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Hace cuatro años, durante la X Conferencia de las Farc que se celebró en las sabanas del Yarí, en el departamento del Meta, *Camilo despertó de la muerte. Después de haberse bogado cinco copas grandes de aguardiente y al menos medio petaco de cerveza, el comandante de la escuadra guerrillera número XXX se sintió con los arrestos suficientes para llamar a *Miriam, su hermana, y contarle que estaba vivo. Toda la familia *López Pérez lo había dado por muerto. Él mismo había mandado a decir que su cuerpo yacía con un balazo en la cabeza en algún lugar de la selva.
Ese fue el método más expedito que encontró para asumir su nueva identidad y, según dijo aquella vez, “evitar que el enemigo los torturara y obligara a decir cuál era mi paradero”. Con una palmadita suave en el hombro y un gesto entre soberbio y triste, el guerrillero dijo: “la guerra es dura, periodista”.
El número del celular lo tenía anotado en una vieja liberta café de hojas amarillentas y con rastro de humedad más que evidente. Aunque se sabía de memoria el teléfono, *Camilo echó un vistazo rápido al número que hace varios años había anotado a las carreras con un esfero de tinta azul.
Antes de que contestaran y tras el segundo tono, *Camilo colgó la llamada que había tardado dos décadas en hacer. Decir que estaba asustado es poquito. “Estoy cagado, periodista”, me reconoció. “No sé qué putas hacer”, agregó con una miraba con la que parecía buscar una respuesta. “¿Y si le escribe por WhatsApp?”, le sugerí.
Levantó la mano y le ordenó a uno de sus hombres, un guerrillero adolescente con la pubertad en la frente, que le trajera el celular naranja que estaba en la caleta. Como alma que lleva el diablo, el pequeño soldado cumplió la orden.
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*Camilo escribió y borró varias veces el mensaje. Entre un intento y otro bogaba un trago. Jartaba. Finalmente, y al darse cuenta de que las palabras escritas jamás le iban a salir, decidió enviar un mensaje de voz. Uno escueto y contundente.
“Hola, Miriam. Soy *Camilo, su hermano. ¿Cómo ha estado?”
Miriam escuchó el mensaje. El chulito azul en la pantalla del celular naranja daba cuenta de ello. Sin embargo, la respuesta no fue inmediata. Pasó media botella de aguardiente y tres minutos, para que la mujer al otro lado de la línea respondiera. Estaba emocioada, con una voz delgada y temblorosa y al bode del llanto, solo dijo.
“No lo puedo creer. Dios mío. Mi mamá siempre dice tener la corazonada de que usted está vivo. Nunca le creí”.
Después de un par de mensajes de voz más, después de otros tragos de aguardiente, después de un par de lágrimas, después de fingir enterarse que su hermana ya tenía tres hijos y que uno de ellos estaba estudiando en Bogotá, *Camilo decidió llamar. Lo que siguió fue una descarga de felicidad.
Se enteró que tenía cinco sobrinos más, que uno de ellos tenía moto y se la pasaba como loco por San José, se enteró que la tía Martha había fallecido; que el primo Juan ahora era Andrea; que el tío Miguel, hace cinco años, se había comprado un lote para el engorde pero que lo perdió por una deuda de juego; que al pequeño Martín le había crecido un diente; que ya toda la familia sabía que estaba vivo; que esto; que aquello y que lo otro.
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¿Qué recuerda de la última vez que vio a su familia?, le pregunto.
“Recuerdo a mis hermanos pequeños a mi mamá feliz sobre una mecedora. En esa época no sufría nada, y ahora enterarme de que tiene cáncer (…) es muy duro. Pero ellos tienen que saber que yo estoy en las Farc por ellos, trabajo para ellos, para que tengan un país más justo”, eso me dijo aquella vez y cinco años pasaron desde entonces.
*Camilo ya no es comandante y, aunque aún pertenece al partido político que lleva el mismo nombre del grupo guerrillero, dice sentirse decepcionado.
“Es normal que el Gobierno no nos haya cumplido. Eso lo que el Estado ha hecho siempre, lo que no es tan normal es que gente que uno tenía como referente dentro de la organización, nos haya fallado y nos haya abandonado por negocios. Por sus propios negocios”
No ahonda mucho en ese asunto porque sabe que es problemático. Eso sí, insiste en una idea que me repitió una y otra vez hace cinco años en el Yarí. “Periodista, yo pensé que el triunfo de las Farc era llegar al Palacio de Justicia echando bala, matándonos unos a los otros, pero realmente en la guerrilla aprendí que esa no es la única forma de llegar al triunfo. Por eso queremos hacer política sin armas”.
Ahora, más que hacer política, dice, es un ser político. Evita los reflectores y las entrevistas. Convencerlo para esta no fue fácil.
“Periodista, si acepté que me entrevistara, es porque quiero contarle una primicia”, se ríe. “En esa entrevista que usted me hizo hace cinco años, yo dije algo de lo que me he arrepentido siempre desde entonces y desde antes. Yo le dije que secuestrábamos ricos dizque porque ellos no sentían. Qué equivocado estaba”.
Antes de continuar con lo que sigue, *Camilo, que por estos días de cuarentena se ha encerrado a dibujar pescaditos color oro, como lo solía hacer el coronel Aureliano Buendía, dice que lo único que siente que le da realmente sentido a su vida, es todo lo que tiene que ver con el arte.
“En la guerra, como es lógico, me dedicaba a otras cosas. Pocos fueron los momentos en los que me podía poner a pintar o a escribir. Ahorita lo estoy haciendo bastante. Y, aunque me paguen muy poco y a veces nada por lo que pinto, siento un descanso en mi alma, periodista. De verdad”.
Desde que *Camilo dejó las armas ha participado en la realización de varios documentales que hablan de la vida de los excombatientes.
Mientras pinta pescaditos escribe una novela, su segunda novela, y, dice, casi que jura, que “algún día” va a dirigir su propia película.
¿Sobre qué será?, le pregunto. “Sobre la vida, periodista».
Y entonces me pareció que, de alguna forma, *Camilo intentaba decir que lo que le había sucedido hasta ahora, lo bueno, lo malo y lo regular, no había sido vida. Que recién, con sus pescaditos color oro, su promesa de una película y hijo que espera su esposa, recién empieza a vivirla.
Hace cinco años nos despedimos con un apretón de manos. Esta vez, la charla tuvo que ser telefónica y por culpa de eso, o gracias a eso, *Camilo me prometió una tercera entrevista. “Ya sabe la única condición, periodista, ni nombres ni datos”.