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Los Nukaak y sus claros de monte

Reseña sobre el libro Gente que camina, de Mariela Zuluaga, publicado por la editorial Orbis.

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“La hojarasca volteó y salió a recibirlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez, y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra”. Gabriel García Márquez, La Hojarasca.

“Un ruido de hojarasca movida por lagartijas que corrían, lo volvió a la realidad”. Mariela Zuluaga, Gente que camina.

Hay libros que toman toda una vida. Hay libros, imprescindibles, que caminan por cuenta propia. Hay historias que nos muestran lo demasiado humano de lo humano como diría Nietzsche.

Este libro es uno de esos libros, un libro sobre la fragilidad, sobre los Nukaak, el último pueblo nómada que resiste a dejar de ser-en-la-selva. Es también un gran viaje de su autora, Mariela Zuluaga, poeta, escritora y periodista nacida en Villavicencio. Una poeta que escribe estos versos en su libro “la piel del agua”:

“Esa
lista
infatigable
de caminos
me fatiga.

El viento,
solo,
sopla”

Mariela nos entrega en su libro “Gente que camina” un testimonio de un pueblo, de una gente que camina, -de sus devenires, de sus luchas, de su soledad, de su desarraigo, de su supervivencia-: “cuando amaneció, comenzaron a caminar hacia el norte. Durante días y noches abriendo con prevención picas distintas a las que transitaban siempre, buscando rutas que los llevaran a un lugar donde los truenos que dispara la otra gente no se sembraran en sus cuerpos para quemarlos”(Zuluaga, p21).

Los Nukaak no son un pueblo indígena; nunca se asentaron ni pensaron en construir civilizaciones porque su misión es simplemente estar ahí, en los montes, ya que como sugiere Mariela “están ahí sólo para que ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos los caminen, coman las pepas de sus palmas y cacen sus micos” (Zuluaga, p 25). Su vida es una vida que circula entre espíritus de la selva y las pruebas que los blancos les hacen pasan hasta forzarlos casi a la extinción. Por eso el texto de Mariela tiene por momentos el tono de una elegía, una fantástica y dolorosa elegía de la selva, pero es también un llamado de humanidad, como un nuevo género que reinventa la autora al situarse en los márgenes del relato y la crónica. Así leemos que: “la claridad de un nuevo día empezó a filtrarse con timidez por entre los grandes árboles de tulipán y distintas clases de palmas que, abrazadas por matapalos, son pulmón y vida en el territorio amazónico” (Zuluaga, p37).

Los Nukaak son gente que camina. Gente que no ve la selva como un afuera, ni como un límite ni como una frontera. Son seres de luz, como si fueran transparentes, vestigios de todos nosotros que nos fundan mucho más allá de lo que nosotros creemos. No son un pueblo primitivo que se quedó atrás en una supuesta línea de evolución que llevaría a las ciudades. No. Son gente que camina, que no necesita contratos para captar las intensidades y afectos de la selva, para hablar en términos spinozistas, como lo explica Bernardo Rengifo en su memorable libro, “Naturaleza y etnocidio en la conquista de América”.

Pero, ay, no es fácil hablar de este libro de Mariela. Se requiere pasar sus páginas suavemente, y acariciar y oler el separador de libros hecho de un tejido hecho por manos Nukaak, y dejarse llevar, sentirse en medio de la selva y sobre todo, no pensar en las vorágines propias y ajenas que suelen pasar por nuestra mente en estos casos. Hay que escuchar el silencio que transmite el libro de Mariela, el silencio de los Nukaak…“el sol, que ya venía de regreso a su hogar por el camino recto y plano que recorre dos veces todos los días, influía sobre la luz y producía cambios en la temperatura del mundo del medio” (Zuluaga, p47). Ese silencio que es como “un rato de luz alumbró el canasto con frutos” (Zuluaga, p78) o como “el caminar y curiosear es la esencia de un Nukaak porque de ello depende su vida la de su familia, como lo ha sido desde los tiempos de los be`wuun, sus ancestros” (Zuluaga, p81) o como “el sol ya estaba descansado en su chinchorro pero había dejado a wid`yure, la luna roja, cuidando el universo” (Zuluaga, p132).

En una guía complementaria al libro se nos dan datos específicos sobre la situación actual de los Nukaak, enfatizando que quedan apenas 200 de ellos y entonces, después de leer el texto de Mariela, uno se sienta a ver la noche y al mirar hacia el sur, atravesando el viento poroso y pesado de la ciudad, tratamos de verlos, con su mirada limpia, con su andar, sobre todo con su caminar, y me da la impresión de que estamos mucho más solos que ellos…

P.D
La editorial Orbis de Jeannette Insignares debuta en el mundo editorial con un libro-arte, con una historia delicadamente escondida en una caja como un regalo proustiano inesperado que todos deberíamos tener en nuestras bibliotecas. En un tiempo marcado por la des-materialización de los soportes y por el elogio desenfrenado de lo digital, (re)aparecen las huellas de los Nukaak, quienes nos recuerdan que lejos de las ciudades y de la tecnología invasiva, hay otras formas de vida que no se basan en el yo, quien quiera que (esto) sea…sino en un (otro) nosotros posible.


“Gente que camina”, de Mariela Zuluaga.
Orbis, Bogotá, 2013, 136 pag.

• Doctor en Filosofía de la Universidad París

Profesor del Departamento de Literatura de la Universidad Javeriana
otrasinquisiciones@hotmail.com
 

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