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En menos de dos años, entre 1851 y 1853, Giuseppe Verdi estrenó la llamada “Trilogía popular”: Rigoletto, El trovador y La traviata, las obras con las que alcanzó la maestría musical y que le dieron fama, fortuna y libertad creadora. Con estas tres realizaciones quedaron definitivamente sepultados los años de esclavitud (anni di galera), transcurridos entre 1843 y 1850, en los que debió componer óperas a un ritmo inconcebible, en medio de angustiantes apuros, malestares físicos y tejemanejes mezquinos con empresarios y cantantes.
El drama de El trovador ocurre originalmente en Aragón y Vizcaya, en el norte de España, a principios del siglo XV, en tiempo de guerras internas por el poder. Sin embargo, la puesta en escena de la Met traslada la acción a los primeros años del siglo XIX, durante la resistencia de España contra la invasión napoleónica. Los cuatro personajes principales son víctimas de la lucha entre el amor y el afán de venganza. La historia de El trovador, trágica y turbulenta, en armonía con el gusto romántico, está impulsada por fuerzas irracionales que la conducen a un desenlace fatal, marcado por la muerte del trovador y Leonora, la segura condena de la gitana Azucena a la hoguera y la desdicha eterna del Conde de Luna. El tono sombrío de la obra está acentuado por el protagonismo de las tonalidades menores, los ritmos irregulares y las escenas nocturnas. “La gente dice que la ópera es demasiado triste y que en ella hay muchas muertes. Pero después de todo, la muerte es la esencia de la vida. ¿Acaso hay otra cosa en ella?”, escribió Verdi para justificar los hechos de un argumento intrincado que le inspiró abundantes y memorables melodías.
La ópera necesita cantantes de muy alto nivel para los papeles principales, que, según pasan las escenas, son exigidos tanto en técnica vocal como en versatilidad interpretativa. Por eso el gran Enrico Caruso afirmaba con gracia que para presentar El trovador solamente se necesita una cosa: “Los cuatro mejores cantantes del mundo”. El personaje que le da título a la ópera tiene dos arias destacadas al final del acto tercero; la primera de ellas es amorosa (Ah, sì ben mio) y la segunda exaltada y guerrera (Di quella pira), que suele cantarse con tres resonantes dos de pecho, aunque Verdi no lo contempló así en la versión original. Leonora, su enamorada, también se luce con dos solos importantes: Tacea la notte placida, en el primer acto, y D’amor sull’ali rosee, en el cuarto acto. Azucena y el Conde de Luna enfrentan sus arias principales en el segundo acto. La primera es la gitana que por un fatal accidente se ha convertido en la madre adoptiva del trovador. Ella canta en Stride la vampa la trágica historia por la que clama venganza (la muerte injusta de su madre en la hoguera). Entre tanto, el Conde de Luna canta su sentida romanza Il balen del suo sorriso; aún alberga la esperanza de que su amor sea correspondido por Leonora.
De esta obra generosa en pasajes célebres no podríamos dejar de mencionar dos de los más populares: el Coro de los martillos, al comienzo del acto segundo, y el Miserere del cuarto acto, en el que Verdi entrelaza con mano maestra el canto del trovador desde su celda de condenado, los lamentos de Leonora en el exterior y el sonido de un coro de monjes implorantes.
Habían pasado nueve años desde el estreno de El trovador en Roma y la ópera seguía su carrera invicta. Verdi, entonces, pudo escribir complacido: “Si viajas a las Indias o al corazón de África, oirás Il trovatore”. ¿Qué habría escrito ahora, cuando su obra se presentará simultáneamente en más de dos mil salas de cine de setenta países?