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Los cachorros de Miraflowers (Cuentos de sábado en la tarde)

Uno de ellos es mi amor, no es necesario decir cuál, realmente no importa. No importa porque yo no soy su amor y entonces se acaba la historia. Pero soy su amiga, su mascota, el pegamento que lo unía con los demás.

05 de septiembre de 2020 – 03:03 p. m.
Seis personas sentadas a la orilla del mar. El océano se ve azul cristalino.
«Esa tarde, por ejemplo, que nos fuimos a sentar a la orilla, el mar estaba alborotado, ruidoso y feroz. Y ellos se sentaron justo ahí, a la orilla».
Foto: Michael Vanegas

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Ese día ellos, los cachorros, los perritos falderos, los bebecitos de esta mamacita, querían meterse al mar. Nunca le temieron a ese Pacífico arisco, a esa playa azarosa, a este mar de agua helada y arena gris, que justo en ese invierno lucía aterradoramente imponente.

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Él, que parafraseaba todas las canciones del rock argentino que nos aprendimos a los 13 años, siempre citaba a Gustavo Adrián para intentar meterme al mar: “estamos al borde de la cornisa, ¡a lo último que debes temerle es al mar!”

Pero yo ¡claro que le temo! No aprendí a nadar, si mucho sé flotar. Ellos se reían, nos les importaba.

Esa tarde, por ejemplo, que nos fuimos a sentar a la orilla, el mar estaba alborotado, ruidoso y feroz. Desde que bajamos por las escaleritas que atraviesan Miraflowers, y desembocan al mar, lo vi.

Y ellos se sentaron justo ahí, a la orilla. Y él ¿sabes qué hizo? No, no lo sabes. Él salió corriendo, disparado, como ladrón perseguido a meterse al mar. Así, con ropa y todo.

Yo me quedé viéndolo, con los ojos grandes y la boca abierta como si fuera a morder hamburguesa. Los demás ni se alertaron, se fueron a sentar, como suplentes en un partido de fútbol.

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Ahí fue cuando yo me quedé atrás.

Desde allá, entonces, me gritó: ¡Flaca!- así me decían todos.

“No me mientas, no me digas la verdad, no te quedes callada, no levantes la voz, ni me pidas perdón”

Yo me reí, siempre me salía con frases así. A veces creía que me coqueteaba, pero no. Simplemente él era así.

‘El pichu’ fue el que me pasó el pastelito ese. Yo lo vi así como cualquier ponquecito de chocolate, solo que, claro, se le alcanzaban a ver tiritas verdes. Lo mordí tranquila. Eso sí, me supo amargo, como si me estuviera metiendo una rama de espinaca sin cocinar a la boca. Amargo con dulcecito, por eso me gustó.

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En serio era la primera vez. Había fumado, sí, pero comerlo, la primera. Con decirte que me lo bajé en un par de mordiscos. Y de ahí ya no me acuerdo de más. O bueno, solo recuerdo que me acosté sobre la arena con piedritas, les eché un vistazo y me aseguré que él ya hubiera salido del mar.

Después fue que empecé a ver cómo los dientes se me escapaban de la boca. Medio cerré los ojos y lo que vi fue a mis cordales, mis incisivos, mis caninos, mis molares y premolares danzando en el aire. Intenté atraparlos, agitando las manos en el aire, era un pulpo desesperado. Todos mis intentos por mantener los dientes en la boca eran inútiles y entonces empecé a sentir que el corazón también se quería escapar. Lo sentí caminando por el pecho, atravesando los músculos y rompiendo la piel.

¡Se me va a quedar el corazón en Lima! Fue lo que pensé. Y por una sobredosis, rematé.

Ahí me eché a reír. Era tan loser que un pastelito envenenado sería mi último bocado.

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Pero bueno, lo que pasó después ya lo sabes. Ahora lo único que quiero es que le mandes este paquete sin que nadie se entere. ‘El pichu’ se murió y él debe estar más solo que nunca.

Es un regalo, sí. Es un libro de Mario Vargas Llosa para que se acuerde de esos días limeños y una agenda repleta de fotos como esta. Bueno, también van las frases que solía decir. Yo sé que cuando vea todo esto se va acordar y ese cassette atrofiado que tiene en la cabeza va a volver a grabar. Pero lo mejor es que estoy segura que cuando lea que estoy verde y no me dejan salir va a venir por mí.

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