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Una magia imperceptible te hizo merecedor de una parte de mi corazón, tu hogar. Y aunque aún lucho, no puedo encontrar las palabras para explicar ese sentimiento voraz, porque quizá no se puede explicar, no se debe explicar.
Por un instante fuimos absolutamente del otro y después solo hubo silencio. Hablé y te recité poemas para no morir, pero no se sintió así. Me diste tu palabra, pero rompiste las promesas. Si tan solo te hubieras podido ver a través de mis ojos, no habría culpa y no habría vergüenza.
Te fuiste lejos, muy lejos, huyendo y negando este incendio en mi pecho, que surgió de una chispa feroz, ingobernable y caprichosa. Una que llevaba tu nombre y tu mirada, en esta vida y en mil más.
Allá, junto a él, de su mano y entre su calor, espero encuentres lo que has dejado. Lo que ahora has perdido. Ese paraíso nuestro, donde las rosas florecían, donde tú y yo éramos uno; ayer, mañana y después.
Le pediré hoy a esa magia imperceptible, que te lo recuerde cada día con la exquisita maravilla de un atardecer, porque sus colores son estas llamas que consumen mi alma. Un fuego eterno, que extingue bosques, ciudades y universos.
Acá, en la soledad, ya no espero ser merecedor de una parte de tu corazón. Algo que en silencio siento que aún deseas, aunque no lo suficiente y de lo que te arrepientes.