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Nadín Ospina creó su nueva obra mientras dormía. La que suele ser una fase de reposo, de abandono, de oquedad para muchos, fue la oportunidad para este artista plástico de sumergirse en el espacio ilimitado de los sueños y extraer de allí los objetos, lugares y personajes con los que desarrolló Oniria, una muestra multimedial en la que la realidad y la lógica no encontraron lugar.
“Tengo unas vivencias oníricas muy intensas y que he ido cultivando a través de una metodología del recuerdo del sueño; puedo intensificarlas y orientarlas muchas veces. Los objetos y personajes de esta obra han aparecido en mi universo onírico y hacen parte de recuerdos de la niñez, de los juguetes, de los lugares visitados o inventados. Hay un sentido de resistencia al olvido, de resistencia a la madurez mental y cronológica”.
Los personajes y elementos arquitectónicos que se hallan en la instalación y en el video crean combinaciones inconexas, como suele suceder en los sueños: el indio pielroja, la mujer marchante, el hombre del banderín, el califa, la nana, las jirafas, el buda y el toro, aparecen solos sobre bases circulares o al lado de réplicas del Coliseo Romano, la Torre Eiffel, la Catedral de la Asunción, de Moscú o el castillo de la Cenicienta.
“En la obra las piezas dialogan, en su encuentro fortuito. Hay un extrañamiento, un choque, un caos. Es un sentido aleatorio, lúdico, no hay un orden, no hay nada previsto. Es más cercano al surrealismo, por el encuentro entre cosas disímiles y por su carácter irreflexivo y acrítico”, precisa Ospina con deleite.
El desdén por lo solemne
Luego de 30 años de reconocida trayectoria artística en salones y bienales del país y el exterior, su interés por lo popular, lo kitch, lo totémico, la serialidad, permanece. “Me gusta trabajar una idea y redondearla, retomar ideas antiguas y procesarlas”. Él lo compara con la figura simbólica del Ouroboros, un dragón representado con su cola en la boca, devorándose a sí mismo: la naturaleza cíclica de las cosas, el eterno retorno, como ciclos que comienzan de nuevo en cuanto concluyen.
Pero ese sentido cíclico no sólo se hace evidente en lo estético, sino en la tácita premisa durante todo su recorrido artístico, de burlarse de lo solemne y de proponer nuevas miradas sobre los lugares comunes. Una de sus obras más reconocidas son las esculturas que recrean figuras precolombinas, con personajes mediáticos como Mickey Mouse o Bart Simpson; otra es El pensador, una escultura de Supermán de dos metros de longitud, que con su traje azul y su capa roja está sobre un pedestal en la misma postura de El pensador de Auguste Rodin; en Colombia land, por medio de muñecos de Lego ataviados con armas y actitudes guerreras en entornos selváticos, Ospina quiso señalar “el oportunismo y el cinismo de muchos creadores contemporáneos de América Latina, que usufructuando el dolor de las víctimas de la violencia pasan por ser los poetizadores del dolor y la voz de los desamparados. También una denuncia ante el sistema curatorial internacional que sólo ve en América Latina, por encima de cualquier consideración estética, una tierra de arte de la violencia”.
Con Oniria, su más reciente obra, vuelve a afianzar al arte por el arte mismo, desde la lúdica: “No sentirse obligado, como artista de estas geografías, a asumir una posición política, es también una posición política. Oniria es una obra que tiene una declaración autónoma. El mundo de los sueños es el último bastión de la libertad creativa. Es una subversión: Permitirme a mí mismo retomar esas actitudes del juego, de la infancia, de lo onírico, invita a la gente a que vuelva a mirar y sentir como niño”.
Desde mucho tiempo atrás, Charles Baudelaire, poeta y también crítico de arte, compartía esta concepción: “Regresando, si se puede, por un esfuerzo retrospectivo de la imaginación, a nuestras más jóvenes impresiones, vemos nuestras facultades espirituales más puras e intactas. El niño ve todo como novedad. Nada se parece más a lo que se llama inspiración que la alegría con que el niño absorbe la forma y el color. El genio es la infancia reencontrada a voluntad… El salvaje y el niño testimonian, por su aspiración ingenua hacia lo brillante, hacia la majestuosidad superlativa de las formas artificiales, su disgusto por lo real que prueba la inmortalidad de su alma”.
Hasta el 30 de mayo. Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, Carrera 4ª Nº 22-40. Entrada gratuita.