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Vino después del amor es un lugar de consenso por la otredad y por la diferencia. El amor enaltece, es sublime y todo lo divino goza por el esplendor de contrastar.
De lo divino a lo humano y de lo humano a lo divino. Donde termina el vino empieza el amor o mejor, donde termina el amor empieza el vino. Es decir, el “ágape”, toma este amor.
El vino y el amor se han relacionado a lo largo de la historia de una forma íntima, por fundamentar el sentido de la existencia humana.
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Me gusta pensarme alrededor del vino, sabiendo que el amor varía según su intención, entonces: ¿Desde dónde puedo amar? ¿De qué forma amo? ¿Hacia dónde dirijo mi amor? Así como el vino, hacia donde se expandan mis sentidos, y aquí ya no se trata como muchas veces en la vida solo del buen gusto, va más allá, es una forma de saber habitar por saber amar.
Considero al vino como objeto de amor y término de pasión. El vino ofrece apertura y disipa la existencia para comprender de mejor forma la realidad del mundo en sus diferentes matices.
Platón en su impetuoso diálogo el Fedro, escribió: “El amor es un deseo, es una verdad evidente; así como es evidente que el deseo de las cosas bellas no es siempre el amor. ¿Bajo qué signo distinguiremos al que ama y al que no ama? Cada uno de nosotros debe reconocer que hay dos principios que le gobiernan, que le dirigen, y cuyo impulso, cualquiera que sea, determina sus movimientos: el uno es el deseo instintivo del placer, y el otro el gusto reflexivo del bien”.
De acuerdo con lo anterior, considero que el Fedro tiene como objeto demostrar cómo el amor sensible puede resultar amor a la sabiduría, a la construcción del pensamiento, es decir, a la filosofía. Además, evidenciar la conversión del delirio erótico hacia la virtud divina, con el fin de alejar a la persona de asumirse solo en modo ente para trasladarse hacia la difícil búsqueda dialéctica.
Por eso, vino después del amor, el vino te acompaña no solo en el placer, sino también en la pena por no permanecer. El amor se consolida con gusto del vino y el vino se consolida por el anhelo del amor. Donde no hay amor no hay vino.
En la obra Del espíritu humano Vauvenargues afirma: “El amor es complacerse en su posesión, en su gracia, en su aumento, temer su privación, sus decaimientos, etc.” (De L’esprit humain).
Amor y vino, perfecta combinación, redimir el recuerdo de lo encantador y lo fugaz en una copa. El olfato despierta el presente y el deseo acontece por la belleza de haber amado.
El vino me reflexiona, el amor me argumenta.
El vino me despoja, el amor me cobija, el vino me confronta, el amor me encuentra, el vino me cuestiona, el amor me condolece, el vino me intensifica, el amor me altera, el vino me reconoce, el amor me descubre, el vino me compone, el amor me consolida, el vino me soporta, el amor me integra, el vino no me hace distante y el amor no me hace ausente.
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Me gusta profundizar con el vino y me detengo donde siento amor. El vino y el amor son un devenir, ambos son el eterno deseo del recuerdo por haber amado, en la memoria por solo querer ser.
Mi sensibilidad al espíritu del vino a través del amor se trata no solo de sentir, sino también de saber percibir para aprender a ver. Es importante reconocer la oscuridad para valorar la luz y lograr revelar todo lo que se es.
Amor y vino, toma y ama.