
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Primero fue la niña, Mariana, la que tenía hermanas, gatas, perras, gallinas. Luego fue la pájara, Matija, la que se vio a sí misma encerrada en una jaula de cemento y quiso salvarse, aunque su cuerpo se sintiera demasiado pequeño para hacerlo. Luego vio que la jaula era la idea de querer comprenderlo todo poniéndole palabras humanas. No quería mirarse el propio ombligo, así que lo volvió una laguna y la laguna se le volvió glaciar.
Niñapájaroglaciar es ese testimonio, el de Mariana Matija, recién publicado por Rey Naranjo Editores. También podríamos llamarle libro de ensayo personal o diario de observación del paisaje exterior; ese que se refleja en el “paisaje interior” (el de ella, el de nosotros) habitado por aquellos “vecinos de otras especies”. Es también una serie de cartas de amor a esos otros habitantes de la tierra: “Cada vez que alguien ama a otro alguien (…), el amor toma a ese alguien amado, que está afuera, y lo refleja hacia adentro del que siente amor, creándole un paisaje interno que a medida que se enriquece con nuevos amores se va volviendo más y más amplio”.
Matija, reconocida por su trabajo en la comunicación y creación de comunidad alrededor del amor y cuidado por la Tierra, habla en su libro de la importancia de nombrar los lugares, las montañas, los bichos, los animales, los árboles. “Todas las palabras tienen raíces”, dice. Indaga por el primer nombre que tuvieron, que tal vez venga de una onomatopeya, como los bichofués, o de la atención plena, como ponerle Urania fulgens a una polilla migratoria, porque “es una diosa del cielo resplandeciente”. Le gusta más, por ejemplo, hablar del Nevado de Kumanday que del Nevado del Ruiz, porque ese lugar es más que un apellido de alguien que tal vez desconoció ese lugar.
Habla de qué se muere, no solo en la Tierra, sino dentro de uno, cuando algo, como un dodo, o un glaciar, se extingue. Reconoce sus lagunas mentales y, por eso, la trampa de la memoria, de estas memorias, y que no por ser vacíos son menos ciertos. Nos cuenta de sus migraciones, de la vez que no dejó que talaran a un casco de vaca frente a su casa, y de cuando no pudo salvar un árbol de pomarrosas. Esta es la búsqueda por su casa, ella, que se siente isla: “Ser isla. Sentir el borde del agua, moviéndose ondulante alrededor de todo mi cuerpo” saber que “no estoy flotando sin rumbo, sino que estoy conectada con todo siempre por debajo de la superficie”.
Después de leerla, sentí una mirada renovada. Esa que quiere ir más allá del cemento y la pared y la ventana y se quiere detener en el eucalipto al que llegan a cantar todos los días las mirlas y las tórtolas. El deseo de que nada de esta belleza se pierda en el ruido de fondo: “Mi corazón se convirtió fugazmente en pájaro y se reconoció en otro pájaro y no quiero que esa sensación se me olvide”.
Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖