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Medio crimen perfecto

Sepa disculpar los errores que habré cometido en esta carta; por la firma comprenderá que soy un asesino, no un escritor. Y por esa misma distinción intente ponerse en mi lugar, siquiera un instante, y habrá de sentir esta misma indignación, este mismo repudio.

14 de agosto de 2011 – 04:00 p. m.

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Usted y su periódico, señor director, me han faltado al respeto. En las páginas que dirige, a menudo me endilgaron atroces epónimos: “Asesino a medias”, “Mitad homicida”, “Medio asesino”, e incluso “El asesino derecho”, a lo que un grupo de notables y enfurecidos políticos se ha opuesto con vehemencia. Pero la más horrible, y al tiempo más imprecisa mención que han hecho de mi crimen, apareció en su editorial del martes pasado: “Un asesinato medio perfecto”. ¡Ridículo! No se puede, señor director, cometer un asesinato medio perfecto. Aun más: no se puede cometer medio asesinato. Salvo, quizá, en aquellas zalameras consideraciones por las que la “parte inmaterial” de una persona muere, no se puede matar a medias. Es un error que basta, por si solo, para imponer una rectificación pública. Pero mi reclamo intentará acercarse al fondo de este asunto.

Solo porque quizá algún lector desconozca mi historia, la resumiré con brevedad: toda mi vida –o una buena parte de ella, y sin duda la mejor– estuvo dedicada a la planeación de una serie de asesinatos perfectos. Cuando el número total de esos asesinatos hubo alcanzado el trece (si bien no tengo filiaciones religiosas, místicas o astrológicas, decidí que serían trece para favorecer las discusiones posteriores), y toda vez que pude comprobar, desde la sencilla técnica del ensayo y el error en animales, que cada crimen era en verdad perfecto, determiné que el azaroso día 5 de marzo de este año sería el momento apropiado para comenzar. Después de la cuidadosa selección de la víctima, a quien los medios bautizaron “la pelirroja de La Candelaria”, y de haber merecido sus favores por dos semanas, el estipulado día procedí a asesinarla. Excepto por una tenue lluvia que los pronósticos pasaron por alto, cada instante vivido fue una fotografía de los que yo había planeado. Ella debía gemir solo con la primera y lenta puñalada, y agonizar en silencio con las 16 restantes. Ella, fiel a mis elaborados deseos, gimió una vez el dolor y aguardó silenciosa la muerte. Fue perfecto. Y la escena del crimen también lo fue. Aun la sangre que estalló desde la cogestionada carótida[1] se derramó sobre el cuadrante del suelo que yo no había pisado jamás.

Si hubo un error, y no lo hubo propiamente, no puede culpárseme por él. Sin que yo lo percibiera (ahora lo sé, pero han pasado tres meses, y los médicos han debido explicármelo un centenar de veces), hacía tiempo que mostraba los síntomas de un raro padecimiento al que llaman “Síndrome de negligencia unilateral”. Consiste en una infrecuente lesión del lóbulo parietal que, gradualmente, causa un déficit en la percepción del hemicuerpo contralateral. Perdón si soy demasiado técnico, pues no es que lo sea, pero aquí todos hablan de esa manera, y termina uno por acostumbrarse. Esa parrafada de términos médicos quiere decir que, como es mi caso, al ocurrir la lesión en el lóbulo parietal derecho, soy incapaz de percibir sensaciones que lleguen por la mitad izquierda de mi cuerpo. De modo que si en la mañana rasuro solo la mitad derecha de mi barba, no es mi culpa propiamente. De modo que si en la tarde rasguño ansioso la mitad vacía de mi plato de comida, mientras la otra mitad está todavía llena, no es mi culpa propiamente. Y de modo que si al examinar la escena del crimen los investigadores han puesto su atención sobre las 17 heridas en la mitad izquierda del cuerpo de la pelirroja, y descubierto una perfecta pulcritud en la mitad de la habitación mientras en la otra las huellas y las ripias de suciedad abundan, no es mi culpa propiamente.

Por eso le escribo esta carta, señor director. Aguardo por una rectificación pública contra el injusto trato que he recibido: bien visto, mi crimen sí fue perfecto. No se me puede culpar por las huellas de una mano que ya no es la mía.

juangomezlit@hotmail.com

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