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Los rollos de Marta Rodríguez

La vida de una de las pioneras del documental en Colombia ha transcurrido en medio de los oprimidos. En la Semana del Cine Colombiano le otorgarán mañana el Premio Nacional Toda una vida dedicada al cine.

21 de octubre de 2008 – 07:01 p. m.

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“La humildad y la constancia son mi verdad”. Con esta frase, que reposa sobre su escritorio, Marta Rodríguez recuerda todos los días a su esposo y compañero de trabajo, el fallecido fotógrafo Jorge Silva. Se conocieron en 1968 en un cineclub. “Jorge era un joven muy humilde, apasionado por la fotografía. Pero lo que más me impresionó de él es que no me consideró una loca por querer hacer un documental”, cuenta Marta. Su madre sí creía que ella, en realidad, estaba demente. Incluso quiso desheredarla, pero el abogado de la familia le pidió pruebas de la locura de su hija y evidentemente no las tuvo. Fue entonces cuando Marta se embarcó en el rodaje de su primer documental, en el año 1964.

Una pareja de lujo la acompañaba en esta “osadía”, como ella misma define ese trabajo. A la cabeza, Camilo Torres: “Él me daba clase de metodología cuando yo estudiaba sociología. Un buen día decidió llevarnos a Tunjuelito, a hacer trabajo de campo. En ese momento y gracias a él, decidí documentar la historia de los niños de Los Chircales”, comenta la cineasta. En la dirección de fotografía estaba su esposo Jorge Silva, “el zambo”, como le decía despectivamente su madre.

Cinco años duró el rodaje de Chircales. Cinco años en los que Marta convivió al lado de las familias que trabajaban haciendo ladrillo de manera artesanal, lo cual era nociva para su salud. El documental transcurre en una hacienda al sur de Bogotá, donde desde niños hasta ancianos trabajan en la fabricación de ladrillo. A partir de los cuatro años los niños tienen una misión en la hacienda.

Descalzos, deben trasladar los ladrillos desde el lugar donde han sido apilados hasta el horno donde se secan. “El que no trabaja no come, esa era la ley en la hacienda Los Chircales”. Muchas de las familias que trabajaban en este lugar morían debido al monóxido de carbono que producían los hornos. Esta situación se convirtió en un tormento para Marta y, al mismo tiempo, en la razón que la llevó a trabajar con los menos favorecidos.

Pero su ejercicio cinematográfico, en el que la denuncia era lo primordial, le consiguió a Marta unos cuantos líos. Fue perseguida en repetidas ocasiones, especialmente a la salida de los cineclubes, allanamientos a su hogar, e incluso unas cuantas semanas de cárcel, lo que ella recuerda de manera muy jocosa: “Estábamos en el parque Lourdes, con Jorge, haciendo una investigación sobre hippies. De repente llegó la policía y les empezó a pegar. Nosotros por defenderlos terminamos golpeados y encanados”, afirma entre risas.

En el marco de la Semana del Cine Colombiano, que se realiza desde el 20 hasta el 26 de octubre, el Ministerio de Cultura le otorgará a Marta Rodríguez el Premio Nacional  Toda una vida dedicada al cine, galardón que para ella es un reconocimiento a su constancia.

Hoy, después de 40 años de producción audiovisual, 14 películas y 74 años de vida, Marta sigue trabajando, ahora al lado de su hijo Lucas, quien heredó la pasión de su padre y su madre por el video. Dedica el mayor tiempo del día a la preproducción de un documental sobre etnocidio porque, como ella misma lo afirma, “el poder de la imagen es único, es el mejor medio para expresar y, sobre todo, para denunciar maltratos como el que padecen los indígenas en Colombia”.

Una mujer de armas tomar

“Lo más importante del trabajo de Marta Rodríguez es que tiene el tesón y la valentía de pocas mujeres de su época. Siempre estuvo del lado de los que no tenían ningún derecho, ni siquiera el derecho a la imagen”, comenta el documentalista colombiano Diego García.

Su formación en Francia al lado del reconocido antropólogo francés Jean Rouch influyó considerablemente en su inclinación por los temas etnográficos. Así lo afirma su amigo y  también documentalista Gustavo Fernández: “A él le aprendió el gusto por compartir su tiempo con que filmaba. Para Rouch y para Marta era más importante dedicar tiempo a  conocer la vida de sus personajes que a la película misma”.

Fernández la define también como una testaruda y crítica cineasta que le ha dado voz a quienes no la tienen.

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