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Dicen, con modestia de caudillo, que el infierno está hecho de buenas intenciones, que los cobardes no sirven para este oficio, pero pasan por alto que Kapusciski citaba a los cínicos. Dicen —esta vez con cinismo diestro— que amor verdadero sólo hay uno y que cuando llega —así, como un aguacero en verano— inmediatamente lo reconoces. Por supuesto, los anteriores o los siguientes son impostores, nada más que eso.
Dicen, que el amor de antes era paciencia y el de ahora libertad, que para amar se necesitan dos y que la soledad es su contrario más adverso. Dicen, a veces dicen, con voz definitiva, como quien anuncia un presagio, que quien quiere no duda, no teme, no se agota ¡Como si de inertes se hablara! Y vuelven, una y otra vez, los discursos zen, donde todo está tan en calma que resulta sospechoso.
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Sentencian que es apego o costumbre, que el tiempo será benévolo y favorecerá en ese asunto de la amnesia. Qué más da: las malas compañías sólo le sirven a Sabina, ya llegará quien te acomode el corazón. Por lo visto, lo más conveniente es que programes tu mente —tal como reinicias tu computador— para no darle más cuerda a la cuestión. Vas a ver cómo cada incertidumbre se despeja, como si fueses el cielo. Repiten, como estudiantes que no comprenden lo que hablan. Aseveran, como si el amor, eso que ni siquiera sabemos qué es y que todos devoramos de manera impar, habitara con dispositivos.
«Light has gone out of my life», escribió Theodore Roosevelt en su diario el 14 de febrero de 1884, cuando su madre y su esposa murieron. Dirán, los que saben qué es amor, que en vez de luz, debió escribir “Mi madre y mi esposa”.