Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La basura se volvió montaña. De años y años de arrojar desperdicios que la tierra fue haciendo suyos, apareció un cerro, no propiamente creado por Dios, sino por las inmundicias humanas. Moravia lo nombraron y sus habitantes asiduos, recicladores y recolectores vieron en el nuevo monte terreno fértil para hacerse una casa. De cartón o de tapia.
Por décadas ese basurero hecho cerro, ese cerro hecho barrio, ubicado en el norte de Medellín, cerca del río, fue el lugar que acogió a desplazados campesinos y urbanos. Con el pintoresquismo arquitectónico de los que se hacen una casa con lo que pueden, el barrio, uno de los más poblados de Medellín, con más habitantes por metro cuadrado, creó una estética particular. Se podían encontrar, por ejemplo, calles entapetadas. Metros de alfombra que alguna oficina en remodelación había desechado y que, convertidos en basura, habían llegado a Moravia, en donde sus habitantes los transformaron en la mejor forma de evitar el pantano.
Esa Moravia singular, popular, está siendo borrada del paisaje urbano de Medellín. El macroproyecto de rediseño urbano quiere convertir la zona deprimida en un parque. Pero antes de que todos los vestigios, todas las historias de esa tierra y su gente queden borradas para siempre de Medellín, la artista Elizabeth Mejía Vélez ha querido plasmar en una exposición los testimonios de este barrio portátil.
“Conocí Moravia por primera vez hace 20 años. Cuando hace unos meses volví, encontré un paisaje más enrarecido. Ahora, además, había una sucesión de casas y solares demolidos, un lugar en ruinas”, cuenta la artista.
Muchos de los habitantes del barrio habían empezado a ser desplazados a nuevas urbanizaciones. Las casas, echadas abajo.
Ser testigo de la muerte de uno de los barrios más polémicos y populares de la capital antioqueña no le pareció asunto menor, así que decidida a que la vida que palpitaba en ese lugar tuviera una digna despedida, se dio al trabajo de buscar a los dueños de muchas de esas casas, para que le contaran sus recuerdos. “Esas casas destruidas no estaban muertas, se habían ido con las mujeres y las familias”, explica Mejía. “La historia de ese barrio no podía quedar borrada con la destrucción de unos cuantos ladrillos”.
Las entrevistas con seis de esas mujeres la llevaron a crear unas poéticas de lo doméstico, las narrativas de una cotidianidad popular que pocas veces se cuenta de las paredes para afuera.
Luego, pensando en que las sábanas son la ropa interior de la casa, plasmó esos testimonios con serigrafía en enormes sábanas blancas, que prefirió no llevar a una galería. Las expuso más bien en esos solares abandonados, en “esas nomenclaturas que se habían hecho invisibles”.
“El arte es una construcción colectiva que se enriquece en el diálogo, en el intercambio de saberes, otorgándole a cada uno su dignidad: las mujeres de la comunidad de Moravia han aportado su oralidad y memoria familiar como saber espontáneo, la artista, su saber experto, entablando una conversación permanente y sincera que ha hilado la trama de sus vivencias y dignificado su presencia en la sociedad”, asegura Carlos Uribe, curador de la muestra ‘Extendidas’, que estará hasta mediados de abril.