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Leonora Carrington estuvo a seis años de llegar al centenario. Fue la última de las surrealistas mexicanas sobrevivientes al momento de su muerte, el 25 de mayo de 2011. A pesar de que nació como británica, se nacionalizó como mexicana y dejó su huella en el mundo del arte a través de su mirada femenina del movimiento surrealista. La pintora, escenógrafa y novelista nació en Lancanshire en el seno de una familia acaudalada. Su primer hogar fue la mansión de Clayton Green y a los tres años se mudó a un castillo neogótico que retrató en algunas de sus obras.
A pesar de haber nacido, no, haber sido hecha, como solía decir, en el seno de una familia católico-irlandesa de clase alta, la joven Leonora Carrington nunca quiso adaptarse a la imagen y semejanza de las exigencias y expectativas de su comunidad. Ella, en vez, se rebeló contra las reglas del Convento del Santo Sepulcro en Chelmsforth, el mismo lugar donde estuvo encarcelado Oscar Wilde, en el cual se estaba preparando junto a otras mujeres de su clase para el matrimonio. Su mundo no giraba alrededor del concepto de la unión católica, giraba en torno a los libros y su mundo imaginario, lleno de gnomos, fantasmas y gigantes que rescataba de su inmersión en la mitología celta.
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La dicha de sus padres de tenerla educada en un convento duró muy poco, pues a los nueve años la expulsaron, alegando que era “no enseñable”. Un sinfín de escuelas para señoritas intentaron domar su espíritu sin éxito y solo una de ellas, o al menos la ciudad donde se encontraba, causó un impacto en ella. Florencia fue la urbe donde pasó ocho meses y en la que realmente conectó con el arte en los museos y las galerías. Aunque desde joven quisieron destinarla a una vida en la aristocracia, al ser presentada en la corte del rey Jorge V en 1935 con 18 años, en 1936 demostró que su vida estaba lejos de los lujos y el legado familiar. Su vida se encontraba en el arte y ese mundo que la había fascinado desde niña. A los 19 años comenzó a estudiar arte en la academia Adamee Ozenfants, en Londres, pero como sucedió en otras instituciones educativas su paso por esta academia no duró mucho tiempo.
Hasta ese momento, la relación con su familia había sido una tumultuosa, pero no inviable. El punto de quiebre llegó en 1937, cuando conoció al artista alemán Max Ernst en una exhibición a la que asistió. Luego de reencontrarse en un viaje a París, decidió iniciar una relación e irse a vivir con él, causando la ira de su familia.
Al cruzar el canal hacia Francia, la joven de 21 años y su nueva pareja, 26 años mayor que ella, comenzaron una nueva vida. Ernst la introdujo al mundo del surrealismo y aunque era un movimiento que abiertamente rechazaba el arte femenino y veía a las mujeres como musas en potencia, el alemán radicado en Francia la motivó a seguir este camino y a utilizar su brocha como una extensión de su mente. Entre Pablo Picasso, André Bretón y Salvador Dalí pasó días conversando y empapándose del movimiento. Corría 1938 y Leonora Carrington era feliz en la provincia francesa como la “esposa del viento”, el alter ego que su amado le había otorgado, mientras él se identificaba como la criatura alada “Loplop”. “No tuve tiempo de ser la musa de nadie… Estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser una artista”, decía.
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Junto a Ernst, en la casa de campo que compraron juntos, Carrington completó su primera pintura de gran formato: “Autorretrato (Posada del Caballo del Alba)”. En este, una mujer pálida de cabello rebelde está sentada frente a una hiena, ambas mirando al espectador como un cómplice de libertad, con un caballo saltando por la ventana a sus espaldas. Durante ese mismo año escribió una recopilación de cuentos, titulada “La casa del miedo”, y llegó a participar en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Amsterdam junto a Ernst.
La felicidad se extendió hasta 1939. El estallido de la Segunda Guerra Mundial convirtió a Max Ernst en un extranjero indeseable en tierras francesas y fue arrestado. Su ausencia fue el inicio de uno de los periodos más oscuros en la vida de Leonora Carrington, pero también el catalizador de su futura obra. Ella misma, en su autobiografía de 1943, “En bas”, se encargó de poner en palabras lo que esta experiencia significó, convirtiendo al lector, una vez más, en un cómplice con las palabras de apertura: “Hace exactamente tres años estuve internada en el sanatorio del Dr. Morales en Santander, España. El Dr. Pardo, de Madrid, y el Cónsul Británico me declararon incurablemente loca. Desde que por casualidad te conocí a ti, a quien considero el más clarividente de todos, comencé a recopilar hace una semana los hilos que me podrían haber llevado a cruzar la frontera inicial del Conocimiento. Debo volver a vivir esa experiencia, porque al hacerlo, creo que puedo serte útil, así como creo que tú me ayudarás en mi viaje más allá de esa frontera, manteniéndome lúcida y permitiéndome ponerme y quitarme a mi antojo la máscara que será mi escudo contra la hostilidad del Conformismo”.
Su relato cuenta las primeras etapas de su vida luego de Ernst, y parafraseada por Merve Emre, de The New Yorker, entendemos que luego del encarcelamiento de su amor alemán: “inició un ritual de purgación. Carrington pasó veinticuatro horas bebiendo agua de azahar para inducir el vómito. Luego tomó una siesta y se reconcilió con su ausencia. Durante tres semanas, comió con moderación, tomó el sol, cuidó papas en el jardín e ignoró a las tropas alemanas que abarrotaban el pueblo”. Posteriormente, huyo a España, donde fue internada en una institución psiquiátrica, como cuenta en la introducción de su autobiografía, y de la cual escapó en 1941 hacia Lisboa.
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Encontró refugio en la embajada de México en Portugal y fue el escritor Renato Leduc quien la ayudó a migrar al país latinoamericano. Entre los trámites de migración, Leduc y Carrington contrajeron matrimonio. En el 42 llegaron a México y un año más tarde ya estaban divorciados. El año de 1944 llegaría con un nuevo amor para ella en la forma del fotógrafo húngaro Émerico Weisz, quien se convirtió en su segundo esposo y en el padre de sus dos hijos.
En su exilio se reencontró con sus amigos surrealistas, como André Bretón y Benjamin Péret, e incluso su nuevo hogar le trajo una amiga que fue similar a ella en muchos sentidos. Su nombre era Remedios Varo. En la española encontró una fuente de inspiración y una colaboradora artística en un nuevo mundo mientras que el surrealismo moría en Europa.
El panorama surrealista en México proporcionó la gran acogida de su obra entre las décadas de 1950 y 1960. Fue tal su éxito, que el 1964 se le comisionó un mural para el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México. Sus intereses artísticos no se limitaron a la pintura, pues en la década de los 80 comenzó a fundir esculturas en bronce, que traían al mundo tridimensional los personajes bidimensionales de sus pinturas, y antes de esto colaboró con Luis Buñuel y Octavio Paz. Fue una figura clave en el movimiento feminista en México durante la década de 1970 y con el paso de los años continuó afianzando su legado en la historia del arte.
Entrado el siglo XXI, y a pesar de su avanzada edad, Leonora Carrington no se detuvo y siguió produciendo obras hasta su muerte, a los 94 años. En una entrevista para The Guardian en 2006, la artista dijo: “Uno no decide pintar. Es como tener hambre e ir a la cocina a comer. Es una necesidad, no una elección”.
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