
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Pasaron cuatrocientos años para que la Constitución de 1991 procediera a reconocer su diversidad cultural; no obstante, en las tres décadas siguientes han sido insuficientes las intenciones para lograr el verdadero reconocimiento de minorías aportantes de una identidad particularmente especial.
La falta de claridad y contradicción de los convenios posteriores adquiridos, como el plan “Una nueva estrategia de desarrollo sostenible”, la ley 70 de Comunidades Negras y el plan “Todos somos Pazcífico”, de 2014, han prometido una serie de proyectos orientados hacia las comunidades y su sostenibilidad, pero al mismo tiempo se contradicen apoyando la construcción de megaproyectos de infraestructura, vastas plantaciones de palma africana y aserríos madereros, que favorecen los intereses económicos de inversores locales y de compañías multinacionales, antes que los de los indígenas y de las comunidades negras y campesinas que dependen de la tierra para su supervivencia física y cultural.
Tal vez el haber emprendido un viaje por la agreste geografía colombiana para indagar sobre los rastros que el paso del tiempo ha depositado en la memoria culinaria de sus inmensos territorios, me permite consumar que ningún sistema económico ha sido tan efectivo como para generar una sociedad justa y equilibrada. Al parecer aquellos textos visionarios de grandes economistas reposados entre olores de estantes olvidados, empero recorridos, me hacen rememorar frases como la de Adam Smith en La riqueza de las naciones: “No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados”.
Puede leer: Sagrario del sabor
Explorar rincones de Colombia es ahondar en su historia económica y darse cuenta de que esta aún continúa perpetrada por rastros de sistemas anacrónicos, esclavistas y feudalistas, trancas para la evolución. ¿O acaso no es una característica significativa del feudalismo el interés de invertir principalmente en tierras más por su valorización que por su capacidad generadora de desarrollo? ¿O que más esclavismo que un país donde se siguen ejerciendo toda clase de violaciones a los derechos inalienables de las comunidades étnicas al recibir bajos ingresos, padecer la falta de educación y salud, ser víctimas de desplazamiento y violencia y estar sometidas al racismo y la discriminación?
Peregrinar por la frondosidad de la selva amazónica, pacífica, a través de caudalosos ríos, esteros y manglares; montañas, desiertos, llanuras, sabanas, litorales marinos, islotes y páramos, me hace testigo de la riqueza de un país habitado por poblaciones creadoras de gran valor cultural gracias a sus tradiciones gastronómicas, musicales, folclóricas y orales, paradójicamente desintegradas de una posible evolución.
Si nuestro país dejara de ser menos escéptico frente al papel de la cultura en el desarrollo, con seguridad no tendríamos una economía tan dependiente de la explotación de recursos mineros, ganadería, o monocultivos. Es por eso que se hace inminente comenzar a redefinir su rol como alentadora de progreso, haciendo necesaria la creación de bases sólidas en una política cultural que avance hacia la senda de la sostenibilidad, protección de la identidad y respeto a su pluralidad.
Analizando temas referentes a la política gastronómica, el direccionamiento en la ultima década ha estado alineado básicamente al conocimiento, la salvaguardia, el fomento de la alimentación y las cocinas tradicionales. Si a lo anterior se le sumara el impulso de usos y costumbres de los elementos identitarios, los resultados serían otros, teniendo en cuenta que esta depende de las relaciones entre el sector primario con el de comercio e industria gastronómica. De esta manera, por ejemplo, estimular la producción de fermentados y destilados y de zoocriaderos para la producción de carne de chigüiro, ñeque, tortuga, hicotea, babilla, saíno, armadillo u otras especies de consumo tradicional en poblaciones rurales, principalmente indígenas y afro, no solo podría representar una favorabilidad en la construcción de identidad, sino en mejoras en la alimentación y el bienestar social.
Es claro, entonces, que la política cultural gastronómica no puede ser dirigida por una sola entidad separada del resto de actores relevantes. Cultura, además de arte, es agropecuaria, turismo, relaciones internacionales, medio ambiente, tecnología, protección social, educación… implicaciones en las que desafortunadamente a Colombia le falta engarce con miras a ejecutarlas.
He olvidado cuántas veces me he preguntado ¿cuál sería la realidad del país si les apostara a las tradiciones culturales de los pueblos étnicos como diferencial en relación con otros países? El panorama actual no es el más alentador. Sin duda, soplan débiles vientos en la transformación de la economía a partir del patrimonio inmaterial y biológico, persistiendo en desventaja los mismos actores de siempre.
Se planean exenciones de renta para proyectos del agro e iniciativas naranja, en donde podría haber “cero impuesto de renta durante diez años para todos los que lleven inversiones productivas al campo colombiano y generen empleo formal y de calidad en las zonas rurales del país; igualmente que durante cinco años estarían exentos de esta obligación tributaria aquellos emprendimientos culturales, creativos y digitales que generen empleo”. Esperemos se logre, ya que, en definitiva, aún se desconoce lo que realmente contiene el caldero. Solo el palo que lo menea lo sabe.