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En escena, como un justo puente, un intermediario de armonías, Shalev Ad-El se yergue frente a sus músicos de modo singular. En octubre del año pasado, durante un concierto en Viena, sobre una plataforma de no menos de 30 centímetros, pero no más de 40, Ad-El dirigió la Orquesta de Cámara de Israel Netanya Kibbutz con los brazos libres y las piernas abiertas, casi dando saltos de vez en vez, mientras entre golpe y golpe de la música bajaba la barbilla y se le formaba una breve papada. Entonces la orquesta interpretaba el concierto para flauta Opus 64, de Félix Mendelssohn, en cuyas composiciones Ad-El ha concentrado su esfuerzo en el último año.
¿Por qué Mendelssohn? “No porque él sea el mejor, sino porque ahora, dirigiendo la Orquesta de Israel, siento intriga acerca de la identidad judía sin salirme del estilo clásico-romántico —dice desde Israel—. Por eso también invierto mi tiempo en interpretar las obras de Fanny Mendelssohn, Mahler, Meyerbeer y otros compositores que además de ser geniales y populares, tienen estrechos vínculos con el judaísmo”. Mendelssohn nació en una familia judía que, antes de recibir sus primeros años de educación, se convirtió al protestantismo: bajo esa estela fue educado. Ad-El, sin embargo, encuentra inquietantes sus composiciones; Ad-El, nacido en 1968 en Israel, tiene varias preguntas sobre su pueblo.
En principio, quizá, no fueron tan explícitas. En principio, de hecho, prefería jugar basquetbol a tocar. Su madre, que había tocado el piano en su juventud, hubo de obligarlo a tomar clases. En los años 80 se graduó del Conservatorio Real de La Haya y entonces sí principió su carrera como intérprete del clavecín: el instrumento de las Variaciones Goldberg y las Suites francesas de Bach, y algunas sonatas de Mozart y Haydn. A estos siguieron numerosas presentaciones, la dirección de orquestas en Israel, Alemania y Colombia —dirigió la Filarmónica de Bogotá en dos ocasiones— y la grabación de 82 discos en estudio. “De lejos prefiero estar en conciertos que en el estudio. (Estar en el estudio) es lo más cercano a la vida en prisión, y no estoy seguro de qué sea mejor. Cada vez que siento y toco una y otra vez las mismas partituras, me pregunto por qué uno necesita hacer eso. Hace 30 años era algo grandioso. Por fortuna es menos grandioso ahora”.
Es mejor estar en vivo: recoger de la experiencia vívida de la música la armonía misma, encontrar en las pequeñas desafinaciones una magia más allá de la perfección del estudio, de la repetición incesante y, en últimas, casi muerta. “He tenido muchos conciertos memorables —dice—. Fue muy especial presentar la Pasión de San Juan, de Bach, por primera vez en la Basílica de La Habana. Muchos otros conciertos pequeños dejaron una impresión duradera en mí, como las misiones en Bolivia o un concierto infantil que dirigí en Nueva York. También tuve un tour memorable con la Filarmónica de Berlín en Japón, poco después del último terremoto. El público lloraba y también yo”.
Es la música y la vida, la vida y la música. Ad-El ha sido profesor y director de orquesta; conoce el domicilio de sus músicos y la talla de sus zapatos. Ha tocado en Estados Unidos, Oriente Medio, media Europa, y aun así la música no es, quizá, lo más primordial en su vida. “Lo que descubrí en mi experiencia como solista —dice— es que existe vida más allá de ser solista”. Y luego se reafirma: ¿le ha dejado la música alguna lección en cualquier sentido? “La lección más profunda que he aprendido de mi carrera es que la vida es mucho más importante”.
Quizá por ello el diario Hareetz de Israel apuntó sobre una de sus presentaciones: “Ad-El es un conductor que sabe cómo apartarse de los focos. En verdad, su presencia es imponente, pero nunca atrae la atención”. Un diario de Liubliana, la capital de Eslovenia, alguna vez elogió su interpretación: “Sus armonías expresaban pureza y una intensidad de grandioso tono”. Al-Ed parece encontrar en su forma simple de ver la música una respuesta a esa gran inquietud que es la armonía, que son los pueblos, que son la música y la vida. “Prefiero la forma en que enseñaban música hace 300 años —comenta—, simplemente compartiendo, como los simios que miran a sus padres y aprenden a través de esa experiencia de vida en conjunto. Así creo que debe ser el proceso de aprendizaje. He intentado que mis estudiantes toquen, toquen y toquen conmigo, o con otros, y que aprendan música de ese modo. La música es como la vida. Sólo puedes enseñarla mientras vivas en ella”.
¿Qué interpretará la orquesta?
La Orquesta de Cámara de Israel Netanya Kibbutz presentará mañana 3 de mayo un repertorio compuesto por obras que oscilan entre lo clásico y lo romántico. El programa comienza con la obertura de la ópera ‘Don Giovanni’, de Mozart, y sigue con el ‘Concierto para dos pianos y orquesta’, del compositor francés Francis Poulenc. Antes del receso la orquesta interpretará ‘Anchor’, creada por Anie Levanon. La segunda sesión comenzará con una de las obras de ‘Das Jahr’, de Fanny Mendelssohn, que fue adaptada especialmente para la orquesta. El concierto cerrará con la obertura y scherzo de ‘Sueño de una noche de verano’. Para mayor información sobre boletas (de $20.000 a $70.000), consulte vive.tuboleta.com.
jtorres@elespectador.com
@acayaqui