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Los amigos de la infancia, los juguetes rotos de la despedazada infancia, aquellas viejas películas que han anidado en la retina nubladas con la engañosa pátina del recuerdo, las fotos descoloridas de los paseos a esa tierra caliente que parecía tan distante, las canciones lejanas que se quedaron sonando para siempre en el tocadiscos del alma… En fin, las piezas dispersas de un rompecabezas de un laberinto en el cual todos nos perdimos y que creímos irrecuperable.
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“Memorias de una vieja canción”, una bella y dolorosa canción que baila en mi mente y resuena hasta en mis sueños:
“No se mueren las penas por morirse
Jamás muere el amor por un olvido
Ni se muere en mi cuarto tu sonrisa.
Jugando en la alta noche vas conmigo
Con la brújula herida, navegando
Mi velero en el humo de un cigarro.
Se recuesta en mi lecho de distancia
Vuelve a elevar sus alas, pero no volverá”.
Es cierto, no volverá. Nada vuelve; aunque creas tenerlo a tu lado, el pasado se mantiene a prudencial distancia. Los amigos de aquel rancio colegio ahora son fantasmas y las canciones que atesoras no suenan igual. Y yo, que muchos años después regreso a un improbable encuentro con mi familia, sé que soy otro; aquel adolescente tímido, encerrado en mi habitación, leyendo día y noche sin saber qué hacer, cantando:
“Soledad
Gente viene y va
Silencioso voy
Encerrado en mí
¿Qué he venido a hacer?
Dígame… ¿la ha visto usted?
¿Sabe dónde está?
Hace un año que se fue
Que se fue…”
Y veinte años después, como les ocurrió a los tres mosqueteros, el azar mentiroso toca a mi puerta. “Yo soy un hombre que tiene la vida cansada por dentro; que busco un encuentro. Miro las calles por donde respiro. Tiendo mi mano… busco tu mano”.
Los lazos que me atan al pasado estuvieron siempre a mi alrededor, aunque volé libremente por aquellos cielos azules de pena, a lo lejos, a través del campo, el llamado de la campana de hierro convoca a los fieles, que se arrodillan para escuchar la palabra suavemente mágica y hechicera.
Mucho más allá de mi ventana, las nubes de la mañana son una flor que le ha nacido a un tren. Yo te cuento las cosas que me pasan. La ternura de tu cuerpo que me abraza. Te digo que como el pasto crecemos el verano, y que después nos vamos… como el agua.
Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias… Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina. Y aunque el día enfrenta la vida de sueños, no es tiempo de niños y menos de juegos. Despierta amigo, que el día ha llegado, y el mundo en su vientre nos lleva encerrados.
Es tan duro aceptar que Eleanor Rigby no recoge más, ya nunca más, el arroz después de las bodas y en el cielo de diamantes Lucy ya no brilla más. El sargento Pepper no dirige más su Banda de Corazones Solitarios. Y en la plaza una guitarra llora por su amigo George.
Cada año va siendo más corto. Nunca pareces encontrar el tiempo y ahí se quedan los planes que cualquiera frustró o aquella media página de líneas garrapateadas. Colgado de una tranquila desesperación, la única forma de sobrevivir que hallé fue practicar malabarismos con universos de cristal. Es el estilo inglés; soy un hippie desde la infancia y moriré con las botas puestas.
Adiós a ti porque morir, cuando las aves por el cielo van. La primavera ya está aquí, caras lindas veo pasar (las caras lindas de mi gente bella), piensa en mí y estaré allí.
“El tiempo se ha ido
La canción ha terminado
Pensé que tendría más qué decir…”
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Pero desde hoy solo son canciones lejanas que a veces también recuerdo sonando en la radio en el cuarto de mi hermano; melancolía de nuestros padres, buscando así las fuerzas perdidas y los amigos que ya no volverán, de amores fugaces, promesas a corto plazo en singles rayados en tocadiscos portátiles.
Hay unas que llegan al alma…