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Las tutoras del festival

La pianista Erika Nickrenz y la violinista Anne Akiko Meyers están en Cartagena gracias al apoyo que dos mujeres vallecaucanas le dieron al encuentro musical que culmina este sábado.

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Aparecen en el libro guía del Cartagena Music Festival. Lo mismo que en los programas de mano y revistas relacionadas con este encuentro musical. Sin embargo, no son artistas y, aunque tienen el potencial y la formación académica para serlo, optaron por quedarse del otro lado del arte.  Ellas están ubicadas en la franja de personas que disfrutan de las manifestaciones sonoras que otros crean e interpretan. Pero su misión no para ahí, pues además de fieles escuchas de la música clásica, a estas mujeres, de hablar vallecaucano, inmensa sabiduría y andar pausado, les debemos la presencia de dos de las invitadas más importantes en la tercera versión de este evento.

“Yo quise patrocinar a Erika Nickrenz, porque tanto Elisita como yo teníamos clases de piano cuando éramos niñas. Siempre he tenido una fuerte inclinación por ese instrumento, en el que yo no escogía lo que me gustaba ejecutar sino lo que mis modestas cualidades y mi poca coordinación me permitían”, asegura en medio de risas Doris Éder de Zambrano, quien se desempeñó durante el gobierno del presidente Belisario Betancur como gobernadora del Valle y luego ocupó la cartera de Educación, en la que puso en marcha sus conocimientos como docente.

“Un día, Julia Salvi nos mostró, uno por uno, a los artistas que conformarían la selecta nómina del festival y yo escogí como mi patrocinada a Anne Akiko Meyers, porque no cualquier músico de medio pelo tiene un violín Stradivarius. Solamente los más destacados intérpretes de las cuerdas, pueden darse el lujo de tener uno entre sus manos”, manifiesta Elisa de Giovanelli, hermana de Doris Éder y perteneciente a una familia de origen alemán que emigró hacia los Estados Unidos y después se dejó cautivar por las bondades del Valle del Cauca.

Son hijas del empresario Harold Éder, asesinado en la década de los sesenta por un frente de las Farc, y se declaran incapaces de organizar cualquier actividad cultural, por pequeña que sea. Sin embargo, están dispuestas a colaborar y patrocinar iniciativas que contribuyan al desarrollo cultural de un país en condiciones tan marginales como Colombia.

Ellas viven en Cali, pero desde hace tres años cumplen rigurosamente su cita con la música y hacen hasta lo imposible por no perderse ni un concierto en los recintos cerrados, ya que a las actividades realizadas en los espacios públicos prefieren no asistir, porque aseguran no estar “para esos trotes”. Las personas que las conocen, consideran que este par de mujeres insistentes y valientes están por encima del bien y del mal. Por eso tienen la autoridad para hablar sin pelos en la lengua sobre cualquier cosa.

El tema de la música siempre es recurrente entre las hermanas Doris y Elisa. A la primera le gustan los compositores clásicos, pero también se dejó endulzar el oído por los boleros de antaño. A la segunda, por su parte, únicamente le gusta la música erudita y, a pesar de ser fiel representante de la estirpe del Valle del Cauca, se considera una pésima bailarina.  Las dos viven actualizadas, manejan a la perfección el computador, revisan el correo todos los días y ocupan su tiempo en complacer lo que antes eran simples hobbies. El fuerte de Elisa es el inglés, mientras la especialidad de Doris son las manualidades. Ella toma fotos, las arregla, las vuelve arte y se las envía a sus amigos.

Son dos mujeres sin afán de protagonismo. El pertenecer a una familia prestante y tener facilidades económicas las ha ayudado a entender que el trabajo social a partir de la cultura es el mecanismo óptimo para contribuir al desarrollo del país. Tal vez por eso, ahora y hasta el final de sus días, seguirán apareciendo en los programas de mano del festival de música y estarán, como de costumbre, detrás de las grandes figuras.

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