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Ana y Clara son al mismo tiempo muñecas y mujeres de carne y hueso. Las dos, sobre la tarima y con su imagen proyectada en una pantalla gigante ubicada en el centro del escenario, son el eje sobre el que se desarrolla el montaje Maleza, un cuento en teatro-animación, que exhibe la compañía chilena Teatro Móvil en el Festival Internacional de Teatro de Manizales, en su edición número 35. Esta propuesta, basada en un relato de Karen Bauer, tiene tintes de thriller y en ella el misterio se convierte en el mejor aliado de una iniciativa que en sólo 45 minutos logra cautivar a los espectadores.
El personaje de Ana es interpretado sobre la tarima por Muriel Miranda, quien al mismo tiempo se desempeña como directora escénica. Ana es una joven que vive encerrada en una casa muy antigua en un bosque recóndito en el sur de Chile. Su vida cambió desde la muerte de su padre, detonante de la locura de su madre, quien tomó la decisión de postrarse en una cama, se comió todas las llaves de la casa para impedir cualquier contacto con el mundo exterior y su única ocupación es exacerbar a su hija. Para salir de su reclusión, de su rapto obligado y familiar, Ana recurre a su amiga Clara, personificada por Paula Aros, quien a su vez es responsable de la dramaturgia.
Entre las dos elaboran mecanismos de escape y diseñan estrategias para ponerle punto final a la situación. Llaman por teléfono a las autoridades, buscan comida y tratan de que la mamá de Ana, que ha desarrollado un agudo sentido de la audición, no se dé cuenta de nada. Esa es la historia de Maleza, un cuento en teatro-animación, una propuesta cuya fortaleza no consiste en el argumento sino en la forma de plasmarlo sobre las tablas. El recurso utilizado por la compañía Teatro Móvil es la técnica denominada stop motion, que consiste en mostrar cuadro a cuadro un objeto o un personaje inanimado que mágicamente adquiere movimiento gracias a la proyección secuencial de 24 imágenes por segundo.
Esta herramienta no es ni mucho menos una idea original del colectivo austral. Cintas como Pollitos en fuga, El extraño mundo de Jack o El cadáver de la novia han empleado este proceso de tratamiento de la imagen, que resulta tan costoso como complejo. Uno de los componentes relevantes es su aplicación directa a las artes escénicas y la forma en la que estas dos mujeres logran hacer que el talento actoral se complemente con el video. Detalles como los colores de los vestidos, la cola de caballo de Clara, las facciones caricaturescas de Ana, la forma en la que corren por la casa y luego se imaginan en el campo, hacen que las dos atmósferas se sintonicen mágicamente.
Tanto Muriel Miranda como Paula Aros son admiradoras de las creaciones del director y productor estadounidense Tim Burton, y eso se refleja en la concepción de los personajes, en sus caracterizaciones y hasta en la manera de relatar la historia. En Maleza, un cuento en teatro-animación, el sonido se dobla en vivo y las dos mujeres son las encargadas de este propósito. Abren y cierran puertas, simulan sus pasos sobre la madera, rompen vasos de cristal, suben y bajan escaleras, y asumen el desarrollo de los contenidos auditivos tal y como si se tratara de un espacio radial. Cuando Clara y Ana se tocan, sus muñecas también lo hacen, y lo mismo ocurre cuando son enfáticas y mueven sus extremidades.
Para la compañía Teatro Móvil, la pantalla es un elemento más de la escenografía y permite la interacción de las actrices con sus muñecas. Con este recurso los ambientes rotan y de un estudio viejo y descuidado, Ana y Clara pueden desplazarse con su imaginación hasta un hermoso bosque en primavera. El colectivo es más que un grupo teatral y por eso, como complemento de su labor sobre el escenario, puede proyectar un cortometraje, animado por supuesto, llamado La noche boca arriba, basado en el relato homónimo de Julio Cortázar.
Maleza, un cuento en teatro-animación y La noche boca arriba están en el catálogo de propuestas de Teatro Móvil, una compañía que es mucho más que dos actrices en escena respaldadas por una pantalla gigante en la que aparecen animaciones estrictamente cronometradas. Es la manera de poner la tecnología al servicio del teatro y sacarle provecho a las ventajas que ofrece el stop motion, con todo y sus 24 cuadros por segundo.
jpiedrahita@elespectador.com