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Las voces de la infancia

Una empresa bogotana dedicada a la literatura infantil y juvenil. Uno de los referentes más importantes de este sector.

Santiago La Rotta
28 de febrero de 2013 – 05:00 p. m.

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“Lo que tratamos de vender acá son los libros que no se encuentran en los supermercados”. Toda una declaración de principios.

Babel Libros es librería, con un catálogo aproximado de 5.000 títulos. También es editorial y cuenta con 40 libros publicados en siete años. Los sábados se convierte en biblioteca, con 400 niños afiliados y un fondo de préstamo de más de 1.000 ejemplares. Una empresa con un desorden de personalidad, una suerte de esquizofrenia perfectamente coherente entregada a la literatura infantil.

En Babel la infancia resiste. Contra la presión del mercado (que suele pedir historias simples cargadas de alguna moral), las alianzas de las editoriales más grandes con las instituciones educativas (que tal vez no siempre priorizan la mejor literatura), la declarada muerte del papel, las estadísticas de lectura de un solo dígito. El arma de la resistencia es el libro, el vehículo de historias que asumen que el niño es más que un idiota con padres y entonces le cuentan cosas acerca de la soledad, la tristeza, el miedo y la ciudad; tantos elementos que no aparecen cuando intervienen las hadas y las princesas de reinos lejanos.

María Osorio es una trabajadora del libro; laboró en Fundalectura por más de una década, estuvo involucrada con la primera edición de la colección Torre de Papel, entre otras cosas. “Yo puse un pie por fuera de Fundalectura y me encontré con el mercado”. Ahí viene Babel.

Paso a paso. Lo primero que existió fue la distribuidora. Luego vino la librería, en 2001. Y en 2005, la editorial. En 2011 abrió la biblioteca. “Yo quiero poner de moda la literatura”.

Osorio sabe que su tarea no es fácil. “El gran problema de la literatura infantil es la circulación, que es casi clandestina. En Colombia no hay una red de librerías, hay apenas cuatro o cinco sitios en donde se pueden conseguir libros infantiles. Hay un gobierno que le invierte al tema, pero, ¿qué pasa cuando no lo haya?: nos tocaría ir a pararnos en un semáforo”. Hay esperanza.

En las primeras páginas hay un oso de peluche tirado en medio de una carretera. En una esquina se lee: “No soy de aquí”. Nada más. Es la voz de Eloísa, una niña que llegó a una ciudad nueva. Viajó con su padre, al que agarra fuerte en la estación del metro, pues están rodeados de personas: todas se ven como insectos. Ella se siente como un bicho raro en la escuela por ser la más pequeña en la fila, por “no ser tan diestra con los deberes”; sus compañeros de pupitre son otros niños, escarabajos, orugas, caracoles, saltamontes. En el recreo se hace en una esquina mientras los escorpiones, las moscas y los gusanos juegan baloncesto.

Eloísa y los bichos, de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng, es quizá el libro más exitoso de Babel, una especie de estrella del género que ha sido traducido al japonés y el coreano, por ejemplo. Un libro sutil, con ilustraciones plenas de belleza, que ofrece un relato que resulta sorprendente y conmovedor, un producto entrañable en su conjunto, hecho para recordar.

Buitrago y Yockteng son dos de los nombres actuales más reconocidos en Colombia cuando se habla de literatura infantil. El catálogo de la editorial cuenta con el primer libro de estos dos autores, Emiliano, así como varios títulos de nombres como Ivar Da Coll (quien ha reeditado Tengo miedo y la serie de Chigüiro con Babel), María Teresa Andruetto (autora argentina, ganadora del premio Hans Christian Andersen en 2012), entre otros.

Las cosas que salen de los hornos de Babel establecen una inusual conexión emocional con el comprador; libros que llaman a los lectores. Claro, también colabora el olor a madera y papel que inunda el aire de la casona en donde funciona la editorial, en Teusaquillo, en Bogotá. El lugar despide una rara sensación de familiaridad, una acogida que no es dada en venias ni palabras. No es una coincidencia. “Una de las razones por las que abrimos la biblioteca es porque nos interesa que la gente no sólo venga a comprar. No hay que gastar todo el tiempo. No necesito gente que traiga plata, sino personas que se interesen en los libros”.

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