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Temerle a la soledad. Huir de nosotros mismos. Amar porque los otros terminan siendo objetos o presas de nuestros miedos. Con los otros escapamos de nuestras verdades y nuestros dolores. Temerle a la muerte por sentir que debemos algo en la vida que tenemos. Llegar a la fatalidad.
La lectura de Cipriano nos acerca a los silencios que no queremos, a la soledad que vemos como amenaza y no como un espacio de tranquilidad y sosiego. Marta Orrantia, su autora, nos ayudó a pensar en el glosario de conceptos que podemos desglosar de la historia de un hombre que llegó a su vejez con más preguntas que respuestas, con una nostalgia perpetua por lo que ya no fue y, peor aún, por lo que ya no será.
Vejez: “Es una etapa fascinante y, sin embargo, la sociedad occidental ha escogido ignorarla o estigmatizarla. Hemos creado un culto a la juventud, a la belleza; hacemos lo posible por no envejecer, y nos teñimos el pelo, nos ponemos bótox, nos estiramos la cara con cirugías. Nos importa la forma, no el fondo, porque no vemos estética en la sabiduría, en el conocimiento, en la memoria. Y eso son los viejos: los depositarios de la memoria de una sociedad. Son ellos a quienes recurrimos para saber qué hacer frente a una circunstancia ajena. Ellos nos proporcionan un pasado con sus historias, nos dan un asidero. En Cipriano quería mostrarlos en toda su humanidad. Lograr que la gente los mire a los ojos, que entienda sus dolores, sus achaques y sus alegrías; sus recuerdos, sus búsquedas, sus temores. Creo que nos merecemos soñar con llegar a viejos”.
Tiempo: “Es el mejor aliado y el peor enemigo del hombre. Ese reloj, con su sonido constante, le recuerda a Cipriano lo que entendió con la muerte de Juana: que no somos eternos, que lo que tenemos que hacer debemos hacerlo ya, porque de lo contrario podemos morir y jamás vamos a arreglar los asuntos pendientes. Cipriano creía que tenía todo el tiempo del mundo para hablar con Juana, para acercarse a ella de nuevo. Pero ella muere y él se queda solo, en una carrera contra el tiempo, para perdonarse, para pedir perdón, para acercarse a Néstor, para saber quién es la madre de Felipe… Al tiempo, ese sonido constante, torturador, rítmico y eterno es el símbolo del silencio. El único que le habla, que le grita, es el reloj. Y él debe, por así decirlo, aprender a conversar con ese ruido”.
Fatalidad: “Soy tremendamente fatalista. Puede ser que la fatalidad sea indispensable para la escritura, porque nos imaginamos escenarios tremendos siempre, porque los escritores estamos perpetuamente incómodos en la comodidad”.
Paz y perdón: “Para poder alcanzar la paz es indispensable el perdón. Pero es que somos como Cipriano, que nos pasamos la vida culpando a los demás. En el momento en que seamos capaces de asumir la culpa de lo que ocurre en Colombia, vamos a sentir la necesidad de pedir perdón. Nosotros somos culpables de esa brecha insalvable entre ricos y pobres, entre campo y ciudad, entre ciudadanos y gobernantes. Hemos elegido mal, hemos perpetuado las inequidades, hemos sido cómplices con nuestro silencio. Miramos a otro lado porque “eso no es conmigo” o porque “no me afecta a mí”. Y lo peor de todo es que hemos deshumanizado el conflicto hasta el punto de que creemos que quienes se matan allá lejos (porque creemos que es lejos) son una especie de muñecos plásticos y no hombres y mujeres, niños además, que son colombianos como nosotros. Víctimas o victimarios, da igual. Estamos todos en esto. Todos hemos sufrido. Todos hemos perdido seres queridos. Todos nos seguimos odiando y matando y ya no sabemos ni por qué. Pero es necesario decir “yo soy parte de este conflicto” y estoy dispuesta a perdonar. A perdonar una masacre. A perdonar un robo. La desaparición forzosa de alguien. No es fácil, yo sé. Cuesta mucho trabajo, se necesita mucho esfuerzo, pero es que de lo contrario no vamos a tener paz. La paz, ya lo vimos, la hicieron trizas. Es facilísimo destrozar ese Acuerdo que hizo Santos. Pero es entonces la ciudadanía, los colombianos, los que tenemos la obligación moral de hacer respetar esos pactos. Y si no nos perdonamos no podremos actuar juntos. Y si no actuamos juntos, los enemigos de la paz nos siguen matando”.
Tal parece que Cipriano siempre le huyó a la soledad. Estuvo siempre rodeado de mujeres. ¿Cómo cambia el amor cuando detrás de este hay un deseo, tal vez inconsciente, por no estar solo, por escapar de nosotros mismos?
Para Cipriano, las mujeres fueron objetos. Me parece muy diciente que la única mujer que dijo amar era la única que no podía tener. Durante sus viajes cuando trabajaba en petróleos, las mujeres fueron compañía en lugares que no conocía. Luego su esposa fue un instrumento de venganza o de despecho. Después de casado buscó a otras mujeres para escaparse… En fin. Su corazón, también lo digo, está prácticamente sin estrenar. Creo que a Juana la quiso lo suficiente como para dar su vida por ella, pero no lo suficiente como para pedirle perdón. Porque es en las cosas pequeñas donde se mide el amor. En los detalles insignificantes.
Y tienes mucha razón cuando dices que el amor cambia. Porque cuando Cipriano ya no tiene a nadie más a quien perder es cuando se da cuenta de que lo que queda ahí es amor. Y se da cuenta de que el amor no puede ser egoísta, el amor libera, el amor perdona. Esa es una lección que debe aprender, de la manera más dolorosa, a sus 76 años.
Cipriano gozaba la quietud. ¿Por qué la quietud y el silencio tienden a estar relacionados con una actitud depresiva o de desasosiego?
La publicidad nos dice que debemos estar perpetuamente acompañados (tomándonos una cerveza, comprando ropa, comiendo hamburguesas, en el trabajo, en la casa con la familia) y la sociedad de consumo nos prepara para ser productivos con un esquema de estudio y trabajo con un cierto tiempo de vacaciones. Pensamos que nos detendremos cuando seamos viejos, cuando nos pensionemos, pero entonces nos dicen que no, que si nos quedamos quietos nos moriremos; así que inventamos miles de cosas para no estar solos, ni quietos, ni en silencio.
El ocio es necesario. El silencio. La contemplación. Ahí es donde nacen las ideas, no en la actividad ni en el bullicio. Me pasa que resuelvo problemas en el duermevela de la madrugada o en la ducha, como Cipriano, que pensaba mejor cuando se bañaba. La quietud es un regalo, un privilegio. El arte, la literatura, la música han sido el producto de esa observación silenciosa y reflexiva del mundo.
¿Cambia entonces la manera en que entendemos la muerte según la cercanía que tenemos con ella? La muerte de la hija reconocida de Cipriano es dolorosa, la del hijo no reconocido también tiende a serlo, pero concibe la vida de este último de manera diferente…
Me recuerda a “Por quién doblan las campanas”, el poema de John Donne, que es el epígrafe del libro homónimo de Hemingway. Dice que el hombre no es una isla, sino un continente y lo que le ocurre a uno nos ocurre a todos, así que cuando doblen las campanas no te preguntes por quién lo hacen: están doblando por ti. Ahora bien, es inevitable que este hombre haga un duelo distinto por cada uno de sus dos hijos. Juana, a quien conoció, a quien mimó, a quien perdió incluso antes de su muerte, fue su hija. Su hija en toda la magnitud del término; Felipe, en cambio, no lo fue. No supo de su existencia sino hasta que fue muy tarde. A ella la perdió; a él, de alguna manera, lo recuperó, así hubiera sido “post mortem”. Pero esta pregunta, sospecho, va más allá. Creo que hemos perdido la capacidad de duelo. Stalin decía que un muerto es una tragedia pero cien son una estadística, y en el caso de Colombia es cierto. Nos hemos acostumbrado a llorar solo a los que conocemos, porque si lloráramos a los nuestros (a los campesinos, a los niños, a los soldados, a los guerrilleros, a los líderes sociales…) no pararíamos de hacer un duelo. Nos moriríamos de dolor. Creo que Cipriano encuentra en Felipe una especie de acertijo, y en Hikaru, una familia. Y eso le da fuerzas para no morirse de dolor por Juana y por un hijo que jamás pudo llegar a querer.