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Medellín, en torno a una fiesta

Más de 400 mil asistentes de todas las clases, edades, profesiones y colores pasaron por los pabellones de la Fiesta del Libro de Medellín, en la que se organizaron 1.800 certámenes de todo tipo. La Feria concluyó el domingo.

Don Quijote de la Mancha rodeado de niños, en una de las sesiones de la Fiesta del Libro de Medellín.  / Julián Roldán
Don Quijote de la Mancha rodeado de niños, en una de las sesiones de la Fiesta del Libro de Medellín. / Julián Roldán

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Dicen evento de libros y uno piensa en viejos anaqueles cargando pesados volúmenes; libros y libros esperando por compradores ocasionales. En expositores e impulsadores que en los interludios de sus bostezos ofrecen novedades o antigüedades actualizadas con ciertos cuños de mercadeo. Y se piensa en un evento de libros y en la mente se pintan gruesos paredones grises de duro concreto albergando, guardando obras que pueden ser frágiles ante las inclemencias del tiempo. La Sexta Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín es un evento de libros; pero es más que eso: es un encuentro ciudadano en torno a la palabra y a los lenguajes en sus diferentes manifestaciones y posibilidades.

Esta fiesta, si bien tuvo su epicentro en el renovado Jardín Botánico, en su idea de que la ciudad fuera un “hogar” incluyente, se regó por barrios y corregimientos: la fiesta se vivió en los parques biblioteca, en el Centro Cultural de Moravia, en el Teatro Lido. Y este año se pensó en otros libros: los de ciencia y tecnología, por lo que el Parque Explora y el Planetario Municipal hicieron parte del itinerario fiestero.

En esta fiesta no se cobró cover a los asistentes. Tampoco se reservó el derecho de admisión: llegaron de allá las principales editoriales, con sus libros de pasta dura y los nombres de nobeles, anunciados con cintillas de vistosos colores; justito al lado estuvieron los de aquí, pequeños distribuidores con nóveles nombres locales no tan rutilantes; y al frente estaban ubicados los de los usados: con sus húmedas páginas amarillas convertidas en verdaderos paraísos propicios a polillas y hongos. En esta fiesta se vendieron libros de peluche traídos de España, libros de sabores y libros, muchos , de todos los saberes, por supuesto.

La Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín duró 10 días e iba de 10 a 10. Asistieron más de 400.000 personas. Había de todo, como en botica. Si se trataba de aprender, el visitante podía darse una vuelta por un taller de pintura, una clase sobre cómo hacer caricaturas, un conversatorio con un realizador de cómics o un taller de periodismo. Y al caer la tarde, después de los conversatorios —ofrecido por alguno de los 335 invitados— se podía disfrutar escuchando sobre la tarima central a un ocasional poeta declamando, ilusionado, sus nuevas prosas, o a un grupo de hip hop del barrio Moravia deleitando con sus acrobacias rítmicas, o a un grupo de salsa venido desde Manrique a recordarnos ese sonido que se meció entre palmeras del trópico.

En esta fiesta se encontró la ciudad: llegaba el profesor universitario que buscaba el último título de sociología, con la chica que preguntaba por la revista donde salieron las fotografías con el actor de moda: sociólogos ambos, dirán los que saben. Y se encontraban muchos niños. A los 1.800 eventos programados para ellos, desde tempranas horas llegaban del colegio Joaquín Vallejo Arbeláez, encaramado en la parte más alta de las laderas occidentales de Medellín, y se topaban con las niñas de vestido azul claro del elegante Marymount, en la franja suroriental de la ciudad. Tanto se pensó en ellos en esta fiesta que fue quizá el único lugar del mundo donde se hubiera programado un taller de “asquerosología” para niños.

También se encontraron autores que hablaban entre ellos, que atendían a sus fans, que aceptaban una foto. Caminando, el transeúnte pudo tropezarse con Leonor, “la monja que quiso ser guerrillera”, con el cronista para quien “… es un soplo la vida”, o con el trotamundos reportero de guerra que presenció “la caída de Bagdad”.

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