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Me detengo y me observo más joven, más inexperta, menos miedosa y también menos, mucho menos melancólica. Con el tiempo, pienso, amputo más lo secundario y olvido menos lo sustancial, lo sustancial y lo que permanece, aunque inevitablemente el andar lo vaya a desaparecer.
En esas noches me permito perderme en las raíces de mi infancia y me devuelvo a esos días en los que mi repertorio musical era una réplica del de mi papá y juntos cantábamos “tú eres mi hermano del alma, realmente el amigo”, de Roberto Carlos, y al mismo tiempo aprendía las canciones de José José o Raphael. Después vendrían los versos de Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat.
A esas noches también llegan las letras de aquel poema que escribí, con pintura, en la pared de mi habitación: “Queda prohibido tener miedo a mis recuerdos… Queda prohibido no comprender que lo que la vida te da, también te lo quita”. Años después sabría que no es de Pablo Neruda, como se lo atribuyen la mayoría de veces, sino de Alfredo Cuervo Barrera. En esa ráfaga de melancolía, desempolvo frases de maestros que alguna vez hicieron mella en mí y me sorprendo de cuán valiosas siguen siendo, y me percato de que la felicidad viene envuelta en un cielo sencillo y espontáneo. Por supuesto, los melancólicos somos navegantes de ambos oleajes y el barco que llevamos dentro a veces se hunde en aguas mansas y otras tantas en aguas densas. Sin embargo, casi siempre, las noches melancólicas tienen un sabor dulce capaz de ahuyentar la sal de las lágrimas y, quizá por eso, se parecen más a la alegría que a la tristeza: porque acariciamos la memoria con los destellos de felicidad que alguna vez nos alumbraron.
Noto, con los años, que la melancolía no es una sensación exclusiva de los viejos; que, en cambio, es un privilegio de unos cuantos a los que la vida nos tapizó con ese sello, ese sello de viajar en el tiempo y en el silencio para robarnos un pedazo de la felicidad que sentimos en otro entonces. A pesar de que la melancolía, dicen los diccionarios, es la tendencia a la tristeza permanente, los melancólicos sabemos que no puede ser tal cosa cuando en esas noches de vehemente nostalgia no hacemos algo distinto que cosernos la piel con tanta felicidad removida.