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No importó mucho que su interlocutor no hubiese estado ni siquiera cerca de salir del espacio exterior. “Lo más parecido a la Antártida es la Luna”, le dijeron al artista plástico Santiago Vélez cuando un conocido se enteró que durante 15 días iba a estar en el continente blanco. “Si no es como la Luna, al menos no es de este planeta”, matizó el amigo de Vélez.
No se quedó corto. En una primera entrega de este tema contamos la razón por la que Vélez, en compañía de una legión de científicos, entre ellos, oceanógrafos, glaciólogos, geólogos, físicos e ingenieros, llegaron hasta la Antártida para abordar, desde el punto de vista artístico, la importancia de ese rincón de la Tierra que es tan hostil, como hermoso, como inexplorado como complejo.
“De alguna forma la labor del artista en estos territorios tiene otro tipo de aproximación que no es la misma que la mirada de un científico. Los artistas podríamos contar la experiencia de una manera distinta y no en el lenguaje científico, que a veces puede generar ciertas dificultades de entendimiento”, le dijo el artista a El Espectador.

Le invitamos a ver la primera parte de este reportaje: Viajar a la Antártida y encontrar las musas
Sin embargo, en ese primer artículo quedaron algunas detalles de esa experiencia que vale la pena contar. La primera parada de esta aventura blanca fue en la ciudad chilena de Punta Arenas, bautizada también como “Fin del mundo”. Allí, un avión Hércules de la Fuerza Aérea Colombiana transportó a Vélez y a un grupo de expedicionarios ecuatorianos, conformado por oceanógrafos, glaciólogos, geólogos, físicos e ingenieros, hasta la Isla Rey Jorge en Argentina, desde donde un barco de la Armada de Chile los llevó, luego de atravesar el furioso Pasaje de Drake, hasta la isla de Greenwich, en donde se levanta la base Pedro Vicente Maldonado, un centro de investigación antártica operado por Ecuador durante el verano austral.
Allí, en donde 100 años atrás Edgar Allan Poe, Julio Verne y H. P. Lovecraft escribieron en épocas diferentes la Trilogía Antártica, Vélez se propuso, desde el arte, trazar el “Atlas de un continente que no existe”, como bautizó la obra que tuvo su génesis en ese ecosistema que es tan hostil como vital, o en palabras de la periodista científica colombiana Ángela Posada Swafford, un territorio que es como un asesino a sueldo “brutal e indiferente”. Desde 2014, en el marco del Programa Antártico Colombiano, el país ha realizado siete expediciones a la Antártida. El objetivo de esos viajes ha sido realizar investigación científica sobre diferentes aspectos como geografía, hidrografía, oceanografía, biodiversidad, cambio climático, entre otros. Tres de esas excursiones han contado con la presencia de un artista cuyo trabajo es parte del Proyecto Colombiano de Arte en la Antártida. Además: El apagón de Facebook y la sociedad narcisista
La alimentación en la Antártida
“Comí delicioso. Esas bases están super equipadas y tienen el mercado para el tiempo de la permanencia. El cocinero es el que más trabaja. Es el primero se despierta y el último en acostarse. Cuando abría los ojos ya olía a desayuno: comida típica ecuatoriana, mucha sopita caliente, mucho arroz. Tal vez una dieta militar.
Riqui, el cocinero, dejaba preparada la noche anterior masa de pan y en la mañana, muy temprano, ya olía a pan horneado. Delicioso. Tomábamos mucho chocolate o café. Y entre comidas te daban una barra de dulce para soportar el frío”.
El hospedaje
“Son una especie de construcciones orgánicas que se van ensamblando. Son como de metal por fuera, con un recubrimiento asilado y ya por dentro son construcciones con madera o drywall que generan una sensación acogedora.
Tenía un sistema de calefacción tipo europeo con radiadores en las paredes, pero por fuera ves una estructura metálica. Son todas pintadas de naranja, por si se tapan llegan a tapar de nieve poderlas encontrar fácilmente”.
El equipaje
“Llevé un libro, que se llama Atlas de Michel Serres, que era un poco mi guía durante la elaboración del proyecto y la expedición.
Llevé una Canon D6, una cámara Lumix compacta, La metía dentro de los trajes y la cargaba todo el tiempo. Mientras que la Canon que es la D60, podía tenerla en la maleta, protegerla y cuidarla del frío.
No tuve contratiempos con la batería y todo funcionó super bien. También llevé una GoPro que me prestaron para tener tomas más generales”.
La comunicación
“La sensación de desconexión la sobrellevé muy bien porque entendí que era muy poquito el tiempo que iba a estar allá y tenía que vivirlo al máximo. Uno no sabe si algún día va a volver a un lugar como este. Fue un privilegio, entonces estuve super focalizado en mis actividades.
La comunicación allí es muy restringida. Teníamos forma de comunicarnos a través de un celular que tenía WhatsApp. A ese celular nos escribían máximo dos personas por expedicionario. Yo autoricé que me escribieran mi esposa y a mi hermano.
Había ciertas restricciones. Solo se podían enviar textos o audios de no más de un minuto. Nada de imágenes o videos.
Sin embargo, como a la semana, el internet de la base se dañó y desde ese momento y hasta el final de la expedición estuvimos sin internet.
Tal vez hubo un día que sí tuvimos servicio, pero nos tuvimos que desplazar hasta una base chilena que estaba cerca a la base ecuatoriana en donde nos estábamos quedando. El desplazamiento es por bote zodiac”.
Encuentros con el entorno
“Iba caminando un día por una playa y me encontré con un bloque de hielo gigante. (Esa es una de las fotos de la exposición) era tan grande mide como un carro. No lo podía creer. Abracé el bloque, le di besitos. Su textura era distinta. Visualmente es muy atractivo porque tiene góticas de oxígeno contenidas allí atrapadas hace mil años en el proceso de congelamiento.
Los animales también son increíbles. Allá vi por primera vez una ballena. Los pingüinos se acercan y son los seres más amigables del mundo.
Otro día iba caminando y estaba muy nublado, no se veía bien, pero se escuchaba un ruido. Nos acercamos un poquito y nos topamos de frente con elefantes marinos y unas focas. Empecé a tomarle fotos a un lobo marino al que desperté. Pobrecito porque se asustó, pero la foto quedó muy bonita”.
Los diálogos con los otros expedicionarios. Todos científicos
La verdad aún me lo pregunto. Fue muy fluido. Recibí mucha colaboración por parte de los científicos. El glaciólogo tenía la misión de subir al glaciar y hacer unas mediciones, pero el tiempo que tuvimos fue muy malo, con velocidades del viento muy fuertes que le impedían hacer su trabajo, sin embargo, el tiempo lo empleó en ser pedagógico conmigo y explicarme todo con lenguaje sencillo.
Fue el proceso que mejor intenté hacer para la obra. Que son las balizas, como objetos de medición. Nos explicaba que 9 años atrás había metido dentro del glaciar un tubo de 6 metros de PVC, ahora se evidenciaba que ese tubo se había salido 5 metros y medio, eso quiere decir que ese glaciar en 9 años se había descongelado ese espesor. Además de pedagógico, se volvió un ejercicio de comprobación. Ese tipo de aproximaciones también lo hace a uno entender esas prácticas a un diálogo muy comprensible. Tuve mucha suerte con los investigadores.