángeles, los súcubos o íncubos, de las arpías o las medusas, de la música de Bach o de la de Háendel, de él mismo o del demonio.
Por conocer, abandona sus juicios heredados y los juicios y las opiniones que le han impuesto, y por conocer, por saber, se obliga a olvidar si sus descubrimientos son convenientes para él o no, o convenientes para la patria o la religión, o si le darán algún dinero, títulos nobiliarios, premios, o si sencillamente lo dejarán en la misma situación en la que se encontraba antes de comenzar a buscar sus saberes. Hay un hombre que va. En ocasiones, el camino es en sí mismo un saber, y el saber, casi siempre, el camino. No le importa llegar. No le importan las metas, y se impone la tarea de que no le interesen los halagos ni las recompensas, porque aprende que detrás de cada aplauso hay un favor por pagar, una sonrisa obligada por ofrecer, y que cada deuda que no sea consigo mismo es una afrenta a la libertad.
Hay un hombre que va, y en ese ir canta de cuando en cuando “No vengo ni voy, me da a mismo quedarme o seguir”, porque en su camino entiende que el saber está o puede estar en cada paso, en la quietud, en la palabra, en los garabatos de su libreta o en el callarse, en la música, en las piedras o debajo de las piedras o incluso en quienes alguna vez le declararon su enemistad, pues en realidad, si alguien es un enemigo, no lo es en el fondo si su enemistad lo lleva a algún tipo de saber. Hay un hombre que va y su ir y volver, su vida, sus rutinas, sus más emocionantes alegrías y sus mayores decepciones surgen de su búsqueda del saber, que es como decir, de la verdad, de la razón, de la lógica, y también, de las múltiples mentiras que ha creado el ser humano a lo largo de los siglos.