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Las guerras de Kapuscinski

Anagrama trae a las librerías nacionales ‘Cristo con un fusil al hombro’, el último libro que escribió el considerado mejor periodista del siglo XX. ¿Por qué ahora se le acusa desde Europa de haberse dejado tentar por la ficción?

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Una noticia como entrada: a los 74 años de edad, el gran reportero de las guerras del mundo, el polaco Ryszard Kapuscinski, no quería morirse sin escribir un libro sobre el conflicto colombiano, de los pocos a los que no pudo acercarse con la profundidad que lo obsesionaba. Se lo confesó al mejor amigo suyo en Bogotá, el también polaco Bogdan Piotrowski, filólogo, doctor en literatura latinoamericana y traductor de los textos poéticos del Papa Juan Pablo II del polaco al español.

Durante 15 años a estos dos expertos en poesía polaca —Szymborska, Jelinek, para citar dos Nobeles— los había unido el amor por las letras a partir de un encuentro académico en la ciudad de Cracovia. Piotrowski, radicado aquí desde 1983 y director del Departamento de Lengua y Literatura del Instituto de Humanidades de la Universidad de la Sabana, le preparaba a Kapuscinski una residencia de varios meses en nuestro país. “Tenía un especial interés en Colombia. Planeaba regresar a Bogotá para preparar su propia visión del conflicto a partir del fenómeno del narcotráfico. La muerte, en enero de 2007, le interrumpió la realización de este proyecto”.

El lamento de Piotrowski queda atrás cuando destaca que su compatriota, ganador el Premio Príncipe de Asturias 2003, dejó 21 libros para la posteridad. El testimonio directo de las guerras que marcaron el fin del colonialismo en África, el ocaso del imperio en Irán, el resurgimiento de la China, la atomización de la Unión Soviética, la unificación europea y la crisis sociopolítica de América Latina.

Todas las obras fueron traducidas al español por la editorial española Anagrama y la última ya está en las librerías colombianas. Se titula Cristo con un fusil al hombro, un compendio de reportajes de Kapuscinski sobre los conflictos de Oriente Medio, el de Mozambique y la mirada de cinco años a países como Cuba, Chile y Guatemala. La portada es novedosa para nosotros porque, como se trata de una visión de revoluciones del tercer mundo, la fotografía corresponde al sacerdote colombiano Camilo Torres Restrepo, captada durante su fugaz época de combatiente guerrillero.

La historia que más me atrapó porque representa el espíritu del libro es “La batalla de los Altos del Golán”. La fuerza narrativa con que capta esa guerra eterna sólo es explicable por sus viajes a las líneas de fuego de los fedayines palestinos que luchaban en el monte Hermón. Aprovecha esa vivencia para reflexionar sobre cómo Polonia fue arrasada una y otra vez, cómo lo marcó de por vida la II Guerra Mundial desde que era un niño y un adolescente refugiado.

La comparación contextualiza y enriquece el relato hasta trasladarlo a la piel del lector. Es una mirada de lo particular a lo general, humanizante y rigurosa, que casi siempre no alcanzamos quienes hemos cubierto la guerra colombiana. Fragmento: “En la cima se producen las luchas más encarnizadas, cara a cara, cuerpo a cuerpo, a los dos lados de una misma roca, en un angosto saliente del cual se arrojan al abismo unos a otros… El comandante del Hermón me pregunta qué opino de las batallas, qué opino de toda esta guerra. Le digo que nunca había visto una guerra así. La nuestra fue muy diferente y se acabó hace mucho tiempo… Era una guerra de millones y millones de personas. Las trincheras se extendían a lo largo de infinidad de kilómetros. No hay bosque en Polonia en el que, todavía hoy, no se encuentren vestigios de aquellas trincheras. Todo el mundo hizo un esfuerzo sobrehumano para sobrevivir a aquella guerra; con nuestras propias manos removimos toda la tierra del país”.

¿Reportero o novelista?

La narración en primera persona, las descripciones detalladas, los testimonios de primera mano transformaron en leyenda 40 años de avezadas travesías de Kapuscinski para ser testigo de 27 revoluciones y golpes de Estado en 50 países. De ahí surgió la polémica que hoy capta la atención de los círculos periodísticos y literarios europeos luego de la publicación del libro La no ficción de Kapuscinski, investigación sobre qué tan objetivo y qué tan subjetivo era el emblemático corresponsal de guerra.

El autor es el polaco Arthur Domoslawski, ex alumno de Kapuscinski, quien en entrevista para  The New York Times, explicó que su investigación “no es un ataque al maestro ni a su escritura” y que por el contrario documentó la importancia histórica del reportero por quien revalidó su admiración. Sin embargo, advirtió: “Nunca grababa las entrevistas, pero hacía anotaciones. A veces cambiaba de lugar algunos árboles del bosque. Experimentaba con la crónica, lo que lo llevó a escribir una literatura maravillosa”. Ratificó lo denunciado por la revista Newsweek en 2007: que el escritor era comunista militante y colaborador de los servicios secretos polacos. Lo acusó de permitir que sus trabajos se convirtieran en mitos como en el caso del Che Guevara, de quien se dice era amigo pero no conoció. Nunca rectificó esa versión, sino que la explotó en la contraportada de varios libros. Por eso, Domoslawski cataloga parte de la obra de Kapuscinski como ficcional sin atreverse a condenarlo, pues la magnitud y la trascendencia de su obra le resultan irrefutables. En el portal literario El puercoespín acaba de publicar “Carta de Varsovia”, en la que admite haber traspasado límites como “la narración sobre la Guerra Fría” y “cuestiones de moralidad”.

El libro en un mes superó los 150 mil ejemplares vendidos en polaco y se preparan versiones en inglés y español. Ya lo leyó el respetado periodista británico Timothy Garton, columnista de diarios como The Guardian y The New York Times y quien conoció a Kapuscinski. En un análisis publicado por el diario español El País consideró que se demuestra de manera contundente que el polaco no fue tan fiel a los datos de su trabajo de campo ni a los testimonios que recogía entre combatientes y sobrevivientes: “Domoslawski sigue las huellas del maestro hasta Addis Abeba, por ejemplo, donde Kapuscinski investigó para escribir su famoso libro sobre la caída de Haile Selassie, El emperador, y a Santa Cruz, Bolivia. Y se ha encontrado con que los propios testigos de Kapuscinski se quejan de que hay material falso e inventado. Da numerosos ejemplos”. Para él, “lo que hizo Kapuscinski está ya fuera de toda duda. La cuestión es cómo reaccionar”. A Garton no le interesa si los libros de Kapuscinski pasan al estante de ficción o siguen en el de no ficción, sino “aprender de su maravilloso trabajo”, incluso de sus “transgresiones”.

Quien había sembrado la duda desde 2001 fue el antropólogo y escritor John Ryle en un artículo para The Times Literary Supplement en el que citó numerosas inexactitudes, exageraciones y mitificaciones de Kapuscinski en sus escritos sobre África. Lo ubicó en el género del “barroco tropical”, un estilo en el que todo se vuelve más “exótico y extremo”, por no decir exagerado.

La posición colombiana

El debate llegó a Colombia primero que el libro, que lo hará a fin de año. Maciek Wisniewski, escritor polaco que también investiga la vida y obra de Ryszard Kapuscinski y que en este momento reconstruye su rastro desde Chiapas, México, escribió al consultorio ético del periodista Javier Darío Restrepo en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano para preguntarle si su admiración por el periodista polaco ha disminuido luego de estas publicaciones. Le respondió: “Cuando los periodistas narramos un hecho, lo alteramos; adoptamos un enfoque, privilegiamos un dato que calificamos como muy importante porque así nos parece, y de todos los datos escogemos los que encontramos más significativos. Todo relato periodístico está lleno de inferencias que acentúan la presencia de lo subjetivo en la narración. ¿Miente el periodista, por tanto?”. Otra frase de sus conclusiones: “Es cierto que un periodista puede y debe decir la verdad y sólo la verdad de los hechos, pero la realidad es que las verdades del periodista son provisionales y sólo fragmentarias”. Cierra insistiendo que la objetividad es un imposible, aunque no la honestidad. Y Javier Darío cree en la honestidad del colega polaco.

Piotrowski, el amigo de Kapuscinski, me resalta que siempre notó en él una cruzada vital en favor de la moralidad del ser humano, en especial del periodista, y sobre eso lo invitó a dictar una conferencia en la Universidad de la Sabana. “No sé con qué intereses, quieren crear una leyenda negra sin asidero”. Prefiere recordar “su fascinación por el lenguaje y los idiomas. Siempre subrayaba que cada lengua es un mundo diferente que permitía entender mejor al otro. Esta apertura hacia la persona fue uno de los pilares de su éxito como periodista”.

Y cree que si al propio Kapuscinski lo hubieran cuestionado sobre sus ficciones, hubiera respondido que la herramienta de la que se valió de la literatura se resume en la palabra poesía. “Era un gran lector en varias lenguas. También era poeta y siempre la cultivaba en su lengua natal, el polaco. Insistía en que la poesía le permitía expresarse mejor, con más profundidad, así como concebir con más precisión y ser mejor persona”.

Los versos del “Enviado especial de Dios”, como lo llamó el escritor John Le Carré, fueron compilados en el libro Poesía completa (Bartleby). Cierro con un poema suyo de 2006, muy pertinente:

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ESTOY LLENO DE DUDAS

Estoy lleno de dudas
busco palabras
la imagen que veré en la imaginación
no quiere adoptar
formas nítidas
está lejos
velada
y a pesar de que fuerzo la vista
no se acerca
no cobra vida
es más
cuando la observo
durante mucho tiempo
se aparta
y desaparece para siempre.

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