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El hombre pasó a ser “el centro”. La fe dejó de ser la única vía de “iluminación”. La razón volvió a cobrar relevancia. Los clásicos se pusieron de “moda”. La cultura “grecorromana” recuperó su vigencia. Cristóbal Colón descubrió un nuevo continente. América entró en el “radar” de los europeos. Una clase social “dominó” la vista. Ser comerciante y artesano era la “envidia” por esos días. Humanismo y naturalismo, palabras que se repitieron en cada esquina. “Pienso, luego existo”, un filósofo declaró. René Descartes a los sentimientos desechó. Lo “neo” a lo antiguo reformó. Platón en su tumba se “revolcó”. Neoplatonismo fue lo que “vio”. Al hombre de perverso se le sentenció. Maquiavelo a “capa y espada” al Estado defendió. A un tal Leonardo da Vinci se le ocurrió hacer un retrato. La “Mona Lisa” cobró “vida”. Los textos dramáticos se musicalizaron. La ópera nació. Otro fenómeno en el Renacimiento sucedió. En el “viejo continente” un canto iniciado en las aldeas medievales se escuchó. Los villancicos a poetas y músicos hipnotizaron.
Y aunque el canto, compuesto por dos estribillos y una copla, muy similar a la cántiga que desde el Medioevo los trovadores venían popularizando, fue considerado como música profana, terminó más tarde “apoderándose” del escenario eclesiástico. A las colonias americanas llegaron porque por esa época, para bien o para mal, o las dos, todo “lo español” se fue adoptando. El componente religioso fue lo que predominó en esos villancicos. Música “acorde” para unos indígenas que estaban siendo evangelizados. Mientras tanto, en Nueva Granada, Dios, Jesucristo, la virgen y los santos se hicieron “merecedores” de aquellas piezas airosas y alegres. Los primeros libros de canto viajaron a Santa Fe de Bogotá junto con el equipaje del Fray Juan de los Barrios. “Se mandaba que los indios aprendieran a leer y escribir y contar y cantar”, menciona José Ignacio Perdomo Escobar en su libro “Historia de la música en Colombia”. De repente, en medio de una liturgia solemne, un villancico se entonaba. Comenta Perdomo que el pueblo, que en su gran mayoría era analfabeta, se unía a una sola voz con el coro para cantar el estribillo. El órgano, el arpa, el bajón y los cuartetos de chirimías acompañaban esos cantos.
Quién diría que, en La Candelaria, en la Plaza de Bolívar, a un señor al que bautizaron como Gonzalo Jiménez de Quesada, un 6 de agosto de 1938 se le ocurriría fundar una ciudad a la que denominó Santa Fe de Bogotá. Aquel lugar terminaría siendo clave para la música colonial. Y fue precisamente ahí donde se desarrollaron los villancicos polifónicos. Estos sonidos cantados a varias voces despertaron el interés de un hombre que pasaba sus días en una iglesia. El maestro de capilla Joseph Cascante deleitó con su música a los feligreses que asistían a las misas solemnes, aunque también tuvo tiempo para componer cantos religiosos, pero más populares, que hacían menciones a aspectos humanos y no solo divinos. “No sé si topo” y el “Villancico a Santa Bárbara” fueron algunas de las obras que nos dejó aquel compositor. Pero como Cascante hubo otro más. Parece que un tal Juan de Herrera, considerado padre de la música de esa misma ciudad, como lo menciona Perdomo, se dejó enamorar por los villancicos, y de paso por salves y motetes. “Qué sacra eterna palabra”, y “Toquen los clarines y suenen las cajas” fueron algunas de sus creaciones.
En un sitio que algún día estuvo sumido entre piedras y tejas, unos villancicos fueron a parar. Se dice que en la Catedral Primada de Bogotá reposa un archivo musical que por mucho tiempo fue casi que inexplorado; casi, porque tuvo la fortuna de que alguien se interesara por él. Era 1936 cuando José Ignacio Perdomo Escobar descubrió en un estado deplorable, que solo las huellas del olvido son capaces de reflejar, aquel valioso material que contenía, entre otras cosas, unos 400 villancicos. “Arrumado, lleno de polvo y hollín, en el último cuartucho de la Casa Capitular. Pilas de papeles atados con cuerda en deprimente situación”, así fue como lo describió el propio Perdomo cuando los encontró.
Pero el tiempo fue pasando porque el transcurso de la vida tiene que seguir, porque las costumbres por siempre, se quiera o no, no pueden ser inmutables, porque la historia marca y va dejando huellas, porque la vida es un transcurrir de sucesos sin fin, y entonces lo que un día era ocasional se va convirtiendo en algo permanente, eso mismo sucedió con los villancicos. Ya para el siglo XIX, para la época en la que Nueva Granada hace rato había pasado a ser tan solo un recuerdo y había sido sustituida por la República de Colombia, esos cantos que habían surgido sin tintes navideños comenzaron a ser entonados en compañía de pesebres y de niños que acudían alegres a las famosas novenas. Entonces, se empezaron a escuchar villancicos como “A la nanita nana” y “Vamos pastores vamos”, compuestos por Jeremías Quintero Gutiérrez.
A pesar de los cambios que vienen con el pasar de los años, el aspecto fundamental de los villancicos difundidos durante el Renacimiento se ha mantenido: un cantar con componentes religiosos. Ahora, a diferencia del pasado, el eje central de esta música es el nacimiento del niño Jesús. “Con mi burrito sabanero voy camino de Belén…Si me ven, si me ven, voy camino de Belén (…)” “Vamos, vamos, vamos pastorcitos…Vamos, vamos, vamos, a Belén…Y veremos todos al Dios de amor (…)” “Pero mira cómo beben los peces en el río…Pero mira cómo beben por ver al Dios nacido (…).